DEMOCRACIA, LA DICTADURA POPULAR - Canal Hablamos

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31 agosto 2016

DEMOCRACIA, LA DICTADURA POPULAR

¿Qué es la democracia? Desde que tenemos uso de razón nos la han vendido como el sistema perfecto, propio de las sociedades civilizadas occidentales, en el que cualquier opinión debe ser legitimada y aceptada por las instituciones gubernamentales en base a su representación en las urnas a través de los partidos políticos.


De la misma forma, nos han impuesto que el mercado libre es el lugar físico o virtual de intercambio en el que prima la adquisición de capital y en el que se condena a quien carezca de este, creando grandes desigualdades económicas que dañan al progreso general de la sociedad. Nos lo venden como si democracia y mercado fueran conceptos opuestos. Siguiendo estas definiciones, claramente ambas ideas se contraponen. No se puede aceptar la opinión mayoritaria de la sociedad sin que se coarte la libertad de los mercados. El dilema reside en la inexactitud de las definiciones que nos ha ofrecido el consenso socialdemócrata. 

Ni democracia es lo que dicen, ni mercado tampoco lo es. Democracia no es sufragio universal, sino soberanía popular. Es la forma de gobierno del pueblo, lo que no implica sacar las urnas cada cierto tiempo ni darle a una mayoría la posibilidad de aplastar a una minoría. Esto último puede ser calificado perfectamente como dictadura. Del mismo modo, el mercado libre no es el espacio donde el capitalista se hace rico a costa del obrero. Es el nicho en el que se ofrecen intercambios voluntarios, ya sean de bienes o servicios, premiando a los más útiles para la sociedad con un alto valor añadido, traducido en una mayor acumulación de capital por parte de sus facilitadores. 

La relación que hay entre mercado y democracia es muy simple: el mercado, dado que es la suma de todos los individuos que participan en una economía, es la mayor muestra de soberanía popular que existe. El consumidor con cada acción que realiza está otorgándole su confianza al empresario y, del mismo modo, tiene la opción de retirársela. Cuando este individuo decide comprar un móvil de la marca Apple porque ha decidido que le va a ser más útil que uno de Huawei, está incentivando la productividad de dicha marca al dar su reconocimiento de facto de que su labor es más útil que la de la segunda. Por tanto, se produce una eliminación progresiva de los factores menos deseables para la comunidad mientras que se premia a los más productivos.

El problema de la democracia sobre las urnas se encuentra en que no favorece al mercado libre. (Si todos lo queremos, ¿para qué vamos a votarlo?). Cualquier partido político, sin excepciones, que esté gobernando en la actualidad es opuesto a este concepto. Lo que nos ofrece el sufragio universal es un sistema de redistribución de la riqueza que favorece a los individuos no productivos de la sociedad a costa de los que sí lo son. Intenta paliar las desigualdades que crea el mercado dando por hecho que existen individuos que se han hecho demasiado ricos mientras que hay otros que son demasiado pobres. El capital no refleja el tiempo de trabajo, sino la utilidad de este. 

Pongamos un ejemplo: Supongamos que vivimos en una sociedad en la que la madera ha sido completamente sustituida por otros materiales. Nos encontramos con un individuo que dedica 12 horas diarias a trabajar. Su trabajo consiste en talar árboles para obtener madera. Su vecino le dedica menos tiempo a su labor: 6 horas diarias. Pasa este tiempo cuidando de su huerto de tomates en una sociedad que actualmente sufre escasez de estos. Es decir, tenemos a un individuo que trabaja mucho en algo que no sirve para nada y a otro que trabaja poco en algo bastante más útil. A ojos de un demócrata, la retribución de ambos debería ser la misma, a costa de quitarle capital al agricultor para dárselo al leñador. Sin embargo, desde el punto de vista de un verdadero demócrata, es el mercado quien debería encargarse de distribuir dicho capital en función de quien ha sido más útil para la comunidad. Así nos encontramos con que el leñador, al ver que no puede vivir de la madera en un mercado sobresaturado por esta en el que no hay demanda, decide seguir el ejemplo de su vecino y hacerse agricultor de tomates. Como consecuencia nos encontramos con que la renta de ambos va igualándose progresivamente y además el precio de los tomates disminuye por causa del incremento en su oferta. De esta forma hemos solucionado varios problemas: la distribución de la riqueza sin métodos coactivos como los impuestos, la sobreproducción de madera que amenaza a otros sectores con su ineficiencia, la escasez de tomates (que tiene como consecuencia unos precios mucho más elevados) y la distribución de la fuerza productiva, consiguiendo que los individuos que conforman la comunidad se dediquen a trabajar en empleos realmente útiles.

No está en la mentalidad de un verdadero demócrata aceptar ideas antidemocráticas ni siquiera aunque una gran mayoría las avale. La democracia se defiende en los mercados, no en las urnas.

Autor:
Gonzalo Pisabarro

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