SAN LUCAS, 23 - Canal Hablamos

NUEVO

29 septiembre 2016

SAN LUCAS, 23


Los españoles no terminamos de acostumbrarnos a que en política pasen cosas tan rápido como estos últimos meses. Ayer, el Partido Socialista lo tuvo que sufrir en sus propias carnes cuando, tras un trueno ensordecedor, el velo se rasgó. Diecisiete fueron las firmas que han roto el partido que no hace tantos años gobernaba España. No fueron suficientes para forzar la caída de un hombre que aguanta en su cargo por un hecho simple, pero no por ello menos importante: porque cree ciegamente que tiene razón. Para entender lo que ha pasado no se puede utilizar la clave nacional, porque no parece que nada vaya a cambiar de forma inminente en el panorama político general. La crisis más grave de la historia del PSOE hay que mirarla desde el punto de vista interno.
La Historia está llena de hombres y mujeres que pasaron por situaciones similares a la que Pedro Sánchez se encontró ayer, desde Publio Cornelio Escipión hasta Margaret Thatcher, pasando por Julio CésarAdolfo Suárez Napoleón. No parece que Sánchez tenga reservado en los anales un lugar tan preeminente como cualquiera de ellos, pero comparte con todos el aislamiento que, muchas veces, es compañero inseparable del ejercicio del poder. Las opciones eran dos: asumir la derrota y marcharse a casa o plantar cara y defenderse. Es evidente por cuál ha apostado Sánchez, y desde un punto de vista humano, es difícil negarle el derecho a hacerlo. Cuando uno cree con fiereza que está en lo cierto y, es más, que está haciendo lo mejor para sus iguales, apartarse a esperar que el tiempo le de la razón es un acto de fe que no cualquiera puede hacer a la ligera.
El problema es que la decisión de Sánchez de aguantar y plantar cara ha hecho explotar la carga de profundidad que llevaba meses cebándose en los sótanos de Ferraz, y la explosión amenaza con pulverizar no sólo el pequeño edificio del número 70 sino un par de manzanas más –y yo tengo una casa adoptiva en la ‘zona cero’ madrileña, de ahí mi preocupación–. Una vez más, si alguien hubiera tenido algo de sentido común, nada de esto hubiera pasado. Los fieles a Susana Díaz no darían ruedas de prensa en la puerta, los fieles a Sánchez no darían la imagen de estar atrincherados en los despachos, y sobre todo, el segundo partido del país no estaría dando un espectáculo tan bochornoso y, sobre todo, tan triste.
Las dimisiones de ayer, y el torrente de simbolismos que las siguieron, no eran necesarias desde el punto de vista práctico; toda vez que el sábado había sido convocado ya un Comité Federal, que es el órgano máximo del partido entre Congresos. En el Comité se puede cesar a Sánchez de la única forma que se prevé explícitamente en los Estatutos: presentando una moción de censura. En el Comité se podría haber rechazado su plan de primarias e, incluso, si eso es lo que quiere el PSOE, se podría haber aprobado la abstención ante la tercera y definitiva investidura para permitir un Gobierno de Rajoy. Y para nada de eso hacía falta reventar la Ejecutiva. La guerra desatada ayer solo se explicaría, entonces, como un intento de quitarse de en medio a Sánchez antes de un Comité que podría haberle respaldado a él y no a sus críticos. Y eso, claro, no tiene nada que ver con corregir ninguna deriva o exigir responsabilidades por ningún mal resultado electoral.
Si la crisis desatada ayer no tenía más propósito que decapitar a un secretario general elegido por los militantes porque era potencialmente incómodo para una parte del partido, entonces poco se le puede reprochar a Pedro Sánchez que defienda su posición. Sobre todo si tenemos en cuenta el para qué. Porque como escribían, entre otros, Pablo Simón o Jorge Galindo, lo que ha provocado esta crisis no es más que un callejón sin salida para todo el partido. ¿Qué pretenden “los críticos” con este movimiento, si no es meramente controlar el aparato?
´Si Sánchez busca mantenerse es porque él aún puede aferrarse a algo. Si intenta formar Gobierno y no lo consigue, puede culpar del bloqueo a Podemos y Ciudadanos, y el mensaje puede funcionar. Porque si ni Rajoy ni Sánchez pueden formar Gobierno, la sospecha de que el problema sean los nuevos se acrecienta. Si se mantiene en el no a Rajoy, es de esperar que sus votantes, los que ya le respaldaron una vez, le sean fieles. Y si, contra todo pronóstico, llegara a ser investido, el PSOE encontraría el balón de oxígeno que le falta desde hace tiempo. Evidentemente, la situación no es idónea para el PSOE, pero podría ser peor.

En el escenario contrario, si Sánchez cae, a priori las opciones son menos halagüeñas. Si es una gestora la que le da a Rajoy la investidura después de cepillarse a un secretario general elegido por los militantes, los votantes volátiles que aún quedan en el PSOE desaparecerán para no volver, porque será una humillación tan brutal a manos del rival, del PP, del mismísimo Rajoy, que es imposible de digerir; y además, pondrán a Podemos en el liderazgo de la Oposición –porque no se puede liderar la Oposición sin tener un líder– de donde será casi imposible apearle después. Si, por otra parte, Sánchez cae para que el PSOE vaya a elecciones con otro candidato, el suicidio está garantizado, porque el electorado español jamás ha perdonado las crisis internas y ese candidato simplemente no existe. Y, ni que decir tiene, si Sánchez cae, es absurdo que sea para formar un Gobierno de cambio.
El ganador, ya lo saben ustedes. Si yo fuera Rajoy, no me presentaba a una tercera investidura ni loco, aunque el PSOE me regalara el sí. Me iría a terceras elecciones para sacar 160 o 170 Diputados y mofarme de todos los que durante diez meses hemos tenido la esperanza de ver al Presidente del «sé fuerte» fuera de La Moncloa. Y además, recordarles que pueden darle las gracias a Susana Díaz. Todo ello electoralmente gratis y con un año de propina ejerciendo la Presidencia. A ver quién les quita de la cabeza a los niños de hoy que, de mayor, quieran ser Mariano Rajoy.
A nivel interno, insisto, la crisis es brutal no sólo por sus significaciones –un Secretario general aislado, un partido roto y al borde de estar técnicamente escindido ya que la mitad no reconoce el liderazgo existente– sino porque deja al PSOE sin opciones. Es dudoso, por no decir falaz, que la caída de Sánchez vaya a producir una mejora inmediata de los resultados socialistas. Entre otras cosas, porque Sánchez era hoy por hoy el único que podría presentarse en condiciones a las terceras generales, que son las únicas elecciones que quedan tras este ciclo agotador en el que ya ha votado toda España en los cuatro niveles electorales. Es también falaz decir que se va a dar el poder de decisión a la militancia cuando el único de los cargos del partido directamente elegido es precisamente al que se quiere descabalgar. Y finalmente, es como mínimo poco serio pretender liderar una ejecución como ésta sin atreverse a dar la cara, que es, básicamente, lo que lleva meses haciendo Susana Díaz. José Bono, amigo como pocos socialistas de citar las Escrituras, estará a esta hora revisando el capítulo 23 del Evangelio de Lucas, que además del trueno y el velo rasgado, reza aquello de «perdónalos, porque no saben lo que hacen».
Gracias por seguir ahí.
 Nota jurídica: Ejecutivas, Comités, otros bichos y dónde encontrarlos
Yo no sé qué hace la gente estudiando cosas raras con números cuando en España la interpretación jurídica está más de moda que cualquier otra cosa. Por si no hubiéramos tenido poco con los Tratados Europeos o la escurridiza constitución británica últimamente, tras dedicarnos a interpretar cada sílaba del artículo 99 de la Constitución durante un mes, y luego el 170 y 171 del Reglamento del Congreso, nos toca ahora a los juristas –concretamente a aquellos que sabemos algo de Derecho constitucional, Derecho administrativo y, si se le puede llamar así, Derecho estatutario o de asociaciones– ponernos a destripar los Estatutos Federales del PSOE y su normativa. Evidentemente, no me voy a privar del gusto.
Según el artículo 36, párrafo (o), de los Estatutos Federales, el Comité Federal tiene por funciones, entre otras, «convocar un Congreso Extraordinario» cuando las vacantes en la Ejecutiva Federal afecten «a la mitad más uno de sus miembros». Bien. Al haber quedado mermada la Ejecutiva, el Comité debe convocar el Congreso que elija una nueva Ejecutiva (lo que incluye un Secretario General que la presida).
Los dimisionarios afirman que con su marcha la Ejecutiva deja de existir, y el secretario general ya no lo es más. Eso sería potencialmente problemático. Si la Ejecutiva ya no es tal, y el Secretario General tampoco, se da la circunstancia de que no hay nadie que pueda convocar al Comité que tiene que sacar la convocatoria del Congreso, porque éste sólo se reúne a convocatoria de la Ejecutiva (artículo 37.1). Es decir: alguien tiene que quedar en su puesto, aunque sea –qué extraordinaria paradoja– «en Funciones», para convocar al Comité Federal porque de lo contrario éste no se puede poner en marcha. Y parece que eso es lo que han hecho Sánchez y sus leales esta mañana.En fin, desde mi punto de vista, la posibilidad de que hoy exista un poder diferente al del aún secretario general Pedro Sánchez puede ser una realidad política, pero no encuentra sustento en las normas internas del PSOE. Aunque, por supuesto, yo puedo estar equivocado. Y para eso la política es el chiringuito que arregla los problemas cuando se acaba el Derecho.
Autor:
Jaime Fernández-Paíno Sopeña
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