“EL CONCIERTO DE SAN OVIDIO”: LA MEJOR ANALOGÍA DE LA CEGUERA SOCIAL - Canal Hablamos

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12 abril 2018

“EL CONCIERTO DE SAN OVIDIO”: LA MEJOR ANALOGÍA DE LA CEGUERA SOCIAL



Podrán pasar los siglos y seguirán existiendo males endémicos que lastran a la sociedad en su conjunto con independencia del lugar donde nos encontremos. Afortunadamente, la mentalidad de los individuos va cambiando y permite aminorar los conflictos bélicos, la lucha de clases o el desprecio por el oprimido. Pero no significa la desaparición de dichos problemas. Podemos juntar todas estas ignominias en la categoría de “ceguera social”. De esto último, precisamente, nos habla esta obra. Si quieren asistir a un retrato de la sociedad dieciochesca, y encontrar similitudes con la actual, deben visitar el Teatro María Guerrero.

No descubro nada si afirmo que Antonio Buero Vallejo es uno de los mejores dramaturgos de la literatura dramática española, cuyas obras nunca pasan de moda. En esta ocasión, gracias a la dirección de Mario Gas, viajamos a la Francia de 1771, más concretamente al hospicio de los Quince Veintes en París. Allí viven un grupo de seis mendigos unidos por la ceguera y el amor a la música. Con motivo de las fiestas de San Ovidio, Valindin (José Luís Alcobendas) un negociante con traje de filantrópico, acude al convento parisino y consigue el beneplácito de la priora para que, a cambio de doscientas libras, los pobres ciegos pasen a su propiedad y toquen en las fiestas populares. El grupo de los seis mendigos sufrirá el escarnio de parte de la sociedad, por su música y sus atuendos, pero contará con la ayuda de quienes se resisten a seguir por el sendero de la injusticia.


Ya sea en Historia de una escalera, en Un soñador para un pueblo o en muchas otras de sus obras, Buero Vallejo hace una denuncia de las injusticias humanas (drama social) y centra sus historias en grupos marginados de la sociedad. Este dramaturgo reviste sus textos de realismo y costumbrismo y los presenta en formas de parábola. En El Concierto de San Ovidio sitúa el tema social en un plano que hasta ese momento no había abordado explícitamente: el de la lucha de clases. El sujeto de esta narración es la colectividad, personificada en la figura de los ciegos, para denunciar la opresión del fuerte sobre el débil.  De todos estos leitmotivs están impregnados la obra dirigida por Mario Gas.

Para cualquier director teatral ponerse al frente de una obra clásica, como esta, entraña una gran responsabilidad; por ello, Mario Gas lo aborda con “Respeto y audacia a un tiempo”. La actividad y experiencia profesional de este actor y director, con más de una treintena de obras a su cargo, es inmensa, y en esta ocasión, vuelve a realizar un magnífico trabajo. Una de las dificultades de la representación es saber situar sobre el escenario a catorce actores y actrices y lo resuelve con acierto. La duración de la función, más de dos horas, puede convertirse en un hándicap, pero la agilidad de los diálogos, la profundidad de los soliloquios y la puesta en escena permiten que sea soportable por el espectador. Un acierto de Gas y de Jean- Guy Lecat, responsable de la escenografía, es el juego de sombras en un instante esencial del relato. Este y otros detalles son un ejemplo de la inteligencia de este director hispano uruguayo.

En toda representación o relato siempre hay personajes que ocupan un espacio privilegiado, pero el buen hacer del elenco permite una construcción teatral centrada en el todo. Las entradas a escenas, de forma escalonada, del de los ciegos hace que el espectador vaya situando su mirada en cada de uno de ellos y conociendo, así, sus roles particulares. La interpretación de todos es fabulosa y se aprecia el duro trabajo de los actores para bordar el papel de invidentes. Dentro de este grupo, por su importancia en la historia, destaca Alberto Iglesias, en su papel de David. Este curtido actor santanderino imprime a su personaje un carácter hosco y distante con los demás, pero a la vez demuestra su inteligencia y su lucha incansable por alcanzar sus sueños. La mejor descripción la realiza uno de sus compañeros: “Dicen que está loco porque piensa cosas que nadie se atreve a pensar”.


Por otra parte, dentro del grupo de invidentes, destacan: Aleix Peña en su papel de Donato, por ser el más joven del grupo y quién arrastra una falta total de cariño en su infancia que pasará factura al resto de los personajes. Gilberto, interpretado por Lander Iglesias, es el más inocente e infantil y el responsable de los momentos más tiernos de la obra, o el conocido actor Javivi Gil Valle en su papel como Nazario que aporta realismo y pragmatismo por recordar la pobreza y falta de alimento.

Otro de los protagonistas indiscutibles es José Luís Alcobendas como Valindin, un comerciante inmoral y borrachuzo que trata con desprecio y altiveza al resto de personajes y cree sentirse superior por portar un arma: “Todo es posible para quien lleva espada”. Su propia ceguera moral será la que acabe con él mismo. Estas características son interpretadas de forma sensacional por Alcobendas aunque me faltó más dosis de realismo. Valindin mantiene una relación amorosa, basada en el patriarcado y la dominación económica, con Adriana (Lucia Barrado), aunque sus ansias por liberarse de estas ataduras son el mejor ejemplo de la lucha feminista a finales del siglo XVIII.

En esta representación se intercala, con acierto, la actuación sobre las tablas con otra en forma de video. Cada vez más obras van incluyendo el recurso de la videoescena, en esta ocasión sensacional; gracias al cual, permite introducir un personaje esencial en el imaginario colectivo y dotar a la obra de actualidad. Haüy, interpretado por Carlos García, es quien rompe la espiral del silencio impuesta por Valindin en su local, La Barraca, y denuncia el deplorable espectáculo. Haüy representa al espectador actual, a nosotros, en contraposición al público de la época y de forma sibilina es la persona que imprime el carácter moralizante a esta gran obra.


Los recursos escénicos son adecuados y recrean a la perfección los distintos lugares por los que transcurre la acción: convento, hogar de Valindin y su local. La idea de un decorado móvil a doble altura, en algunas escenas, es un acierto dadas las dimensiones del teatro. Otra de las virtudes de la obra es el vestuario de época, el gran olvidado de las representaciones teatrales.


En El concierto de San Ovidio viajarás al París del sigo XVIII para asistir a un excéntrico recital con una grandiosa enseñanza moral

Autor: Antonio Buero Vallejo
Director: Mario Gas
Reparto: José Luis Alcobendas, Lucía Barrado, Jesús Berenguer, Mariana Cordero, Pablo Duque, Nuria García Ruiz, Javivi Gil Valle, José Hervás, Alberto Iglesias, Lander Iglesias, Ricardo Moya, Aleix Peña, Agus Ruiz y Germán Torres
Funciones: hasta el 20 de mayo
Lugar: Teatro María Guerrero (Calle de Tamayo y Baus, 4, 28004 Madrid)

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