UN FANTASMA RECORRE EUROPA... (EL MANIFIESTO COMUNISTA) - Canal Hablamos

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19 diciembre 2016

UN FANTASMA RECORRE EUROPA... (EL MANIFIESTO COMUNISTA)


“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo…”. Así comienza uno de los grandes clásicos del pensamiento occidental, “El Manifiesto Comunista”. Publicado en 1848, por encargo de la Liga Comunista y siendo redactado por Karl Marx y Friedrich Engels (los dos teóricos e ideólogos más importantes del socialismo científico), fue gestado en base a la intención de elaborar un programa político. Sin embargo, lejos de ser un simple panfleto, “El Manifiesto Comunista” encierra tanto un amplio conjunto de ideas políticas como toda una teoría social que han trascendido a nuestros días permitiendo que sean objeto de estudio en numerosas materias, tales como la Ciencia Política, la Sociología, la Historia o la Filosofía. Estamos pues ante una obra cuya importancia es de una magnitud inigualable y que por tanto no debe ser ignorada en absoluto, sino que debe tenerse en cuenta como uno de los pilares fundamentales que sostienen la amplia y vasta esfera de nuestra cultura.

Considerando, entonces, estas ideas, la presente crítica tendrá por objeto la reflexión y análisis de las principales cuestiones expuestas en la obra, al tiempo que trato de comparar la coyuntura social descrita con la nuestra propia, distinguiendo de esta manera cada una de las predicciones acertadas o fallidas que Marx y Engels pronosticaron que sucederían en un futuro.

Friedrich Engels y Karl Marx, autores del Manifiesto Comunista.
La obra se articula en torno a cuatro capítulos o secciones, en cada uno de los cuales podemos encontrar aportaciones y planteamientos diversos cuyo análisis resulta interesante tomarlo en cuenta.

En este sentido, el primer capítulo, titulado “Burgueses y proletarios”, está dedicado a la descripción de la sociedad capitalista y de la lucha de clases como motor de la historia. En él se da cuenta de cómo surge la burguesía y todo el camino que sigue hasta la consecución de la hegemonía política y su conformación como clase dominante; de igual manera que se expone el origen de los proletarios, su configuración como grupo social oprimido y su evolución hasta la toma de conciencia de clase, lo que les lleva finalmente al antagonismo con la burguesía y al inicio de la revolución, la cual –hay que señalar- no es dirigida por los propios obreros, sino que es finalmente la burguesía la que se pone a la cabeza de dicho proceso. Así lo expresa la obra: “en los periodos en los que la lucha de clases se acerca a su desenlace, el proceso de desintegración de la clase dominante adquiere un carácter tan violento y tan patente que una pequeña fracción de esta clase reniega de ella y se adhiere a la clase revolucionaria, a la clase en cuyas manos está el futuro (…). Un sector de la burguesía se pasa al proletariado, particularmente ese sector de los ideólogos burgueses que se han elevado hasta la comprensión teórica del movimiento histórico en su conjunto.” Es en este punto donde una atenta mirada descubre la clara influencia en la doctrina marxista del modelo de liderazgo basado en la figura del filósofo-rey propuesta por Platón, según la cual solo los filósofos, solo los sabios, son los que pueden presidir la sociedad. Para los marxistas, no podían ser los obreros y campesinos –sin conocimiento alguno sobre política o economía- los que se pusieran al frente de la sociedad. Debían ser una serie de técnicos e ideólogos –procedentes de la burguesía y con nociones sobre cómo dirigir una sociedad-, los que encabezaran la revolución y la condujeran hasta la conquista del poder y posteriormente hasta la consecución del ideal comunista de una sociedad sin clases.


Juzgo esta primera exposición como una muy buena primera forma de tomar contacto con las ideas marxistas, pues preparan al lector introduciendo toda una serie de nociones básicas sobre las que Marx y Engels irán construyendo progresivamente en capítulos posteriores su teoría. Pero lo interesante del análisis de esta primera parte no se encuentra en la simple descripción objetiva de la sociedad capitalista de la época, sino que se encuentra en la posible comparación de aquella con la actual, de manera que podamos dar cuenta del Manifiesto como documento histórico de gran valor perfectamente aplicable a nuestro tiempo. Ya lo anunciaba el prólogo de 1872: “por grandes que hayan sido las transformaciones ocurridas en las condiciones imperantes, los principios generales desarrollados en este Manifiesto aún conservan actualmente, en líneas generales toda su corrección.” Podemos, por lo tanto, en este sentido, formular algunos paralelismos entre una y otra sociedad capitalista.

En primer lugar, se anuncia lo siguiente: “mediante su explotación del mercado mundial, la burguesía ha configurado de modo cosmopolita la producción y el consumo de todos los países (…).  Las primitivas industrias nacionales son desplazadas por nuevas industrias que no elaboran ya materias primas locales, sino materias primas procedentes de las zonas más alejadas y cuyos productos no se consumen ya únicamente en el propio país, sino en todos los continentes a la vez (…). Frente a la antigua autosuficiencia y aislamiento locales y nacionales irrumpe un tráfico en todas las direcciones (…). Y al igual que en la producción material, en la intelectual.” Resulta increíble al leer este segmento que la descripción fuera hecha hace algo más de un siglo y no en nuestra época actual, donde la globalización es un proceso imperante en nuestra cotidianeidad que conduce –análogamente a los expuesto en el texto- a una pérdida de competitividad de las empresas nacionales en favor de las empresas multinacionales, las cuales deciden deslocalizarse y situar su producción en los llamados “países emergentes”, donde los impuestos y salarios son más bajos, las legislaciones en materia medioambiental más permisivas y las condiciones de jornada laboral, derechos y seguridad de los trabajadores más flexibles; al mismo tiempo que terminan construyendo una amplia red de distribución de productos que alcanza hasta los más recónditos lugares del planeta, permitiendo a los individuos adquirir los mismos bienes e incluso adoptar los mismos estilos de vida que otro ciudadano de otro país cualquiera, ya sea de Italia, Brasil, Corea o Turquía.

"Las industrias nacionales son desplazas por las multinacionales, que operan en todos los continentes".
Pero más sorprendente es incluso un segundo anuncio relacionado esta vez con las clases medias y su debilitamiento: “las pequeñas capas medias existentes hasta la fecha van hundiéndose en el proletariado, en parte porque su pequeño capital resulta insuficiente para la explotación de la gran industria y sucumbe a la competencia con los capitalistas de mayor envergadura.” ¿Cuántas veces no habremos escuchado hablar en estos últimos años que la quiebra de la clase media es una de las consecuencias de mayor impacto económico, social y político que nos deja la crisis económica actual? De hecho, ha habido incluso quienes –como es el caso del economista y catedrático inglés Guy Standing o el escritor Owen Jones- han hablado de la conversión de esta clase en otra totalmente nueva que surge cada vez con más fuerza: el “precariado”, integrado por ciudadanos condenados de por vida a la inestabilidad laboral y personal, y que conforman un grupo muy demandado por las grandes corporaciones por tratarse de mano de obra barata y de fácil despido. Vemos pues desde la óptica de nuestro tiempo como ese antagonismo entre clases y opresión ejercida por algunos sectores sociales anunciados en el Manifiesto no ha desaparecido, sino que por el contrario, presenta expectativas de continuación y sostenimiento en el futuro, o al menos parcialmente.

"Autores como Owen Jones han denunciado la precarización de la clase media".
Estos son solo algunos ejemplos de todos los que podemos encontrar en esta primera parte que, tal y como he citado anteriormente, permiten tratar a esta obra no solo como programa político sino también como manual histórico aplicable a cualquier época, lo que demuestra su amplio y significativo carácter pragmático.

El segundo capítulo, titulado “Proletarios y comunistas”, nos da ya el programa político propio del partido Comunista, el cual señalan los dos autores de esta obra, a pesar de preconizar los mismos intereses que el resto de partidos obreros existentes (constitución del proletariado como clase, derrocamiento de la burguesía, conquista del poder político), se diferencia de estos en “representar siempre el interés del movimiento general.” Podíamos poner como ejemplo en este punto al movimiento ludita en Inglaterra a principios del siglo XIX, que se caracterizó por la oposición a la introducción de maquinaria moderna en el proceso productivo, sobre todo en el sector textil, de manera que este movimiento social velaba (o al menos en su primera fase, antes de que se extendiera también al campo) únicamente por los intereses de aquellos artesanos textiles que se vieron afectados por dicha modernización industrial, y no por los intereses de todo el conjunto de proletarios del país, y ni mucho menos por los intereses generales de una sociedad entera.

El movimiento ludita se oponía a la introducción de maquinaria moderna en el el proceso productivo.
Pero además de esta primera diferenciación, la cual resulta útil para ir definiendo cada vez con mayor claridad el campo de actuación y objetivos del comunismo, Marx y Engels responden a toda una serie de acusaciones hechas por la burguesía (abolición de la propiedad, familia, patria, introducción de la comunidad de mujeres…) concluyendo siempre en cada una de dichas réplicas que lo que pretenden eliminar no son dichos elementos en sí, sino su forma análoga burguesa. Sorprende entre todas estas argumentaciones el reconocimiento que le dan a la comunidad femenina frente a “la situación de las mujeres como meros instrumentos de producción” que defendían los burgueses, y que los comunistas, por lo tanto, quieren abolir. El papel de las mujeres hasta el siglo XX ha estado siempre relegado al cuidado de la familia y del hogar. En el siglo XIX la llegada de la industrialización y el liberalismo no supusieron, sin embargo, cambio alguno de la situación económica, política y legal de la mujer; si bien solamente le abrieron el camino al trabajo fabril, pero continuando siendo explotadas y discriminadas con respecto a los hombres por parte de la burguesía, que “oye decir que los instrumentos de producción han de ser explotados comunitariamente, y, como es natural, no puede menos de imaginarse que el destino de la utilización común ha de afectar también a las mujeres.” En este sentido, esta reivindicación por parte del Partido Comunista en aquella época es un logro, y da verdadera muestra de su deseo de romper plenamente con el orden social establecido y la construcción de una nueva sociedad más justa e igualitaria.

Las reivindicaciones feministas de Marx y Engels constituyeron un logro para la época.
Posteriormente en este mismo capítulo se expone el camino a seguir para la conquista del poder político, proceso que se iniciará con la revolución obrera, a la que seguirá el establecimiento de un gobierno proletario desde el cual se llevarán a cabo una serie de medidas para colectivizar los medios de producción y llegar a una situación en la que “el lugar de la vieja sociedad burguesa con sus clases y contradicciones de clases pasa a ser ocupado por una asociación en la que el libre desarrollo de cada cual es la condición para el libre desarrollo de todos”. Entre todas estas medidas se incluyen la expropiación de la propiedad, centralización de la economía, trabajo obligatorio igual para todos, educación pública y gratuita, abolición del trabajo infantil, etc.; medidas que, en general, resultan muy difíciles de poner en marcha al mismo tiempo, y cuyo intento de aplicación ha supuesto un fracaso y en gran parte de las ocasiones el inicio de un régimen autocrático, como así lo demuestra la historia de la antigua Unión Soviética, en la que una revolución campesina liderada por Vladímir Lenin acabó imponiéndose en el poder en 1917 y emprendió medidas tales como la abolición de la propiedad privada, estatalización de los sectores económicos y las empresas, autarquía, creación de colectivizaciones (koljoses y sovjoses)… al mismo tiempo que instauró un régimen de partido único disolviendo la Asamblea Constituyente, proscribiendo a la oposición y creando una policía política para perseguir a los disidentes. Sin embargo, las graves consecuencias derivadas de todos estos mandatos -caída de la producción agrícola, caos industrial, carestía, hambre, ciudades sin abastecimiento, desaparición del dinero, disminución de la población urbana…-, y que se vieron agravadas por el desarrollo en esa misma fecha de una guerra civil, hicieron que finalmente Lenin comprendiera que no era posible reconstruir el país con los métodos comunistas, de manera que se vio obligado a instaurar la Nueva Política Económica, basada en un sistema de economía mixta que permitía el libre comercio, la propiedad privada y la inversión de capitales extranjeros; medidas con las que finalmente pudo recuperarse la economía.

Vladímir Lenin (1870-1924) lideró la Revolución de Octubre de 1917.
Este tipo de situaciones, sobre todo las referidas a las consecuencias dictatoriales, ya fueron anunciadas por otros autores, como es el caso de Lorenz Von Stein, quien criticó la revolución como solución a la lucha de clases, ya que llevaría fácilmente a un estado dictatorial en el que están representados solamente los intereses de unos pocos (los que han hecho la revolución); o el caso del mismo Sigmund Freud, quien defendió que no es posible llegar a una sociedad sin agresividad ni alienación. Para él la opresión no se daba solo en la sociedad capitalista, sino que siempre habría de quedar un resto de opresión ligado a la naturaleza de la cultura humana, de tal manera que las propuestas marxistas no se trataban más que de una ilusión.

El tercer capítulo, titulado “Literatura socialista y comunista”, está dedicado al análisis de diversas formas de socialismo señalando sus características, actores y errores que cometen, con el objetivo –se deduce- de marcar la línea divisoria con el socialismo científico. De esta manera, describe en primer lugar, el socialismo reaccionario (incluyendo el feudal, pequeño-burgués y alemán o “verdadero”), criticándolo por tener un carácter pasivo, no revolucionario (recurrían únicamente a la literatura, y no a la acción, como manera de reivindicar sus intereses) y por mantener una postura conservadora, defendiendo la reconstrucción de las antiguas relaciones de producción y estructuras sociales; en segundo lugar, el socialismo conservador o burgués, que desea mitigar los males sociales pero manteniendo intacta la sociedad burguesa; y por último, el socialismo utópico, el cual es quizá la forma de socialismo más conocida junto al científico, y que es criticado no tanto por las metas finales que pretenden alcanzar, sino por los métodos utilizados: no contemplan la lucha de clases, la acción revolucionaria, sino que “intentan con la ayuda de pequeños experimentos, naturalmente fallidos, abrir camino al nuevo evangelio social por medio del ejemplo”. Entre todos estos “pequeños experimentos” habría de recordar las cooperativas de Robert Owen, los falansterios de Charles Fourier, o incluso las comunidades icarianas de Étienne Cabet, cuyo éxito o influencia, tal y como describe el Manifiesto, fueron, lamentablemente para sus precursores, mínimos.

Los falansterios de Robert Owen son uno de los ejemplos de los experimentos propuestos por el socialismo utópico.
Ahora bien, cabe señalar aquí la aparición de otras formas de socialismo surgidas después de la fecha de publicación de este Manifiesto que, si bien es cierto que fueron acusadas por los marxistas clásicos de utópicos y de “seguir soñando todavía con la realización experimental de sus ilusiones sociales”, sí que tuvieron un mayor éxito. Podríamos destacar, por ejemplo, al sionismo socialista, surgido como consecuencia de la diáspora judía y que preconizaba la construcción de un Estado de Israel. Para los socialistas científicos, este objetivo era inalcanzable, pues aún no había signos de la realización de tal proyecto. No obstante, en 1948 se crearía el Estado judío en Palestina y el sionismo socialista dominaría hasta 1977 la vida económica y política de dicho Estado. Vemos pues cómo los socialistas científicos se equivocan una vez más en sus predicciones, pues las simples utopías se convierten en efectivos planes, mientras que su propio ideal comunista de una sociedad sin clases, justa, e igualitaria nunca –o al menos hasta el momento- llegaría a cumplirse.

Por último, el cuarto capítulo, titulado “Posición de los comunistas frente a los diversos partidos opositores” se detiene en la definición de la estrategia a seguir por los comunistas en su camino hacia la conquista del poder político. En esta cuestión cobra una gran importancia el apoyo a “todo movimiento revolucionario contra el estado social y político de cosas existente”, ya sean dichos movimientos socialistas democráticos, radicales o incluso burgueses, como fue el caso de Alemania, donde la Liga de los Comunistas se alió con la propia burguesía revolucionaria en la Revolución germánica de 1848-1849 –anunciada en el libro-, que tenía por objetivo por un lado, la unificación de la patria alemana –dividida entonces en 38 estados diferentes bajo la hegemonía del Imperio austrohúngaro-, y por otra parte, el derrocamiento de la nobleza y absolutismo. No obstante, esta revolución, al igual que otras de sus coetáneas, resultó fallida.
 
Finalmente, el libro termina enfatizando la importancia de la revolución y la violencia como única forma de conseguir sus objetivos, apelando a la unión de todas las clases revolucionarias: “Los comunistas declaran abiertamente que sus objetivos solo pueden ser alcanzados mediante la subversión violenta de todo orden social preexistente. Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen otra cosa que perder en ella sus cadenas. Tienen un mundo que ganar. ¡Proletarios de todos los países uníos!”. Hay que señalar que esta tesis acerca de una dictadura del proletariado, aunque es defendida en la teoría, en la práctica sería bastante controvertida y criticada por ciertos autores posteriores a Marx, tildados por los marxistas clásicos de “revisionistas”, quienes desde una postura menos radical y más conciliadora, sostuvieron que los partidos revolucionarios debían intervenir en el sistema político democrático y liberal, utilizando como principal arma para conseguir sus aspiraciones el sufragio universal. Se abría de este modo una vía no revolucionaria que perseguía cambios no radicales, sino graduales y pacíficos, -lo que es mucho más realista y convincente, a mi juicio- y que finalmente sería aceptada incluso por los marxistas ortodoxos durante la época de desarrollo de la Segunda Internacional. Solo quedaría un pequeño grupo de marxistas revolucionarios, con autores como Rosa Luxemburgo o Vladimir Lenin a la cabeza, que seguirían defendiendo la revolución inmediata como fórmula para acabar con el capitalismo y el orden social existente. Sin embargo estos últimos verían cómo su táctica de alcanzar el poder, aunque en algunos casos sí que se llevó a cabo y en un primer momento les permitió emprender ciertas medidas, finalmente fracasaría y llevaría a sus precursores a dar un paso atrás. Recordemos el caso de Rusia expuesto anteriormente, donde Lenin terminó estableciendo un sistema de economía mixta y reconociendo que el comunismo no era posible.

Rosa Luxemburgo (1871-1919) defendió la revolución inmediata para acabar con el capitalismo.
Para concluir no me queda más que señalar nuevamente la gran significación de este libro y el admirable papel con el que sus dos autores han contribuido a ello. Es “El Manifiesto Comunista” un acontecimiento, un punto de inflexión en la historia sin cuyos planteamientos está claro que no se comprendería una gran mayoría de los fenómenos acaecidos hasta el momento. Con un magnífico estilo y una genial estructura deductiva, Marx y Engels han dejado tras de sí toda una teoría que a pesar de poder ser juzgada de ilusoria o inviable, no puede negarse que constituye un hito y que ha conseguido movilizar las aspiraciones y sueños de millones de personas más que ninguna otra doctrina. Hoy, el “fantasma del comunismo” no solo recorre Europa, sino el mundo entero. Sigue presente en nuestras vidas y genera expectativas de seguir estándolo en el futuro, si no es en la vida política, como tema de estudio en otras muchas materias. Parece increíble cómo lo que empezó siendo un sencillo proyecto político ha conseguido ir más allá de todo pensamiento, de toda perspectiva. Hoy, el comunismo, al menos desde el punto de vista académico, no tiene ningún mundo que ganar. Ya lo ha conseguido.


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