ES TODO MENTIRA - Canal Hablamos

NUEVO

07 abril 2017

ES TODO MENTIRA


Esta mañana, la cadena SER publica un nuevo informe, basado en un USB incautado al que fuera gerente del PP de Madrid, en el que por lo visto se demuestra que Rajoy –ese señor que preside el Gobierno– en 2008 y Aguirre en 2007 y 2011 concurrieron a las elecciones de esos años incluso doblando el presupuesto autorizado para campañas por el Tribunal de Cuentas. Uno de los periodistas comentaba que a los ciclistas que pedaleaban por Francia dopados hasta las cejas se les retiraron sus podios, sus medallas y sus triunfos. Es ciertamente complicado volver a 2008 para quitarle a Rajoy sus escaños –por cierto, que ni con trampas ganó– y más complicado aún exigirle a Aguirre ocho años de Presidencia ganada con dinero negro.  

Por supuesto, a nadie le importa. Dice el CIS que la corrupción es el segundo problema de los españoles sólo por detrás de un paro desproporcionado que hipoteca el futuro de todos, pero es mentira. Es todo mentira.

Si nos importara la corrupción, si nos importara lo más mínimo, haría mucho tiempo que España sería muy diferente. No estoy hablando de que Podemos gane unas elecciones –¿yo también debería votarles? No–  sino de pedir responsabilidades. Una de las palabras más prostituidas de nuestro sistema político, por cierto, después de independencia judicial o autonomía universitaria.

Este último mes he terminado Against Democracy, un libro de Jason Brennan, profesor de ética política y políticas públicas de Georgetown. El libro tiene varios puntos débiles, pero es el fruto evidente del mosqueo inevitable que se produce después de estudiar durante muchos años los fracasos políticos que se producen en democracia. El argumento principal parte de una realidad contrastada: la inmensa mayoría de votantes no están lo suficientemente informados como para tomar las mejores decisiones. Y de esa inmensa mayoría, una parte importante está voluntariamente desinformada e incluso manifiesta su rechazo a informarse para tomar decisiones políticas de forma responsable. La conclusión es que es injusto someter a toda la sociedad a decisiones tomadas por un electorado incompetente y/o desinformado, e imponer decisiones equivocadas a esa minoría que sí se informa y trata de asumir sus responsabilidades.

Por supuesto, el libro falla en sus propuestas. La epistocracia que propone Brennan –que sólo puedan votar quienes sean capaces, o que el voto de los capaces valga más que el de los inútiles– es injusta por definición. No se trata de castigar al que no sabe, sino de enseñarle que tiene que saber, y darle las herramientas para saber. Darle juicio. Darle, en definitiva, responsabilidad.

Nuestro problema es que tenemos un rechazo patológico a asumir responsabilidades. La cultura política de España –y de otros países, pero eso no viene al caso– invita al español medio a evitar cualquier cosa que ponga sobre sus hombros el peso de una decisión, incluso de la más irrelevante. Da igual el campo. Da igual la forma. Lo mismo elude su responsabilidad el cartero que por no corregir un error devuelve la carta en lugar de entregarla al vecino correcto, que el funcionario que envía al ciudadano a otro edificio cuando tiene un escáner y un ordenador con correo electrónico delante. Lo mismo elude su responsabilidad el ciudadano que no vota, que el que vota lo mismo sólo por no cargar sobre su conciencia el peso de haber cambiado algo.

Lo mismo elude su responsabilidad el ciudadano que suspira resignado cuando su Presidente autonómico dimite por corrupción, que el votante que se da por satisfecho cuando ese Presidente dimitido sigue liderando un partido y ocupando un escaño. Lo mismo elude su responsabilidad el que permanece impertérrito ante la corrupción generalizada de un partido, sea su votante o su presidente.

Por eso digo que es todo mentira. Si fuera cierto que nos importa, nos preocupa y nos indigna la corrupción, las direcciones de correo y los teléfonos de nuestros políticos, elegidos por nosotros y con nuestros votos, echarían humo. Pero ninguna lo hace, y no, queridos conciudadanos, no son secretas: están en todas las web de todos los organismos. El trabajo de localizar al diputado corrupto al que voté y mandar un correo electrónico o una carta pidiéndole, como votante, que se vaya, es una responsabilidad que ni una miserable parte de la población está dispuesta a asumir.

¿Me van a decir que les indigna la corrupción? Por favor. Pero si hasta les votan otra vez.

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