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11 septiembre 2016

LIBERTAD


Facebook no eliminará la imagen de este post, aunque viola sus Términos de Uso. Hace pocos días, sí lo hizo con una foto que pasó a la Historia como el icono del fracaso de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam. La red social más grande del mundo eliminó una publicación del primer periódico de Noruega, el Aftenpoften, que llevaba esa foto como un ejemplo de imágenes que han cambiado la concepción que tenemos de la guerra. A la mañana siguiente, el redactor jefe llevó a la primera plana del periódico la foto y las grandes palabras blancas «Dear Mark Zuckerberg» sobreimpresas en fondo azul-facebook, e inundó Oslo con ellas. La primera ministra Solberg y el resto de la clase política fueron más lejos y, juntos, publicaron en sus propios perfiles la imagen tomada; Facebook también eliminó esas publicaciones hasta que, ante la presión de los medios internacionales, cedió y rectificó.

El argumento principal de Espen Egil Hansen en su carta abierta al dueño de Facebook es que esta red social se ha convertido en el medio de comunicación predilecto de, por ejemplo, un 44% de americanos. Y que, como tal, tiene unas responsabilidades éticas, políticas y democráticas. Y no puede hacer determinadas cosas, como es dejar de respetar el principio básico de la libertad de expresión. Todos le debemos una al Aftenpoften y, siendo generosos, a este país de apenas cinco millones de habitantes que nos ha dado otra lección.

Nos enfrentamos a amenazas contra nuestra libertad cada día. Hace quince años, el mundo presenció en directo cómo un avión se estrellaba contra un rascacielos de 100 plantas, y luego otra vez, y luego contra el Pentágono, y luego el World Trade Center derrumbándose sobre sí mismo, todo ello en nuestras televisiones. Tres mil personas murieron ese día, y tres mil más han muerto a causa de las consecuencias de ese día sólo en Nueva York. Docenas de miles han muerto como consecuencia de la guerra contra el terror, declarada hace quince años por un Presidente electo para gestionar crecimiento económico que se convirtió en un Presidente de guerra en cuestión de 18 minutos, el tiempo que pasó entre la sospecha de un accidente y la certeza de un ataque contra los Estados Unidos.

Humo y ceniza envuelven Manhattan tras el derrumbe de la segunda Torre (Greg Semendinger. NYPD/AP).
El mundo cambió para siempre, y todos lo supimos instantáneamente. Yo tenía ocho años cuando entré en casa de mis abuelos después del colegio y encontré a mi abuela en el salón, las manos sobre el rostro, viendo mis adoradas Torres Gemelas –me encantaban esos edificios, tan altos y rectos en medio de una ciudad mágica– ardiendo; nunca olvidaré ese día. Como consecuencia de un ataque de un tipo nunca visto, antes o después, nuestra libertad quedó bajo ataque permanente hasta hoy. Los aviones secuestrados fueron estrellados contra edificios llenos de personas y contra un sistema de valores que también colapsó junto a las torres. Desde entonces, Madrid, Londres, Moscú, París, Bruselas, Niza, Beirut, Kabul, Nueva Delhi, incontables ciudades alrededor del mundo han sangrado y perdido vidas de inocentes porque querían y eligieron ser libres. Desde entonces, en nombre de la seguridad, la libertad ha sido restringida en casa y se han quitado vidas fuera. El 11-S configuró un nuevo mundo, peor y más inestable que el que existía el 10 de septiembre de 2001.

Pero el 11-S, el 11-M, el 7-J, el 13-N, todos ellos demostraron la fortaleza de una civilización construida para ser libre. Los homenajes de hoy hablan de los héroes que fueron escaleras arriba en lugar de abajo para dar su vida por otros; los hombres y mujeres sacando heridos de las vías de tren; las historias de quienes se pusieron en el camino de una bala o un camión.

Quince años después de que el mundo cambiara para siempre, tengo la sensación de que no valoramos del todo las libertades que tenemos, la libertad de ser como somos, de decir lo que creemos y de hacer lo que hacemos; y el coste que tienen estas libertades en este mundo de temor y ansiedad. Deberíamos pensar en lo mucho que podemos perder pereciendo ante este tipo de ataques, y acerca de cuál es la forma correcta de luchar contra una amenaza que siempre está ahí, pero que sólo sentimos en días terribles, como en aquel soleado martes de 2001.

Autor:
Jaime Fernández-Paíno Sopeña

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