EL PRESIDENTE QUE NUNCA QUISO SER PRESIDENTE - Canal Hablamos

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04 agosto 2016

EL PRESIDENTE QUE NUNCA QUISO SER PRESIDENTE


La historia del congresista Frank Underwood es más real de lo que parece [Alerta, spoiler. Salte este párrafo entero si está viendo o va a ver la serie]. El retorcido personaje que interpreta magistralmente Kevin Spacey en House of Cards llega a la Casa Blanca tras convertirse primero en Vicepresidente por la puerta de atrás y después defenestrar a su Presidente, es decir, sin un sólo voto emitido en su nombre. Muchos años antes de la ficción de Netflix, Richard Nixon eligió el triste papel histórico de primer y único Presidente hasta la fecha en dimitir; pero la caprichosa política americana quiso que el que había sido elegido en el ticket de Nixon, el Vicepresidente Spiro Agnew, hubiera dimitido también un año antes que su jefe. Así, un congresista por Michigan llamado Gerald Ford se convirtió en líder del mundo libre si haberse planteado nunca ocupar el despacho oval y sin haber pasado por las urnas. Ford sí se presentó a las siguientes presidenciales, como casi todos los presidentes en el cargo, pero sin éxito; al final de su breve mandato, que hubiera sido el segundo mandato de Nixon, cedió el testigo a Jimmy Carter. Gerald Ford lideró el país más poderoso del mundo sin querer —que sepamos; sería sorprendente descubrir que Ford fue un Underwood precoz— y no fue capaz de mantener su posición, una vez disfrutó la sensación de controlar los resortes del poder.

Esta sería una explicación para el actuar de Mariano Rajoy. Sólo asumiendo que el líder del PP no alberga deseo ninguno de seguir en el poder se explica su estrategia kamikaze, proclamada ayer, de pedir un «sí» a quien ha jurado un «no» y no pedir nada a quien ya le ha ofrecido una responsable abstención. Sólo creyendo que Rajoy tiene prisa por pasar a la Historia se entiende que ayer proclamase, muy ufano, que «de haber creído que no tenía opciones, no hubiera aceptado el encargo del Rey».  Bueno, ya sabemos lo que hubiera pasado si por segunda vez después de ganar unas elecciones hubiera vuelto a renegar de su deber.

Digo «su deber» según él mismo. Porque Rajoy cree, o dice creer, que tiene el derecho –es decir, supongo, el deber- de gobernar. Con lo cual, supongo de nuevo, nadie entiende nada. Yo, desde luego, no lo entiendo.

Algo que parece fácil deducir a simple vista es que Rajoy no puede gobernar. Desde luego, no puede hacerlo por sí mismo: 137 Diputados son muchos Diputados, pero a todas luces insuficientes frente a los 218 que tiene en su contra. Además, tampoco puede hacerlo acompañado, por una simple razón: nadie quiere acompañarle. ¿Razones? Bueno, supongo que todos podemos pensar en alguna para cada caso: Albert Rivera era, hasta hace no mucho, «el naranjito». Los de Podemos eran unos «frikis», en palabras del visionario Arriola. Y esos son los nuevos; como se encargaba de recordar el otro día Aitor Esteban –el más preparado y razonable, con diferencia, de todos los portavoces del Congreso, desde mis discrepancias ideológicas- , Rajoy ha dedicado todos y cada uno de los los Plenos de los últimos cuatro años a despachar a los Portavoces de la Oposición con todo tipo de gestos despóticos, menosprecios y en alguna ocasión hasta faltas personales. Eso cuando se ha dignado a ir al Parlamento, dicho sea de paso.

Por no mencionar, claro, las políticas de este Gobierno, que por centrarme en las económicas -parece ser que es lo único que han hecho bien- resulta que aún no nos han sacado de la crisis pese a imponer unos recortes desconocidos en Europa, con una presión fiscal altísima y además saqueando la hucha de las pensiones -que venga algún economista a explicarme a dónde va tanto dinero si no es a pagar un descomunal Estado del que sobran, así a bote pronto, el 50% de las Administraciones; sí, esas que el PP tanto prometió «racionalizar»-. La tasa de paro sigue por encima de lo remotamente razonable, hay dos medidas generaciones que quieren trabajar y no pueden, y mientras tanto el Fondo de Reserva de la Seguridad Social (la hucha) se acabará antes de que nazca el año 2018, que es prácticamente mañana por la tarde. ¿Estamos mejor que hace cinco años? Sí, por supuesto. Pero Rajoy no frenó la sangría con billetes de euro, lo hizo Mario Draghi. Rajoy nos dijo que le había regateado un no-rescate a Europa y en Bruselas, de tanto no dar crédito -qué gran metáfora involuntaria- callaron por no gritar.

¿Voluntarios para gobernar con Rajoy? Ciertamente no hay muchos, por no decir que no hay ninguno. Con este percal las opciones sólo son tres. La primera es obvia, y bastante probable: vamos a las terceras elecciones. Nos va a costar alrededor de seis mil millones de euros -eso son un montón de pensiones- entre lo que vale votar, unos 100 millones, y los puros que nos va a meter Bruselas por no aprobar Presupuestos ni techo de gasto. Conjurado ya el fantasma del sorpasso -¿dónde está Pablo Iglesias?- harán falta, calculo, unas cuartas elecciones y un 45% de abstención para que Rajoy regrese a la mayoría absoluta. Sería vergonzoso, por supuesto, que de repetir la repetición de las elecciones cualquiera de los cuatro líderes tuviera el cuajo de volver a presentarse. Si se van todos habría Gobierno mañana; la paradoja es que con que se fuera uno, bastaría.

La segunda opción es, pues, que no gobierne Rajoy. No se puede negar a nadie el derecho a no querer apoyar a este Presidente. Rivera dijo en campaña que «el que quiera que Rajoy siga que le vote a él, no a Ciudadanos», una y otra vez. Al PSOE no le ha votado nadie para que deje gobernar a la derecha. No hablemos de Podemos. ¿Por qué hay que apoyar a Rajoy? Fue el PP el que ganó las elecciones, no él. Esto no es Estados Unidos. No hay un Presidente con la misma o mayor legitimidad que un Congreso: aquí sólo está el Congreso, y en el Congreso ganan los que no quieren a Rajoy.

La tercera opción es que se abstenga el PSOE y Rajoy forme Gobierno. Para ello es numéricamente irrelevante lo que haga Ciudadanos; de ahí que su abstención haya sido gratis. Porque es simbólica. No es necesaria. Si el PSOE se abstiene, Rajoy forma Gobierno sin nadie más. Si no lo hace, bueno, Rajoy no tiene los cómplices necesarios para otra cosa que fracasar en la investidura a la que va a ir, y disolver después el Congreso. Sólo si el PNV necesitara los votos del PP después de las elecciones vascas -Podemos y Bildu ya se ocuparán de que eso no pase-, si Coalición Canaria y su escisión se unieran, y si Ciudadanos diera su brazo a torcer, podría Rajoy llegar a los 176. Pero que pase algo de eso ya es altamente improbable; que pase todo a la vez sería inaudito, y además llegaría tarde: no habría Presupuestos. No, sólo la carta de la abstención de Sánchez nos evita romper la baraja. Y de momento, «no es no». 

No me pregunten qué va a pasar. Yo no sé si Rajoy quiere o no ser Presidente, o ya se  ha dado cuenta de que no puede serlo sin otras dos elecciones. La pregunta es una sola: ¿a quién, en su sano juicio, se le ha ocurrido este resultado electoral? Underwood, desde luego, tiene solución para eso.
Autor:
Jaime Fernández-Paíno Sopeña

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