DÍA DE EUROPA - Canal Hablamos

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09 mayo 2016

DÍA DE EUROPA


Siempre cuento esta historia con una cerveza en la mano.

No se que día era exactamente de agosto de 2012, pero sí que rondaban las 2 o 3 de la mañana. Estaba de viaje con dos amigas y dos amigos, llevábamos casi un mes recorriendo Europa, desde Narvik (ese enclave noruego, polar, mítico de la II Guerra Mundial) hasta Split. Allí nos dirigíamos.

El tren era un tren de verdad. De esos con compartimentos y sillones pero sin mujeres que venden dulces y grageas de todos los sabores. Lo habíamos cogido a la carrera en Liubliana, y menos mal, porque era un domingo, 10 de la noche, habíamos perdido el anterior y en principio no iban a pasar más. Caprichos del destino.

Imaginaos qué ruido hacía ese tren, repleto de jóvenes como nosotros que acudían a Croacia en busca de sol, historia e historias. No os voy a decir que oliésemos mal, pero nos quitamos los zapatos, los calcetines y todo lo que la ley nos permitía para vivir esa aventura. Lo cuento para dramatizar un poco la situación.

En el compartimento de al lado no estaba Draco Malfoy, sino un grupo de seis españolas. Me dediqué a zarandearme por el pasillo en busca de algún hueco para dormir. Las vi riéndose, disfrutando; acababan de empezar su viaje en Budapest e iban a Dubrovnik (Desembarco del Rey para Starks, Lannisters y demás).

El tren paró de repente, en medio de la oscuridad. No se veía nada por las ventanas. Subieron unos señores muy simpáticos, la policía fronteriza de Croacia. Quedaban 11 meses para que entrara en la UE, eliminará sus fronteras y manejase euros. Por eso era una ganga ir entonces.

El control de pasaportes más mágico del mundo. No hablaban inglés y nadie del tren croata. O al menos croata de aquellos lares. He de decir que es extraño viajar con el pasaporte en este tipo de viajes para los de mi generación, pues hasta habíamos estado en Noruega y Suiza solo con el dni. Eso fue lo que ocurrió, que era necesario el pasaporte.

Nosotros pasamos sin problemas el control. La cara de asombro de la autoridad se debió al olor, estoy seguro. Pero nuestras vecinas no, ya que una tenía el pasaporte fotocopiado, “por si acaso”, ya que para viajar por Europa no era necesario el pasaporte. Decían. El documento no era válido y no podía cruzar la frontera.

La frontera era una caseta de 10 guardias. La única diferencia entre los lados era que el mismo trozo de vía estaba bajo diferente jurisdicción. La echaron del tren, al campo, a esa caseta en medio de la nada.

Sus amigas también se bajaron con ella. Nos pusieron un sello (bastante bonito la verdad) en el pasaporte y el tren emprendió de nuevo la marcha. El compartimento se había quedado libre y me eché a dormir. Al día siguiente visitamos Split (cosa que recomiendo), nos dimos un chapuzón y contamos la historia entre copas en los pubs.

La historia, con una cerveza en la mano, me parecía graciosa. Siempre imaginé que las muchachas hubiesen esperado al amanecer para coger un tren de vuelta a Eslovenia, que ya volverían cuando Croacia fuera europea.

Hoy, como sabéis, es el día de Europa. Por primera vez, no lo celebraré.

El 6 de julio de 2012 volábamos a Oslo para empezar el viaje. El país nos cautivó, el panadero de la estación de buses, a las 11 de la noche, hablaba un inglés espectacular. En esa ciudad se otorgaría, 4 meses y 6 días después, el premio Nobel de la Paz a la Unión Europea.

Las razones, ya conocidas, de fraternidad entre naciones, defensa de los derechos humanos o de conciliación y paz. Entendéis mi acérrimo europeísmo por aquel entonces. Lo que sucede es que lo que pasó hace cuatro años hoy salta rápidamente a mi cabeza.

En resumen, pise el salón donde los líderes europeos se llenaron de palabras que hoy contradicen con hechos. Disfruté, y sobre todo, no me preocupé, en las mismas vías donde hoy miles de personas buscan, efectivamente, fraternidad, derechos humanos, conciliación y paz.

No voy a desgastar más este discurso, que es la principal tesis para paliar de una vez por todas la injusticia de los refugiados. La ilusión de un joven (por Europa) va desapareciendo por culpa de las decisiones de un mayor (los líderes europeos).

Solo quería contaros una historia. Porque parece que solo entre cervezas y sonrisas nos acordamos de las cosas.

Autor:
Pablo López Reclusa

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