FASCISMO - Canal Hablamos

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07 enero 2017

FASCISMO

Benito Mussolini (1883-1945), fundador del Partido Nacional Fascista italiano.
El fascismo (Alianza Editorial, 2005), obra de Stanley G. Payne, se trata de un excelente y completo ensayo cuyo objeto es la exhaustiva penetración del fenómeno fascista, analizando sus causas y características, comparándolo con otros movimientos y desentrañando la estructura de los regímenes considerados típicamente fascistas a lo largo de la historia, así como su extensión y alcance a lo largo del mundo. De esta manera, su autor nos conduce en la búsqueda de un fascismo genérico guiándonos a través de múltiples escenarios e ilustrándonos acerca de las confusiones y dificultades que implica la descripción del movimiento. En este sentido, un atento buceo a través de las páginas de este libro nos descubre un fenómeno complejo, diverso y peculiar, pero cuya existencia y manifestación suponen un punto de inflexión en la historia del mundo contemporáneo.

Stanley G. Payne, historiador e hipanista estadounidense, autor de El fascismo.
En base a estas premisas podemos, pues, iniciar una pequeña crítica o análisis cuyo objetivo será ahondar un poco más en las ideas propuestas en la lectura. Para ello, trataré aquellas que resultan más relevantes o llamativas a mi juicio, desmembrando cada una de ellas y dando cuenta de todas las posibles reflexiones que sus correspondientes comentarios pudieran motivar.

Uno de los primeros apuntes a tomar en cuenta es la dificultad de construir una tipología fascista, de aunar una serie de características comunes que nos permitan identificar y reconocer los movimientos que se han  desarrollado bajo la denominación del término fascismo. Para ello, Payne primero nos informa acerca del mínimo de 6 puntos sugerido por Ernst Nolte para el desempeño de tal labor: antimarxismo, antiliberalismo, anticonservadurismo, el principio del caudillaje, un ejército del partido y el objetivo del totalitarismo. Sin embargo, esta tipología no resulta del todo correcta y completa, pues los tres últimos principios se derivan directamente del nacionalsocialismo alemán, no pudiendo ser aplicados a otros movimientos análogos. En este sentido, Payne sugiere un cuadro tipológico mucho más amplio y elaborado, construido a partir de tres variables diferentes: las negaciones fascistas, los puntos comunes en materia de ideología y objetivos, y características de estilo y organización. De esta manera, se nos presentan una serie de características de las cuales merece la pena comentar algunas.

Una de las primeras reflexiones que suscita la lectura de este cuadro tipológico está relacionada con las negaciones fascistas, con todas aquellas ideologías (liberalismo, comunismo y conservadurismo) que son, en la teoría, rechazadas por los militantes fascistas, pero que en la práctica resultan sorprendentemente útiles a la hora de establecer coaliciones y pactos. Recordemos si no la coalición de liberales, nacionalistas y católicos que permitió a Mussolini llegar al poder, la misma que se lo permitió a Hitler pero con partidos de centro-derecha, o –ya más adelante- la firma en agosto de 1939 del Pacto de No Agresión entre fascistas y comunistas, que si bien su vigencia no duró mucho (apenas dos años), pone de manifiesto la disponibilidad tanto de una ideología como de la otra a entablar alianzas con cualquier otro sector ideológico con tal de lograr sus objetivos.

Benito Mussolini y Adolf Hitler, principales representantes del movimiento fascista.
Otros de los rasgos objeto de comentario son aquellos relacionados con el estilo y organización de los movimientos. Personalmente, siempre ha despertado mi curiosidad la gran importancia concedida a la estética, a la pulcra y calculada organización, hasta el punto de que no resulta posible pensar en el fascismo si no es evocando los enérgicos discursos de un líder carismático e idolatrado que apelaba a la unidad y fortaleza de las grandes masas, con los correspondientes vigorosos gestos y saludos que los acompañaban; sin visualizar a miles de jóvenes y soldados uniformados, listos para asistir al frente de batalla; sin recordar los numerosos símbolos, banderas, desfiles, campañas, propagandas… Todo ello perfectamente estructurado con el objetivo de crear una imagen fuerte, valerosa y atractiva para la sociedad, pero disciplinada, imperialista, militar y temible para el resto del mundo, y que se asienta, entre otros principios, sobre la base de una evaluación positiva, e incluso terapéutica, del uso de la violencia (rasgo al que –recordando las enseñanzas de Nicolás Maquiavelo en El Príncipe- no podemos valorar como virtuoso) y sobre la base de un idealismo y vitalismo metafísico que tenían como meta la creación de un hombre nuevo, un nuevo estilo de cultura que lograse la excelencia tanto física como artística y que ensalzase el valor, la osadía y la superación de los límites anteriormente establecidos mediante el desarrollo de una cultura nueva y superior que comprometiese al hombre entero. Esta divinización y exaltación que se hace del hombre se me antoja inadmisible y un tanto disparatada, pues se aleja de toda realidad y da pie a una ambigua interpretación que en el caso de regímenes como el nacionalsocialismo alemán ha sido tomada como fundamento de la intolerancia, el fanatismo y lo que es aún más condenable: el genocidio. Ese deseo y obstinación por emprender una limpieza biológica, una purga de razas, siguiendo la tesis del darwinismo social, constituye uno de los atributos más viles, reaccionarios y deplorables que ha presentado este régimen concreto (a diferencia del fascismo italiano, por ejemplo, en el que la cultura del hombre nuevo no derivó en eugenesia).

Pero dejando a un lado los posibles rasgos que puedan definir a un fascismo genérico, también resulta interesante comentar, partiendo de la idea de que el fascismo es la expresión más extremada del nacionalismo europeo moderno, la comparación que hace Payne entre esta corriente y otros nacionalismos también autoritarios: la derecha radical y la derecha autoritaria conservadora.

Siguiendo las palabras del autor, a grandes rasgos, la derecha autoritaria era más moderada y conservadora que los fascismos, mientras que la derecha radical no solo era más moderada y conservadora, sino también más derechista; aunque en relación a determinadas cuestiones como violencia, autoritarismo, militarismo e imperialismo llegara a ser tan extremista como ellos. Esta distinción, que es aplicada a cuestiones como el hombre nuevo, la cultura y filosofía, la movilización de masas, desarrollo económico, etc., es una forma muy acertada de delimitar el campo de actuación de cada una de las doctrinas para evitar su confusión. Quizá uno de los ámbitos más importantes en los que más se distanciaban estos tres sectores era el referido a la política social, siendo el carácter modernizador del fascismo el factor clave de diferenciación: este quería revolucionar las relaciones y condiciones de clase, mientras que las derechas radical y autoritaria preferían procurar la continuación y mínima modificación posible de las mismas. En este mismo sentido, podría hacerse una analogía con lo defendido por el marxismo en su tesis de la lucha de clases: el fascismo sería ese proletariado deseoso de cambiar el orden social existente, tomar el poder, instaurar una dictadura, y desde ahí poner en marcha su programa; mientras que las derechas, más reaccionarias, serían la burguesía interesada en no revolucionar el statu quo social si no es para consolidarse y maximizar su poder.

En todo caso, estas tres formas de nacionalismo autoritario tienen unos orígenes comunes, entre los cuales llaman realmente la atención los movimientos y doctrinas encontrados en la Francia del siglo XIX y XX, esa Francia imperialista, nacionalista y revanchista que se contrapone con la Francia ilustrada, absolutista y próspera de la Edad Moderna. Una primera fuente de nacionalismo autoritario lo constituye la Action Française: movimiento que tuvo como principal precursor a Charles Maurras y que se fundamentaba en un nuevo concepto de nación basado sobre todo en la exaltación de la monarquía como sistema político. Su manera de cultivar el estilo y estética, su uso del antisemitismo, así como la posesión de su propio grupo de acción callejera (los Camelots du Roi), hacen que Action Française sea considerada en numerosas ocasiones como un movimiento prefascista. Sin embargo, lo cierto es que Action Française se acerca más a los sectores de la derecha radical que a los sectores fascistas, como así lo demuestra su escaso carácter modernizador, su desinterés en convertirse en un partido político organizado o su falta de aspiración a crear una milicia del movimiento. Así, la influencia de Action Française se encuentra en mayor medida, como ya he citado anteriormente, en grupos derechistas radicales como los carlistas o Renovación Española en nuestro país, o la Unión del Pueblo Ruso en Rusia, quienes crearon las escuadras violentas de las Centurias Negras, inspirándose en el modelo de los Camelots du Roi.
Logo actual de Action Française.
Otro de focos principales de nacionalismo autoritario encontrado en Francia es el Segundo Imperio de Luis Napoleón (1851-1870), el cual ha sido también calificado en la mayoría de las ocasiones como un primer fascismo. Sin embargo, el bonapartismo, al igual que lo ocurrido con Action Française, se identifica mayormente con los sistemas derechistas que aparecieron en el periodo de entreguerras que con el fascismo. Quizá la vinculación más directa con el fascismo que podemos encontrar en Francia es el nacionalsocialismo de Maurice Barrès, defensor de un antisemitismo racista, el culto a los héroes y el caudillaje carismático; a pesar de que luego, al no encontrar un amplio apoyo, diera un giro hacia formas más derechistas y tradicionalistas.

No obstante, lo más llamativo de comentar no sean quizás sus características, su comparación con otras doctrinas o sus orígenes, sino los movimientos y regímenes propiamente fascistas que se han sucedido a lo largo del tiempo. Así, Payne nos describe de manera exhaustiva el fascismo italiano y nacionalsocialismo alemán como los modelos más conocidos de fascismo, o al menos que han tenido una mayor influencia y determinación en la Historia, además de otros casos concretos que, si bien no son tan conocidos, despiertan cierta curiosidad en el lector.

Comenzando por el fascismo italiano, lo que posiblemente llama más la atención y disloca completamente nuestro pensamiento acerca de esta corriente, es su primer programa político presentado, el cual estaba basado en el perfil transformador de la ideología futurista y que reivindicaba, entre otros aspectos, la instalación de una república, descentralización del poder ejecutivo, terminación del servicio militar obligatorio, desarme general, cierre de las fábricas de armas, confiscación de tierras para el cultivo en sociedad de los campesinos sin tierras, abolición de la diplomacia secreta y una nueva política basada en la solidaridad de todos los pueblos dentro de una federación general de naciones. Está claro que estos planteamientos no son ni mucho menos los que luego defenderían Mussolini y los suyos en periodos posteriores, lo que nos lleva a cuestionarnos en primer lugar, en qué momento el fascismo dejó de ser, como vemos, una corriente democrática y semisocialista para convertirse en un movimiento violento, autoritario e imperialista; y en segundo lugar, lo diferente que hubiera sido lo acontecido en el periodo de entreguerras de haber conservado el fascismo italiano estas ideas iniciales.

La Marcha sobre Roma (27-29 de octubre de 1922) marcó el inicio del régimen de Mussolini.
Lo mismo ocurre con el nacionalsocialismo alemán, defensor en un primer momento de un colectivismo parcial contra la gran empresa, el latifundio, las grandes instituciones financieras y las grandes sociedades anónimas e industrias; muy diferente a lo aplicado posteriormente una vez que estuvieron en el poder: una economía capitalista basada en el régimen de propiedad privada en la que la tierra permaneció en manos de los grandes propietarios y las condiciones de trabajo de los campesinos no mejoraron sensiblemente.

Todas estas ideas recuerdan a lo acaecido en Rusia con el comunismo, cuyo programa íntegramente marxista tampoco llegó apenas a ponerse en marcha. Podemos deducir, pues, que todos los grandes movimientos revolucionarios tienen en común un proyecto ideológico inicial demagógico, y un plan de acción posterior mucho más práctico y acorde a las necesidades del momento.

Por otro lado, además de estas semejanzas, merece la pena comentar también algunas diferencias relacionados en su mayor medida con los aspectos estructurales de sus sistemas políticos. Así, encontramos en primer lugar que el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán tuvo una importancia y papel mucho más importante que el Partido Nacional Fascista italiano. El primero consiguió penetrar las funciones del Estado y convertir este en un instrumento burocrático a su servicio, mientras que el segundo quedó reducido a una influencia muy limitada, siendo él el instrumento al servicio del Estado.

En segundo lugar, otra de las diferencias más significativas entre el nacionalsocialismo alemán y el fascismo italiano estaba relacionada con el antisemitismo y la raza: el primero desarrolló una forma extremada de antisemitismo, llegando a practicar la eugenesia basándose en una interpretación biológica del hombre nuevo. Mientras tanto, en el fascismo italiano el antisemitismo estaba ausente, y los judíos llegaron incluso a desempeñar un papel muy significativo dentro del régimen, pues el concepto del hombre nuevo de Mussolini se fundamentaba simplemente en una interpretación cultural y no biológica: el hombre nuevo fascista sería creado a partir de la enseñanza en las escuelas y no mediante el genocidio.

Por último, en relación a la política exterior, Hitler trascendió todo objetivo imperialista tradicional alemán defendiendo la búsqueda de un espacio vital o lebensraum y que le llevaría finalmente a emprender una guerra europea. Por su parte, Italia no era más que partidaria de continuar con una política imperialista deseosa de ampliar sus dominios coloniales por el Mediterráneo. 

El proyecto de expansión de los territorios del III Reich fue uno de los puntos clave de la política exterior de Hitler.
En definitiva, se puede concluir que a grandes rasgos, el régimen italiano de Mussolini fue menos extremista que el Führerstaat hitleriano. Lo sorprendente y paradójico en este punto es el hecho de que no sea entre los movimientos calificados de típicamente fascistas donde se encuentran los más significativos parecidos que puedan incluirse en una tipología general del fascismo, sino que haya que recurrir a otras doctrinas que aparentemente no tienen nada que ver con el fascismo, como es el comunismo, para encontrar un mayor número de rasgos comunes. De esta manera descubrimos que, concretamente, el nacionalsocialismo alemán, no dista tanto del comunismo soviético como algunos puedan creer. Doctrinas revolucionarias de lucha constantes, un elitismo rígido y el principio de la jefatura, la adopción de la teoría de naciones desposeídas y proletarias, la construcción de una dictadura unipartidista, la importancia de la autarquía y militarización, así como la proyección internacional de un nuevo mito ideológico, son solo algunos de los rasgos que compartían estas dos doctrinas y que demuestran realmente la complejidad que supone delimitar y definir un fascismo genérico al diluirse sus principios con los de otras corrientes ajenas al propio fascismo.

Pero además de Italia y Alemania, también se han llegado a desarrollar algunos movimientos fascistas en otros países como Austria, Rumanía, Hungría o Checoslovaquia, aunque apenas llegaron a tener un peso importante, quedando reducidos a meras anécdotas y experimentos fallidos. Despierta curiosidad el caso de España, donde encontramos dos movimientos que pueden ser calificados de fascistas: uno liderado por Ramiro Ledesma Ramos, las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS), y otro representado por José Antonio Primo de Rivera, la Falange Española; grupos que finalmente se fusionarían bajo el liderazgo de este último para dar lugar en 1934 a la Falange Española de las JONS. Sin embargo, su vida no se extendería más allá de 1937, cuando el general Francisco Franco decretó su unificación con los carlistas en busca de una organización que le permitiera hacerse con el poder político y garantizar su estadía una vez terminada la guerra civil. Así nació la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, quedando entonces el fascismo imbuido por la estructura derechista, católica y semipluralista del régimen franquista.

José Antonio Primo de Rivera (1903-1936), fundador de Falange Española.
Así mismo, cabe resaltar que el fascismo ha sido un fenómeno exclusivamente europeo. A pesar de encontrar nacionalismos autoritarios en Japón o América Latina, estos nunca adquirieron la forma extrema y revolucionaria de nacionalismo que representaron los fascismos europeos. 

Otro de los aspectos que contribuye a la difusa definición de los movimientos fascistas es la disparidad de teorías que han elaborado numerosos analistas políticos en aras de darle una explicación a este fenómeno, centrándose cada uno en factores o rasgos muy disímiles entre sí, de manera que tan pronto encontramos al fascismo entendido como agente del capitalismo, la gran empresa, el capital financiero, la burguesía; que como equivalente contemporáneo del bonapartismo, como expresión de resistencia a la modernización, como simple manifestación del totalitarismo en general o como combinación de represión sexual e impulsos compensatorios y agresivos sadomasoquistas. Todas estas teorías permiten al lector reflexionar acerca de lo que más pueda acercarse a una aclaración más o menos justa y coherente. Personalmente, de todas las teorías expuestas, apruebo dos como las más precisas y acordes desde mi punto de vista: la del fascismo como un derrumbamiento cultural y moral de los valores europeos desde finales del siglo XIX; y la negación de que se pueda definir un fenómeno tan general como el fascismo genérico.

En primer lugar, parece claro que las condiciones que marcaron el periodo de entreguerras han sido determinantes en el auge de estos regímenes y movimientos. El término de la Primera Guerra Mundial contribuyó a suscitar un malestar general enorme: las cláusulas de la Conferencia de Paz fueron consideradas por los países perdedores e insatisfechos como una humillación, lo que les llevó a creer en la necesidad de un expansionismo que les otorgara un lugar adecuado a su impulso vital. A ello se unen las graves consecuencias socioeconómicas de la Gran Depresión: el desempleo, la carestía, el desorden e inseguridad económicos… Esta situación hizo ver en las ideas de Hitler y Mussolini las milagrosas soluciones que traerían la estabilidad y firmeza social demandada. En segundo lugar, como he podido dar cuenta a lo largo de este comentario, cada uno de los fascismos tiene unas peculiaridades tan importantes que no resultaría correcto ubicarlos dentro de una misma categoría, sino que sería mucho más exacto distinguir cada uno de ellos sin necesidad de evocar una posible tipología común.

Las duras condiciones impuestas a Alemania en el Tratado de Versalles propiciaron el triunfo del Partido Nazi.
Pero además de las múltiples teorías y rasgos que interrumpen la búsqueda de un fascismo genérico, habría que añadir el propio uso del término fascista que se ha hecho a lo largo de la Historia, siendo aplicado a innumerables movimientos, derivando así en un concepto vago, impreciso o equívoco, prácticamente un simple insulto frecuentado para censurar una forma de pensamiento opuesta a la que consideramos correcta. Como ejemplo de esta degradación del término fascista vuelve a entrar en juego el comunismo, que desde antes del ascenso de Mussolini al poder y hasta la disolución de la URSS ha aplicado este concepto a todos aquellos sectores cuyo denominador común era simplemente no ser comunista, librándose solo aquellas doctrinas con las que pudieran forjar una posible alianza en favor de alcanzar sus propios intereses.

Pero el comunismo no es el único que ha jugado a definir fascismos. En la actualidad, incluso, se encuentran opiniones diversas que ven en el auge de fuerzas de extrema derecha un resurgir de este fenómeno. Considero en este punto hacer varias anotaciones.

Según nos lo presenta Payne, la extrema derecha y el fascismo, aunque puedan presentar ciertas características comunes, no deben confundirse. Además, en su opinión, los fascismos fueron un fenómeno exclusivo de la Europa de entreguerras, ya que a partir de 1945 se disiparon las pretensiones imperialistas, se erosionaron las bases culturales del fascismo, se empezaron a aceptar y difundir los conceptos de igualdad social y racial, el término general de autoridad entró en crisis, se aceleró el proceso de atomización de la sociedad… De manera que no es posible un retorno del fascismo como tal. Por lo tanto, ¿resulta correcto tildar de fascista a grupos políticos como por ejemplo el Frente Nacional francés de Marine Le Pen? Un breve y pequeño análisis basándonos en su programa político y comparándolo tanto con el fascismo italiano como con el nacionalsocialismo alemán quizás pueda sacarnos de duda.

Marine Le Pen, presidenta del Frente Nacional.
Uno de los ámbitos más controvertidos y que le lleva a ser comparado con las ideologías de Hitler o Mussolini es el de la inmigración. En este aspecto, el partido de Le Pen propone la reducción de la inmigración legal, el establecimiento de mayores controles fronterizos o la eliminación de la doble nacionalidad para los no europeos. Estas medidas podrían recordar a simple vista a las acciones racistas del régimen nazi. Sin embargo, el programa de Le Pen no aboga por el genocidio, ni mucho menos por la creación de un hombre o raza nueva. Si lo comparamos, por otra parte, con el programa de Mussolini, encontramos que este en sus inicios no incluía ninguna ley racial. No fue hasta 17 años después de su ascenso al poder cuando se decretaron una serie de leyes raciales contra los judíos que incluían, entre otros aspectos, la prohibición de judíos a entrar en Italia o la retirada de la ciudadanía italiana concedida a judíos. Pero este programa fue expuesto ya en 1938, en los últimos años del régimen y por influencia del nacionalsocialismo alemán, de manera que no pueden considerarse realmente significativas. Por lo tanto, en este punto, el programa del Frente Nacional sería simplemente un conjunto de ideas reaccionarias, intolerables, miserables y despreciables, pero sin llegar a traspasar la barrera del fascismo, o mejor dicho, del nacionalsocialismo.

Otro de los aspectos que permiten la comparación es el nacionalismo. Le Pen aboga por un apoyo continuo al francés como lengua internacional contra la creciente ubicuidad del inglés. Este carácter entusiasta de exaltación de la nación en términos culturales sí que se asemeja en mayor medida esta vez, al régimen fascista italiano, el cual se sostenía sobre un mismo concepto de nacionalismo cultural, frente al nacionalismo racial de Hitler. Sin embargo, este nacionalismo no supone en el caso francés un deseo imperialista, un afán por ampliar sus dominios y hegemonía; lo que es muy diferente tanto del proyecto colonial de Mussolini como del espacio vital de Hitler.

Pero estas no son las únicas diferencias: mientras el fascismo y nacionalsocialismo aspiraban a crear un régimen de partido único en el que el Estado quedara subordinado al partido (lo que resultó mucho más efectivo, como ya hemos visto, en el caso alemán que en el italiano), el Frente Nacional francés no parece ambicionar la construcción de un Estado específicamente totalitario, sino que se mantiene en el ámbito de participación de los procesos democráticos, el respeto a estos, y la tolerancia de la existencia de otros partidos políticos en la oposición –o al menos hasta el momento-.

Tampoco hacen una evaluación positiva de la violencia física ni muestran una disposición al uso de esta (a excepción de la defensa del restablecimiento de la pena de muerte), así como tampoco resaltan los principios viriles y de dominación masculina o enfatizan la estructura estética, los símbolos, los uniformes, los desfiles, etc., como sí lo hicieron la Alemania e Italia de entreguerras.

Por lo tanto, podemos concluir en base a esta breve observación que resulta erróneo calificar a partidos como el Frente Nacional Francés de típicamente fascista, siendo este únicamente un partido de extrema derecha que comparte algunas de las características clave con lo representado por Hitler y Mussolini. Entre estas características se encuentran el principio de jefatura carismática (con los impetuosos discursos que apelan a la nación y que encuentran gran éxito y aceptación entre los jóvenes), la búsqueda de una ideología etnicista, una economía política intervencionista y que aspira a la autarquía, y el establecimiento de un sistema estatal autoritario y de control social (Le Pen propone dotar a la policía de defensa legítima cuando usen sus armas de fuego o la fuerza contra los sospechosos, duplicar el número de policías en los escuadrones antidelincuencia o dotar a la policía de mayores medios y poderes para realizar escuchas telefónicas y seguimientos en internet); medidas en las que, si bien puede apreciarse la clara influencia del fascismo, no deben, sin embargo, hacernos caer en la equivocación de confundir ambos movimientos.

Para cerrar mi argumentación diré que El Fascismo es un libro revelador y sorprendente. Con una estructura deductiva, un razonamiento lógico y un lenguaje preciso, Stanley G. Payne nos cautiva e impresiona a cada paso en la lectura al enseñarnos una infinidad de rasgos, peculiaridades y hechos desconocidos –al menos para mí- acerca del fascismo. Con una magnífica documentación, se nos descubre un fenómeno imprevisto, sorpresivo y todavía incomprensible en todo su esplendor, pero sin cuya existencia está claro que tanto la Historia como la Ciencia Política hubieran sido muy diferentes. La violencia, el dominio y el caudillaje han marcado la historia más reciente de Europa, su influencia persiste incluso en la actualidad y presenta expectativas de seguir estándolo seguramente en el futuro. El fascismo recorre nuestro tiempo. Difícil es olvidar el dolor, la pena, la represión, los millones de vidas perdidas como resultado de la expansión de un puñado de ideas feroces y sangrientas. Desde luego, en este sentido la peor arma que puede emplear un ser humano no es la artillería, sino el pensamiento. En nuestras manos está frenar ese envilecimiento. Seamos sensatos, seamos justos: el raciocinio humano no se encuentra para destruirnos los unos a los otros, para aniquilarnos. Se encuentra para construir puentes, estrechar lazos e intentar en todo momento hacer siempre de este mundo algo mejor que el anterior.



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