ECHARLE ARRESTOS - Canal Hablamos

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21 junio 2016

ECHARLE ARRESTOS


Para decir en una rueda de prensa que «estuvimos dudando entre el reggaetón y el merengue, y finalmente nos decidimos por el merengue», hay que echarle arrestos. Esta campaña va de eso y desde luego, el Partido Popular está demostrando que otra cosa no, pero arrestos los tiene todos. Porque hay que tenerlos para hacer todo lo que ha hecho el partido que, quince años después, aún preside Mariano Rajoy.

Lo del merengue se queda en anécdota, por supuesto. Si partimos de la base de que fue Rajoy, y sólo Rajoy, quien nos obligó a todos a volver a votar, es osado hacer la campaña que ha hecho el PP. Ese partido por excelencia defensor de la estabilidad y de la “predictibilidad” pero cuyo líder decidió, de una tarde para otra, sin que nadie le pidiera responsabilidad alguna por ello, hacer una carambola institucional que dejó en ridículo incluso al Rey al negarse a acudir a una investidura. A negarse a asumir el papel que reclama por derecho divino: a formar gobierno. Porque debe ser que Rajoy no forma Gobiernos: a Rajoy se le ofrece un Ejecutivo para que él en su infinita misericordia de líder supremo, tolere o no su nacimiento. Nos convertimos en Corea del Norte sin darnos cuenta y cuando nos despertamos, el dragón de la repetición electoral seguía ahí. Y Rajoy también.

No nos engañemos: Podemos, de quien ya está todo dicho, pitó el penalti sabiendo lo que pitaba, pero Rajoy nos lo metió a todos mientras nos quedábamos como el pobre Oblak en la final de Milán. Podemos no tenía votos para bloquear una investidura, los tenía con Rajoy. Ciudadanos se lo dijo con meridiana claridad en el debate de investidura en el que si hubiera tenido un mínimo de respeto democrático, Rajoy hubiera sido el candidato. Sin la patada de Rajoy, Podemos sería hoy una oposición débil en un Congreso funcional mientras un Gobierno (de un color u otro) tomaba medidas y dirigía el país hacia algún sitio. Pero gracias a Rajoy, gracias a su prepotencia, no hay Gobierno alguno, no hay dirección que tomar y Podemos tiene hoy la posibilidad real de ganar unas elecciones generales.

«A favor» es el lema de campaña del PP, para enfatizar que las cosas no se hacen «en contra». Es un concepto lo suficientemente abstracto como para que sea absurdo. A favor, ¿de qué? ¿De Rita Barberá? ¿De hacer lo que nos dé la gana con las instituciones? ¿De más de 40% de paro juvenil? ¿De bloquear a sabiendas el Estado durante casi un año? El eslogan es igual de absurdo que la mayoría de las intervenciones públicas del Presidente —«esto es un campo de alcachofas que a mí la verdad es que me emociona», «España tiene algo que los demás países no tienen: tenemos españoles», o el glorioso minuto final del debate, en el que las cifras apabullantes de la recuperación nos pusieron como «el país que más Erasmus recibe y el líder en trasplantes» como si los Erasmus vinieran a España a levantar el país y los españoles donáramos más órganos porque el Gobierno nos lo pone fácil—.

Arrestos le ha echado también Rajoy al decir que el voto a Ciudadanos en aquellas provincias en las que no va a sacar escaño —debe tener una bola mágica el señor Presidente— es un voto tirado a la basura. No sabemos a dónde fueron a parar entonces los once millones de votos que España le dedicó a Mariano Rajoy en 2011. Porque si los votos a Ciudadanos van a la basura, los votos al PP deben de ser un dolor de cabeza como pocos.

Once millones de votos para el Presidente que prometió cuidar a la clase media y perpetró el mayor ajuste fiscal contra las clases medias de la historia de España, como demuestra Eurostat. El Presidente que juró sobre la unidad de España y permitió no sólo una declaración de independencia encubierta sino la celebración de un referéndum en Cataluña. El Presidente que prometió deshacer los «líos de Zapatero» pero aprobó la mayor chapuza educativa de la historia moderna, liquidó el Pacto de Toledo y vació la hucha de las pensiones, mantuvo la Ley de la Memoria Histórica, no modificó los aspectos prometidos de la ley del aborto, no fue capaz de hacer una sola modificación del injusto modelo de financiación autonómica, y toleró y amparó todos y cada uno de los casos de corrupción en su partido. Amparó a Bárcenas —«Luis, sé fuerte»; hay que tener arrestos—, amparó a Ana Mato hasta el límite de lo imposible, amparó a Soria hasta que nadie entendía nada, y ha amparado a Barberá hasta hoy. Hemos escuchado, y éste ha sido uno de los mayores bochornos de mi vida, grabaciones de una concejala del PP de Valencia explicándole a su hijo, y cito literalmente, que «el PP funciona con corrupción política total (sic.) que es lo único que funciona en este país». ¿Qué demonios ha hecho Rajoy con esos once millones de votos? ¿Qué ha hecho con el poder absoluto que le entregaron los españoles?

El 32% de los mayores de 55 años votan al PP de Rajoy, según el CIS. Yo no soy pensionista, pero hasta donde yo sé, el sobre con membrete en el que se anunció la “subida” de las pensiones costaba más caro que la subida que anunciaba la carta. ¿Qué ha hecho Rajoy por su filón de votantes? Subir el IVA, es decir, restar poder adquisitivo a todos y por supuesto a los pensionistas, porque que yo sepa no están exentos de pagar IVA al comprar el pan para los nietos que van a comer. También ha introducido copagos farmacéuticos, cosa que yo no he experimentado porque voy menos al médico de lo que debería, pero estoy seguro que mis mayores saben de lo que hablo.

Hay que ser osado para decir que el voto se tira a la basura votando a Ciudadanos. De hecho, hay que ser osado para decirlo siendo el Presidente con más poder de la historia de España que ha hecho menos cosas útiles. El poder lleva cuatro años aburriéndose dentro de Rajoy, como escribió magistralmente Jorge Bustos. Y no sabemos para qué quiere que le votemos otra vez, salvo para crear dos millones de empleos en dos años con “las actuales políticas”. Es una pena que Rajoy ya le haya dicho por carta a Jean Claude Juncker que no va a poder seguir con “las actuales políticas” y que va a recortar, si no recuerdo mal, otros diez mil millones, que es lo que nos hemos desviado en el objetivo de déficit. Para ponernos en perspectiva, diez mil millones fue el recorte en sanidad y educación  que el Gobierno de Rajoy tuvo los arrestos de no explicar en público jamás, sino que lo anunció al final del segundo párrafo de una nota de prensa. Hemos descubierto que no es que Rajoy fuera un cobarde: es que tenía los arrestos suficientes para creerse tan por encima del bien y del mal que no necesitaba dar explicación alguna sobre sus actos.

Mal que nos pese a todos; bueno, no a todos, porque mucho quejarse pero Rajoy sigue cosechando unos cinco millones de votos que no son «como el agua que cae del cielo sin que se sepa exactamente por qué», el Presidente del Gobierno ahora en Funciones va a repetir en el cargo salvo sorpresa. Léase, salvo que vayamos a terceras elecciones, algo posible aunque no muy probable. El PSOE no va a mantener su posición, por lo que Pedro Sánchez no va a ser Presidente; nadie va a votar la investidura de Iglesias; Ciudadanos volverá a actuar con responsabilidad, como ya hizo en febrero facilitando un pacto con quien recibió el encargo de formar Gobierno.

La diferencia está en si Rajoy va a poder seguir paseando su soberbia indecente —no someterse al control del Parlamento porque no le da la gana; difundir un vídeo fuera de contexto para acusar a Pedro Sánchez nada menos que de racista; y otros movimientos del estilo que revelan su calaña— o va a tener que adaptarse a lo que le exija Ciudadanos. Por eso el voto a Albert Rivera es basura para Rajoy. Porque cada voto a Ciudadanos será una razón más para condicionar el futuro Gobierno. Cada voto a Ciudadanos pondrá más condiciones al segundo Gobierno de Rajoy.

Como exiliado que soy —uno de esos que la ministra Báñez tuvo los arrestos de decir que nos íbamos de España «para ver mundo», que eso era muy bueno— no voy a poder ejercer mi derecho al voto. Los plazos de la ley electoral, diseñados siempre para aumentar la abstención de los que estamos fuera, me lo impiden. Pero nunca votaría por el partido que ha hecho ministro al que se coronó con un «que caiga España, que ya la levantaremos nosotros». Su gestión nos ha costado cuatro años avergonzados de nuestro país y a punto ha estado de costarnos un Gobierno de Podemos, así que con mucho gusto, que la levanten otros. Lo que no soy capaz de entender es cómo es posible que aún haya duda.

Autor:
Jaime Fernández-Paíno Sopeña

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