NO, AÚN NO HA ACABADO - Canal Hablamos

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22 octubre 2016

NO, AÚN NO HA ACABADO


«Los partidos políticos despersonalizan, son una gran trampa, no te puedes someter a una serie de imperativos y consignas». «El mundo de la democracia representativa está acabando». «Los partidos políticos están en crisis».

El miércoles de madrugada, Donald Trump y Hillary Clinton personalizaron buena parte de esas afirmaciones durante el último debate presidencial. Especialmente el candidato republicano, que como escribí hace unos días en inglés, ha desafiado todas las reglas de los partidos políticos para convertirse en la mayor amenaza para la democracia americana desde la Guerra de Secesión.

Ahí debajo están sus tasas de aprobación comparadas con candidatos previos a la Casa Blanca. Trump y Clinton son los candidatos más impopulares de la Historia: ocho de cada diez estadounidenses no tienen «nada positivo» que decir de alguno de ellos. Sin importar lo poco que gustan, lo poco que la gente confía en ellos, ambos ganaron la nominación de sus partidos. El caso de Clinton parece más comprensible: es una política muy conocida con un larguísimo historial de servicio público, pese a sus importantes errores y sombras –el ataque a la embajada americana en Bengasi  o el uso de servidores de correo electrónico no seguros con material clasificado, ambos cuando era secretaria de Estado–.
Pero la nominación de Trump no se puede considerar normal. Él, en todo caso, no es el primero, ni será el último. Los políticos independientes han jugado un rol importante en la política americana de los últimos años, y ese es el principal problema: los partidos ya no controlan sus propias candidaturas. Lo han venido haciendo desde el inicio de la existencia política de los EEUU, y era uno de los mayores mecanismos del sistema de pesos y contrapesos establecido por la Constitución. Si un diputado era elegido gracias al apoyo de su partido pero no desarrollaba o seguía las políticas de su partido en la Cámara, en el siguiente ciclo electoral no obtendría la nominación por su distrito y en consecuencia, con casi toda seguridad, no volvería a ser elegido. Esto era un incentivo para mantener el orden, y al Congreso trabajando en un marco predecible.

Pero desde que los candidatos tienen el poder de hacer sus propias campañas, sus propias recogidas de fondos y –más importante– sus propios programas, los partidos han perdido influencia en las primarias y sus resultados. De modo que cuando este tipo de políticos resultan elegidos, ya no están limitados por el partido al que representaban en las elecciones porque, en realidad, no importa qué partido sea.

Los partidos y la pertenencia a ellos siempre se han considerado como cosas negativas. Un partido político es siempre sospechoso de teorías conspiranoicas, de torcer las circunstancias para servir su propio oscuro y egoísta interés. No sólo en EEUU: cada día pasa más en Europa y, en general, en las democracias occidentales. Pero son necesarios. No podemos deshacernos de los partidos políticos hasta que desarrollemos una institución alternativa. Los partidos no son reemplazables como instituciones, y sin embargo, en EEUU se les ha desplazado en su primera y más esencial misión: la búsqueda de líderes.

Ya ha pasado en Washington. Donald Trump debe su éxito a la ingente cobertura mediática que ha recibido cada una de sus palabras o cada tuit. Los medios de comunicación han llenado el vacío dejado por los partidos y esa no es una buena idea. Los medios no están preparados ni equipados para desarrollar un proceso de selección de candidatos o para gobernar un país. No responden ante nadie y no han sido democráticamente elegidos o legitimados. No tiene nada que contrapese sus acciones. Y, sin embargo, ha seleccionado las papeletas que tendrán los votantes el día de las elecciones.

La democratización no siempre es buena. La participación en primarias es históricamente baja; eso significa que en primarias sólo participan los votantes más comprometidos, que coinciden con ser los más radicales y, probablemente, los más expuestos a la influencia de los medios (ya que los votantes, principalmente, consumen la información que desean leer). Esto significa que la minoría más ‘radical’ en realidad selecciona a los candidatos que luego tienen que atraer a los votantes moderados o no afiliados en las elecciones generales. ¿Es deseable? Probablemente, no..

Los partidos políticos no se han acabado porque, de momento, no pueden acabarse, y Donald Trump es el mejor ejemplo de lo que pasa cuando se juega al despiste de la individualización de la política. Por eso las frases que encabezan este artículo son un gran error, aunque las haya pronunciado una reputada jurista. Manuela Carmena, con sus éxitos y sus fracasos, nunca habría sido Alcaldesa de Madrid si no fuera por un proceso de selección de líderes –llamarlo primarias es bastante atrevido– en el seno de un partido político, al que pertenece formal o informalmente, igual que Bernie Sanders es un Demócrata aunque se presentara a Presidente sin un carné de ese partido.

Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Soy un romántico, pero es lo que dice la Constitución, y es válido. Los partidos políticos –algunos un tanto más que otros, pero vamos a dejarlo ahí– tienen errores y vicios, pero la función que desempeñan es vital para la democracia. Utilicemos nuevos partidos, inauguremos otras formas de liderazgo, reconduzcamos las estrategias políticas y construyamos una democracia mejor. No hay que arrasar lo que tenemos. O, mejor dicho, no hay que dejar que alguien como Donald Trump lo arrase.

La democracia representativa no sólo no se ha acabado. Es más necesaria que nunca.

PS. Anteayer, sin pena ni gloria, pasó el quinto aniversario del día en el que ETA anunció que dejaba de matar porque ya no podía hacerlo. Mi agradecimiento a todos esos cientos de personas que lo hicieron posible luchando, liderando o muriendo.

Autor:
Jaime Fernández-Paíno Sopeña

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