SILENCIO - Canal Hablamos

NUEVO

20 noviembre 2016

SILENCIO


Esta vez, nadie sabe a ciencia cierta si la calma llega antes de la tempestad. Si fuera así, supongo que los cuatro años de Legislatura deberían haber sido un remanso de paz. Sin embargo, trescientos días después de que empezara la tormenta, la calma amenaza con ser excesiva. Ha sido poner María Dolores de Cospedal un pie en la sala del Consejo de Ministros, y una vía de morfina ha liquidado sin más trámite un año de convulsión, enterrándolo para siempre en el cajón que reza la máxima de El gatopardo: que todo cambie para que nada sea diferente.

Cinco años hace a esta hora que don Tancredo ganaba unas elecciones generales con mayoría absoluta. Solo y estatutario en aquella noche de triunfo, antes de su aparición en el balcón de la victoria compareció dentro de la sede de Génova para explicar a los españoles que él estaba al mando, que el camino no sería fácil y que los retos eran grandes, pero que saldríamos adelante. Cinco años, dos elecciones generales, tres secretarios generales del PSOE, una docena de casos de corrupción, un Presidente de Estados Unidos, tres primeros ministros italianos, tres griegos y dos franceses, un rescate, un papa y un rey después, ahí sigue Mariano Rajoy.

Desde que a principios de este mes tomara posesión de su cargo –en pleno puente, habráse visto– y se tomara, también, unos días para elegir a su Gobierno, la política española ha muerto de nuevo ante la impertérrita mirada del señor Presidente. Los meses de incertidumbre, las campañas de emoción, los Comités Federales, las investiduras, todo se ha acabado sin más trámite. Hasta el Congreso se ha tomado un par de semanas de descanso antes de empezar las sesiones de Control, no vaya a ser que de tanto dejarlo, como el chiste, las vaya a hacer mal al retomarlas. El miércoles veremos si además de Gobierno tenemos Oposición o sigue en Funciones.

Nadie como Rajoy para dormir al país, y así empezamos una Legislatura, de una buena vez, que estaba llamada a cambiarlo todo. Por lo pronto, la tendencia indica lo contrario. El brillante Fernández Díaz ya está colocado como Presidente de una Comisión irrelevante. El flamante Ministro del Interior ya ha metido a medio Ayuntamiento de Sevilla en su Departamento. La cuñada del nuevo Ministro de Economía ya es jefa del área económica del Gabinete del Presidente. Y así. Todo muy regenerado, todo muy nuevo. Cualquier día nos enteraremos de cuál ha sido el destino final de Soria, después de aquel maravilloso no-nombramiento de un no-Gobierno a un no-político para un cargo no-ejecutivo.

Del resto, mientras tanto, nunca más se supo. Javier Fernández sigue despachando en Ferraz 70 sin mucha prisa por dejar de hacerlo, mientras la insigne Susana Díaz sigue sin dar la menor seña de que alguna vez vaya a atreverse a cruzar Despeñaperros. De aquello de cortar la sangría de votos socialistas cortando la cabeza de Pedro Sánchez tampoco hemos tenido noticias, visto el último CIS. Rita Barberá sigue siendo senadora, o al menos lo era la última vez que salió en un periódico. Albert Rivera parece que ha entrado en uno de esos trances en los que te deja la novia y no sabes muy bien si intentar volver o meterte en tu casa y no salir en una semana, porque desde la Investidura (alguna de ellas, uno pierde la noción de las Investiduras) tampoco se prodiga mucho. Y Pablo Iglesias está tan ocupado en sus asuntos internos como lleva estándolo desde que es Pablo Iglesias. Las luchas de poder en Podemos (todo un concepto sacado de la Facultad, porque poder, lo que se dice poder, tampoco hay mucho) parecen no tener fin mientras el país sigue con su vida.

Y así, entre silencios ensordecedores, echa a andar la Legislatura inaugurada por el Rey Felipe intentado que alguien le escuchara recriminar a sus señorías su continua dejación de funciones; sin éxito, porque todos estábamos más pendientes de qué pasaba con el senador de la última fila que sostenía una bandera republicana. La metáfora perfecta de una clase política que, parece, hasta dentro de cuatro años ya no tiene nada más que decir. Luego nos extrañaremos de que después de tanto silencio, otro Donald Trump gane unas elecciones.


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