PERO... ¿ESTO QUÉ ES? - Canal Hablamos

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08 septiembre 2016

PERO... ¿ESTO QUÉ ES?


Aunque esto es casi un secreto de Estado, lo voy a contar: el único debate entre representantes políticos que emite la televisión pública en España tiene lugar las noches del miércoles al jueves, de 00:30 a 1:40 horas, por si acaso a alguien se le fuera a ocurrir la peregrina idea de verlo. Días entre semana, horario intempestivo, formato cutre, decimocuartos o decimoquintos espadas de los partidos, y periodistas de guardia de las secciones de sociedad de periódicos de segunda, regionales o, incluso, digitales. Vamos, un coñazo. Pero para eso estoy yo aquí: para verlo con una caja de Trankimazin en la mano.

Evidentemente el contexto no ayuda, porque si este debate suele ser soporífero como los discursos de investidura de Rajoy, no quiero ni pensar en la morfina televisada que era cuando todo consistía en el aburrimiento de la prima de riesgo, Montoro soltando indicadores como una metralleta y, todo lo más, Rubalcaba nadando contracorriente. Pero claro, esta semana tenemos un plantel de noticias de tal calibre, que al borde me he quedado del derrame cerebral.

Está por un lado el curioso caso del Dr. Soria y Mr. De Guindos, que por lo visto son las dos caras de la moneda de algún loco peligroso tipo Harvey Dent. El otro esperó por el uno para convocar la plaza en el Banco Mundial, el uno presentó su solicitud para que el otro le diera cauce y así, todo junto –nos quieren hacer creer–, llegó un papel suelto a la mesa del Consejo de Ministros que, para cuando nos quisimos dar cuenta, se había colado en la pila de ‘aprobados’ y ya iba camino de Washington, sic transit gloria mundi, mientras el caprichoso destino quería que todo esto ocurriera mientras en un palacio de Madrid acababa de terminar el único debate parlamentario de estos meses.

Cómo le gustan a Rajoy los refranes, preferiblemente en latín, y, de paso, troncharse del personal sin que nadie pueda reprochárselo a la cara. O sea, que no contento con fracasar en su intento de investidura, el señor Presidente decide jugársela a su único socio parlamentario y nombra, acabado el debate para evitar reproches, a un ministro dimitido por mentir para uno de los escasos puestos internacionales que nos quedan tras la patética gestión del ministro Margallo –ni Comisión, ni Eurogrupo, ni ONU, más que un Consejo de Seguridad que nos tocaba desde hace años–. Y, encima, el señor Presidente llega a una rueda de prensa ¡en el G-20, nada menos! y, como no tiene nada mejor que decir, se inventa que el nombramiento ha sido “por concurso”, porque “si un funcionario no puede volver a ser funcionario pues esto qué es”.

Por concurso de salto con pértiga, habrá sido, porque no existe un concurso público para cubrir estas plazas. Tarde y mal, el PP forzó a Rajoy a «dar marcha atrás». Eso sí, Él no da marcha atrás: le exige a Soria que la dé y se retire, pero el señor Presidente y sus designios son irrefutables y si Soria no se va al Banco Mundial es porque ya no quiere ir, ¡dónde va a parar! En fin, con la rectificación se descubrió que, una vez más, el Querido Líder había mentido a sabiendas. Pero poco le importa. Y como decía su colega de partido en el debate, con nocturnidad y alevosía, sin negar la falta pero tirando piedras, pues «también Chaves mintió, y Zapatero cuando era Presidente» y tal. Vamos, que tampoco nos pusiéramos estupendos. Al fin y al cabo Rajoy ha mentido muchas veces en estos cuatro años, incluyendo mentiras en sede parlamentaria, y ahí le tienen, ganador de dos comicios y a la cabeza de las encuestas para diciembre. Porque en España mentir nunca ha costado unas elecciones.


El tema daría para más, pero ya estaba yo nervioso y además tampoco se pueden pasear tanto las vergüenzas del partido del Gobierno, ni siquiera en horario de mínima audiencia; de modo que nos movimos de inmediato a un primer plano del Rey Felipe, con cara de circunstancias, recibiendo a la Presidenta del Congreso en Zarzuela para informarle de que la investidura propuesta por él había palmado… otra vez. Trámite innecesario donde los haya porque en ningún sitio pone que el Rey no pueda leer el Diario de Sesiones de la Cámara, pero vamos, al menos sirve para que todos veamos el mosqueo que arrastra Su Majestad, que es fiel reflejo del que arrastramos todos.

El realizador de Televisión Española, ágil como una gacela, superpuso entonces a esa imagen regia la de un Pedro Sánchez en rueda de prensa anunciando que se dispone a abrir una ronda de contactos. Desafortunada elección de palabras –tanda de reuniones, serie de llamadas, conversaciones a secas, el castellano es un idioma tan rico…– porque esas pertenecen a la pompa de la Corona, y ahora parece que Sánchez se cree jefe del Estado, no solo por copiar la fórmula sino por copiar el fondo, porque después de decir, «para que quede bien claro», que él presentarse, lo que se dice presentarse, no va a presentarse a nada, nadie entiende para qué contacta entonces con los demás en este plan moderador que le ha entrado. El colmo, además, es que empiece el circo con una llamada de 10 minutos a Rajoy cuando el viernes le rechazó la investidura con el «no es no». ¿Para qué le llama? ¿Para pedirle la investidura? Supongo que no. ¿Para pedirle perdón? Supongo que tampoco. ¿Para pedirle que se vaya? Menudo gasto de llamadas a cuenta del Estado.

Como escribía Roger Senserrich en Politikon esta semana, el PSOE tiene pánico a ser visto en público tomando una decisión en esta especie de psicodrama en el que vive. Hace demasiados años que no toma ninguna, desde el crítico momento en el que Rubalcaba decidió no presentar la moción de censura contra Rajoy cuando estalló el caso Bárcenas y que hubiera salvado la dignidad de nuestro sistema parlamentario. Ferraz se ha limitado todo este tiempo a esperar a ver cómo se consume Rajoy igual que éste hizo durante siete largos años con Zapatero; el problema es que, insisto una vez más, el único bueno en ese ejercicio es el propio Rajoy. Total que ¿qué hace Sánchez? Bueno, la única cosa que puede hacer: ganar tiempo antes de una noche de cuchillos largos, cristales rotos y gatos pardos todo a la vez, que es lo que se va a armar cuando la calma tensa estalle. La pregunta es si eso va a pasar antes o después de que, la noche de Halloween, comience otra vez el día de la marmota; y el día de Todos los Santos el Rey firme el decreto por el que disuelve el Parlamento y certifica, tiene muy mala leche el destino con las fechas, el fallecimiento de nuestra ya de por sí maltrecha democracia.

Porque, no nos engañemos, lo peor de las terceras elecciones, ya lo advertí, es que habrá que ir pensando en las cuartas. No se gobierna un país con un 60% de abstención.
Autor:
Jaime Fernández-Paíno Sopeña
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