EL PRÍNCIPE - Canal Hablamos

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03 diciembre 2016

EL PRÍNCIPE


Escrita en 1513 por Nicolás Maquiavelo, "El Príncipe", lejos de ser una obra anodina e insustancial, llega hasta nuestros días habiéndose consolidado como un libro fundamental dentro de la Ciencia Política, y cuyo contenido pienso que debe considerarse más allá de la simple función informativa del lenguaje, de la mera exposición de proposiciones y datos objetivos con los que el autor buscaría la sola descripción de los aconteceres de su tiempo, de las circunstancias que envuelven a una Italia débil y desprotegida de un gobierno fuerte que la guíe por el camino de la regeneración y ennoblecimiento de su patria, y de cómo debe actuar un buen príncipe ante determinadas situaciones para garantizarse la aceptación y devoción por parte de sus súbditos, y de esta manera afianzarse en el poder. Por el contrario, entiendo que debemos ahondar aún más en la teoría expuesta en esta magistral obra y extrapolarla a la vida actual, encontrándose en ella, de esta manera,  una perfecta y muy apropiada guía, por un lado, sobre formas de liderazgo (muy reiterado y evocado en la actualidad dentro, sobre todo, del ámbito laboral); y por otro sobre maneras de actuar de las naciones dentro del ámbito internacional, las cuales deben concernirnos, en gran y cuantiosa medida.

Teniendo estas ideas en cuenta podemos, pues, comenzar a abordar una atenta pero cuidadosa crítica en la que trataré de analizar las propuestas más llamativas que, a mi juicio, nos presenta Maquiavelo, al mismo tiempo que intento llevarlas más allá del contexto político en el que se redactó la obra, justificando así su posible aplicación a nuestra cotidianeidad de la que he hablado anteriormente.

"El Príncipe" comienza con la carta dirigida a Lorenzo II de Medici, en la cual ya podemos atisbar el objetivo que persigue el autor con la redacción de esta obra: regenerar su patria en torno a la figura de un “redentor” cuyo poder esté legitimado por la devoción y admiración que despiertan en sus súbditos la grandeza y virtud que le definen y que “la fortuna y las restantes cualidades suyas le prometen”. Además, Maquiavelo ya adelanta el uso de referencias históricas que hará a lo largo del texto; recurso que, a mi modo de ver, supone un perfecto apoyo para el lector a la hora de comprender lo que en cada momento a lo largo de la novela se formula, al mismo tiempo que da pie a la reflexión sobre la necesidad de conocer el pasado para no cometer nuevos errores futuros. Es este déficit de conocimiento historiográfico uno de los principales problemas metodológicos que se pueden apreciar en los ámbitos de la Ciencia Política y las Relaciones internacionales actuales, y que nos conduce en la mayor parte de las ocasiones a políticas erróneas y defectuosas fruto de las cuales se producen desequilibrios sociales. Maquiavelo era un perfecto conocedor de la historia, y en ello lleva una gran ventaja con respecto a las sociedades políticas de hoy en día.

Retrato de Lorenzo II de Medici (1492-1519), obra de Rafael Sanzio. 
La obra se divide tradicionalmente en cuatro partes en cada una de las cuales se aborda una cuestión o preocupación determinada. Así, la primera parte comprende los capítulos del I al XI, y en ella introduce las dos formas de Estados existentes, Repúblicas y Principados, para luego centrarse en esta última y explicar con más o menos detalles todas las clases de principados que podemos encontrar, pudiendo distinguir entre hereditarios, mixtos o totalmente nuevos, acompañándose cada uno de unas características de legitimación del poder diferentes: en el caso de los Principados hereditarios, el príncipe no tendrá que preocuparse de nada en cuanto que su poder esté legitimado por la tradición, por lo que Max Weber describía como “la santidad de ordenaciones y poderes de mando heredados de tiempos lejanos.” Por el contrario, en las otras dos formas de Principados, el gobernante debe sobrepasar sus vínculos dinásticos y tratar de legitimar su poder en base a la utilización de una serie de cualidades carismáticas que conforman lo que Maquiavelo denomina virtud y que más adelante en otros capítulos desarrolla con más detalle. 

Max  Weber (1864-1920).
Esta primera exposición resulta útil como punto de partida para el lector, ya que muestra la suma importancia de conocer el panorama político global para poder actuar posteriormente en asuntos de Estado de forma correcta y eficaz. Remarco este punto por su significación en las Relaciones Internacionales, dentro de las cuales se cometen numerosas equivocaciones por no conocer muchas veces en profundidad las características de los países con los que se trata o negocia. Así ocurrió por ejemplo con la Sociedad de Naciones: organismo que supuso un enorme fracaso por predicar objetivos utópicos durante un periodo de la historia bastante inestable en el que cada una de las naciones en juego presentaba unas características y demandas políticas distintas, lo que impedía llegar a un acuerdo global que fuera en su totalidad exitoso.

Por otro lado, dentro de esta primera sección, me gustaría comentar más detenidamente la parte en la que Maquiavelo nos ilustra acerca de aquellos principados adquiridos por medio de crímenes. En este capítulo se expone lo siguiente: “No es posible llamar virtud a exterminar a sus ciudadanos, traicionar a los amigos, carecer de palabra, de respeto, de religión. Tales medios pueden hacer conseguir poder, pero no gloria.” Dicha proposición se adecua completamente a mi modo de pensamiento, pero no siempre podemos tratarla de verdad absoluta, pues dicho argumento se desmonta si pensamos, por ejemplo, en aquella Alemania hitleriana en la que miles de jóvenes disciplinados rendían homenaje y fidelidad al Führer o en la que una multitud de soldados desfilaban orgullosos a través de ciudades conquistadas en honor a su patria, ignorando por completo la represión, los exterminios o episodios tales como la Kristallnacht. En todo este tipo de regímenes totalitarios, a pesar de que el líder de mantiene en el poder por medio de crímenes, es capaz de conseguir la devoción y gloria por parte de una sección importante de la población, -si bien es cierto que a día de hoy esa gloria ya no es reconocida, pero el recuerdo de sus actos perdurará durante siglos-.


La segunda parte incluye los capítulos del XII al XIV, y en ella se trata el problema de la seguridad y de las armas. A lo largo de esta parte Maquiavelo resalta la importancia para un príncipe de contar con un ejército propio, así como de saber dominar el arte de guerra incluso en los periodos de paz. Estos planteamientos podrían considerarse, en un primer momento, únicamente dentro de la época histórica en la que vivía este autor, cuando los países entraban en guerra frecuentemente y se mantenían en aquellas situaciones durante largo tiempo, de tal manera que resultaba correcto contar con un buen ejército en aras de conservar el poder. Sin embargo, desde la óptica de nuestro tiempo estas ideas también podrían ser objeto parcial de aplicación, pues aunque vivimos en un periodo de aparente estabilidad democrática, en los últimos años hemos podido contemplar el auge de ciertas amenazas tales como el terrorismo, ante las cuales resulta conveniente reconocer el papel de las Fuerzas Armadas en favor de la defensa nacional.

La tercera sección comprende los capítulos del XV al XXIII, y en ella se analiza con profundidad cuál debe ser el comportamiento y gobierno de un príncipe con respecto a sus súbditos y amigos. Es en esta parte donde Maquiavelo, incluso sin saberlo, nos describe la perfecta figura de un líder.

Conforme uno avanza en la lectura puede percatarse de la significación que siempre supone para un buen príncipe -tal y como se nos plantea en el libro- la imagen que pueda proyectar en la mente de sus seguidores. En este sentido el debate que plantea el autor tiene ahora como núcleo el choque entre los sentimientos de amor y temor que un líder pueda suscitar entre la comunidad con el desempeño de sus acciones.

Uno de los primeros argumentos expuestos en torno a este debate lo conforma la idea de que un príncipe, si se quiere mantener, es necesario “que aprenda a poder ser no bueno y a usar o no usar de esta capacidad en función de la necesidad”. Así, Maquiavelo alega que a pesar de que sería bueno contar con todas las cualidades positivas posibles de atribuir a una persona, ello supone una merma de la legitimidad y por tanto de la probabilidad de estadía, de ahí que un buen líder en ocasiones deba limitar su bondad a fin de obtener la máxima eficiencia en los proyectos que lleva a cabo. Juzgo esta argumentación de correcta y veraz y totalmente posible de aplicar no solo a la situación política, sino también laboral de nuestro tiempo, pues si suponemos una empresa cuyo jefe es tachado de apocado, ingenuo y vergonzoso, observamos cómo sus trabajadores actúan en base a su propio criterio haciendo caso omiso de las insignificantes órdenes de la dirección, de manera que esta verá frustrados sus expectativas de negocio y beneficio. Por el contrario, en tanto que ese líder aprenda a manejar la situación y comience a emprender acciones que le valgan el título de exigente, imponente y minucioso, verá revertidas las circunstancias y su orgullo y respeto engrandecido, de manera que no solo alcanzará las metas propuestas, sino que sobrepasará las expectativas iniciales llegando a un nivel de eficiencia máximo. Ahora bien, es importante que en este cambio de actitud, el temor que desprende la figura del líder no le suponga a este caer en la consideración del odio. Deberá por tanto cuidarse de esa posibilidad, pues ello sí que supondría la total quiebra y deslegitimación de su poder real por parte de la comunidad.

Pero por otro lado, Maquiavelo afirma que además de ser temido es importante para un príncipe el ser estimado, y ello lo hará atendiendo adecuadamente las demandas de sus ciudadanos, reuniéndose con ellos y procurándoles un cómodo ejercicio de sus profesiones. Lo hará “dando ejemplos de humanidad y liberalidad, pero conservando siempre intacta la magnificencia de su dignidad”. Juzgo este comportamiento como completamente imprescindible en la figura de un líder, sobre todo si hablamos en relación a la esfera de la política, pues aquel jefe de gobierno -ya sea en el ámbito nacional o local- que sepa escuchar adecuadamente a sus ciudadanos o vecinos, y sobre la base de esas demandas construya sus ordenamientos, se procurará no solo el buen desarrollo de su mandato, sino que además podrá garantizarse la estadía durante largo tiempo. 

Esta clase de conducta es la que se extraña cuantiosamente en la actividad política de hoy en día, pues aunque bien es cierto que podemos ver a los líderes políticos codearse (sobre todo en épocas de campaña electoral) con ciudadanos pertenecientes a todos los grupos y clases sociales, no siempre –una vez que llegan al poder- actúan en base a las promesas hechas a esos grupos, y en lugar de eso acometen acciones que benefician solo a ciertas minorías dominantes, de manera que el objetivo de atender al interés general –considerado el primordial para los Estados- queda reducido a cenizas y convertido en un simple móvil en favor de conseguir un puñado de votos.

Por lo tanto, podemos concluir que lo que "El Príncipe" nos propone es que el correcto ejercicio del poder político reside en la prudencia, en el equilibrio existente entre el temor y la estima. En la medida en que dicho equilibrio sea real y se cumpla, el gobernante no deberá preocuparse por el cumplimiento de sus mandatos, pues estos serán acatados sin cuestionamiento alguno.

Muy acertado es en este sentido el consejo que da Maquiavelo de ser, un príncipe, tanto un verdadero amigo como un verdadero enemigo. - Aclaro que no es la primera vez que encontramos esta distinción y su consideración dentro de la Ciencia Política: ya Aristóteles prestó en algunas de sus obras curiosa atención a la amistad y enemistad en política, así como el jurista y teórico alemán Carl Smichtt, quien propuso una definición de la política en base a estos supuestos-.

Carl Schmitt (1888-1985)
Igualmente apropiado para la justificación de este equilibrio entre temor y estima es la noción de que existen dos formas de gobernar: “la una con las leyes, la otra con la fuerza. La primera es propia del hombre; la segunda de las bestias; pero como la primera muchas veces no basta, conviene recurrir a la segunda. Por tanto, es necesario a un príncipe saber utilizar correctamente la bestia y el hombre (…). A no alejarse del bien, si puede, pero a saber entrar en el mal si se ve obligado, (…) pues trate un príncipe de vencer y conservar su Estado, y todos los medios siempre serán juzgados honrosos y ensalzados por todos.” Acertadamente ha sido atribuida a Maquiavelo, llegados a este punto, la frase “el fin justifica los medios”, convirtiéndose en una de las cuestiones más debatidas dentro de los ámbitos de la moral y de la ética a lo largo de la Historia.

Un último apunte importante de esta sección que considero fundamental tomarlo en cuenta es la significación que tiene la elección de secretarios o ministros fieles y competentes, pues de ello depende también la idea que tengamos los ciudadanos sobre el gobernante en cuestión. Como digo, considero esencial este tema por su repercusión en la actualidad política, sobre todo en situaciones de inestabilidad y crisis como la que vivimos ahora, pues es cuando realmente se pone de manifiesto la necesidad de un Consejo de ministros válido y capaz en aras de dirigir eficazmente los asuntos de Estado, pues en caso contrario ya hemos podido observar por experiencia propia las revueltas y descontento generado en la comunidad lo que supone emprender proyectos mal concertados y nada plausibles, lo cual conduce a su vez al desprestigio y desconsideración del propio jefe de gobierno, pudiendo ser este calificado de incompetente, torpe y desgastado.

Por último, la cuarta parte incluye los capítulos del XXIV al XXVI y en ella se afrontan las causas de la ruina de Italia y la necesidad de una regeneración para la construcción de un Estado moderno.

Italia a la muerte de Fernando I de Nápoles (1494).
"El Príncipe" es escrito en una época en la que Italia había caído en manos de extranjeros, quedando reducida a una situación en la que se encontraba “sin orden, derrotada, despojada, despedazada, batida en todas direcciones por los invasores, y víctima de toda clase de desolación.” En este sentido es en estos capítulos donde se manifiesta expresamente el objetivo y razón por el que Nicolás Maquiavelo decide redactar "El Príncipe", buscando pues la atención de la familia Medici, a quien va dirigida la obra y a la que considera dotada de notables cualidades y virtudes para “ponerse a la cabeza de la redención”, a la vez que le aconseja tener presente las acciones de todos aquellos nobles y grandes señores que a lo largo de la novela ha ido poniendo como ejemplo, tales como César Borgia, Alejando IV o el papa Julio II. Así descubrimos que esta obra nace de la caridad y amor hacia la nación. Maquiavelo apreciaba a su país y en este sentido es capaz de despertar la voluntad del espíritu humano para iniciar el camino hacia la construcción de una nación política, todo ello sin necesidad de reclamar la intervención de Dios, pues tal y como afirma, “Dios no quiere hacerlo él todo para no quitarnos nuestro libre albedrío, y con ello la parte de gloria que nos corresponda.” Para Maquiavelo no es la Providencia, sino los hombres libres y responsables, colaboradores de esa Providencia, los que hacen la historia y construyen su propio destino individual y colectivo. En este punto se demuestra cómo todos los planteamientos teocráticos (según los cuales la idea de Dios preside toda construcción intelectual y que predominaron desde la Edad Antigua hasta la Edad Media en la que aparece el Humanismo) se vuelven ininteligibles para Maquiavelo y se suprimen de raíz en su teoría.

Para concluir no me queda más que volver a reconocer el ejemplar trato que Maquiavelo le ha dado a la obra, ilustrándonos con un cuidadoso estilo el acontecer de su tiempo y la forma de actuación política que él juzga como adecuada. Esta innovadora forma de narrar la historia y exponer una teoría nos demuestran qué tipo de hombre era Maquiavelo: analista, reflexivo, culto e inteligente, al tiempo que honrado, justo y amable hacia su país. Preciso es el título que se ha ganado de ‘padre de la Ciencia Política’, pues es a él a quien esta disciplina le debe no solo gran parte de su progreso, sino también gran parte sus procedimientos y métodos a la hora de actuar. Y aunque el mundo evolucione, y con ello también la humanidad, aquello que conforma la Política, en esencia, permanecerá siempre como marca indeleble dentro de la sociedad.



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