CINCO HORAS CON MARIO: TODA UNA VIDA CON LOLA HERRERA - Canal Hablamos

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20 septiembre 2018

CINCO HORAS CON MARIO: TODA UNA VIDA CON LOLA HERRERA



Los críticos empleamos la fórmula de “La magia del teatro” para referirnos al conjunto de sensaciones y emociones desprendidas de una representación. A la habilidad de un director de crear una historia y conectar con el público o al don de un actor o actriz  de recitar un texto y cuya actuación quede impregnada para siempre en la retina. Cinco horas con Mario no solo cumple con todas estas características si no que las traspasa y pasan a ser acepciones propias de la historia del teatro. La última oportunidad de ser partícipes de esta magia se la brinda el Teatro Bellas Artes.

Para entender la historia reciente de España puede estudiarse a Miguel Delibes. Quien fuera director de El Norte de Castilla dijo a propósito de su novela que no es una obra política pero sí está muy dentro del contexto político español. Para comprender la literatura del Siglo XX, y más concretamente el género de la novela realista y experimental, también es necesario leer al quien fuera miembro de la Real Academia Española; bueno, en realidad, siempre es necesario leer los libros y columnas de uno de los mejores literatos contemporáneos españoles. En Cinco Horas con Mario Delibes nos sitúa en Marzo de 1966. Carmen Sotillo (Lola Herrera) acaba de perder a su marido Mario de forma inesperada. Una vez que las visitas y la familia se han retirado, pide velar sola durante la última noche el cadáver de su esposo e inicia con él un monólogo–diálogo donde descubrimos, y formamos parte, de cómo se hicieron novios, cómo acabaron casándose u otros recuerdos íntimos de sus respectivas vidas.

La mejor forma de definir esta obra teatral es la del monólogo dramático, de hecho, como apuntaba en el primer párrafo este género no tendría sentido en España sin esta representación. El monólogo, al contrario que el soliloquio, empieza súbitamente, y sumerge al lector en una crisis de la que nada sabe, y de la que probablemente nunca llegará a saberlo todo. El personaje de Carmen Sotillo es el encargado de situar al espectador en la España provinciana y de dibujar las preocupaciones económicas, religiosas, políticas, sexuales y morales de la época. De una forma más individualizada, también retrata los problemas de la falta de comunicación en el matrimonio, el papel de la mujer, al que más tarde me referiré, o el conflicto de las "dos Españas". En definitiva, una radiografía de una época pasada aunque algunos de los problemas aún sigan siendo endémicos en la sociedad actual.


Josefina Molina, pionera en España del cine rodado por mujeres y con un Goya de Honor en el 2011, es la encargada de dirigir esta obra –estrenada por primera vez el 26 de noviembre de 1979 en el Teatro Marquina de Madrid– y de adaptarla junto al productor José Sámano y el mismo Miguel Delibes. Dada la experiencia de Molina como  guionista, realizadora de televisión, novelista y directora de cine y televisión llevar a los escenarios esta obra es un regalo de doble dirección: para ella como reto profesional y para los espectadores como disfrute. Me gustaría destacar la bella reflexión de Molina sobre esta primera obra de Delibes llevada a escena: “para mí, es como una divertida sesión de psicoanálisis en la que el psiquiatra es el propio espectador. Él va a diagnosticar”, sentencia.

Debe ser fácil estar al frente de la dirección artística teniendo como protagonista a una maestra de la interpretación pero no podemos quitar mérito a la labor de Molina, quien marca las posiciones de Lola Herrera sobre el escenario y no solo ha ayudado a sacar lo mejor de ella, si no que lo ha potenciado y mantenido durante décadas. En relación a la adaptación teatral, no queda claro cuando la protagonista lee los pasajes de la biblia que le sirven como punto de partida a sus pensamientos, aspecto muy significativo en los veintisiete capítulos de la novela.  

En otras representaciones resulta complicado entrever qué aporta la actriz a su papel o viceversa. En Cinco horas con Mario no hay duda. Actriz y protagonista, Lola y Carmen, son una. Herrera, participante en casi medio centenar de obras teatrales, define a su personaje como “una amiga nacida de un parto” que le ha abierto las puertas de su vida, antes cerradas, y que le ayudado a traspasarlas. Pocas actrices pueden expresar en tan pocas palabras la relación con su papel. La elección personal de Delibes no pudo ser más acertada y, de hecho, él mismo afirmó “a Lola Herrera la haría eterna para que siempre representara esta obra”.



Herrera, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, consigue mediante el monólogo dramático presentarnos a dos personajes: María del Carmen Sotillo y su marido Mario Díez Collado. Menchu, como ella se define cariñosamente, es un arquetipo de la mujer de los últimos años del franquismo: de clase media con aspiraciones, sin ningún posible lujo y con una vida monótona y provinciana. De ello se deriva su moral católica, reaccionaria y reacia a nuevos cambios. La visión de  Carmen sobre los hijos, la educación, el servicio doméstico y los negros era un lenguaje y unas preocupaciones, una forma de ver la vida, instalada en la calle. Por el contrario, Mario era catedrático de Instituto, escritor ocasional y periodista. Un idealista intelectual lacónico sin demasiado brillo ni aspiraciones, cristiano progresista y amante de las tertulias literarias. Esa confrontación de mentalidades es una de las esencias de la representación.

Queda palpable los deseos de Carmen por alcanzar un reconocimiento y estatus social e imprimir de energía y vitalidad a una vida triste. De ahí, probablemente, nazca la fuerza de Lola Herrera y de su torrente interpretativo. La dificultad del género monologal dramático reside por un lado, en no cansar al espectador y a su vez, que este mantenga la atención del relato. Herrera es una maestra en ambas corrientes y deleita con inflexiones de voz, con movimientos suaves y medidos por el escenario y con cambios de estado de ánimo en cuestión de segundos.

Desde el comienzo, estaba expectante por saber más sobre la historia de ambos protagonistas y en ningún momento tuve la sensación de cansancio o evasión. Otra de las bellezas de la representación, y característica intrínseca al monólogo dramático es el desorden temporal, en contraposición al relato estructurado. La protagonista va dando voz a sus pensamientos en forma de  anécdotas y vivencias, como si de una confesión se tratara, con el objetivo de conseguir el beneplácito del difunto. Es hermoso ver, en ese ejercicio de recuerdo, duda e introspección, los cambios de gestualidad de Herrera y su realismo sobre las tablas sin ápice de exageración. 


Cuando nos sumergimos en la obra de Delibes, da la impresión de estar viendo aquello que leemos. Pues esa sensación, elevada a la enésima potencia, ocurre en la representación. El lenguaje, como suele ser habitual en las obras del escritor, está cargado de términos castizos, familiares, chascarrillos y refranes populares. Estas expresiones no son graciosas de por sí, y menos en el contexto de un velatorio, pero Herrera consigue sacar una sonrisa sonora al espectador, quien interpreta el rol de un jurado virtual, por su maestría sobre el escenario y, por qué no, por la sangre pucelana compartida entre actriz y escritor.

La construcción escenográfica, como no podía ser de otro modo, recrea los antiguos velatorios familiares. Sobre el escenario de fondo negro solo encontramos una máquina de escribir sobre un escritorio de madera y asientos perfectamente tapizados. Un espacio propicio para la reflexión ayudado por un diseño de iluminación, a cargo Manuel Maldonado, en penumbra y rematado por una atmósfera íntima y silenciosa; solo alterada por el aplauso cerrado, largo y estruendoso de los asistentes. En definitiva, si Delibes volviera a la vida, seguiría disfrutando de su legado.


Cinco horas con Mario es la última oportunidad de ver a Lola Herrera sobre los escenarios narrando la vida de Carmen y haciendo inmortal el legado Miguel Delibes


Autor: Miguel Delibes Setién
Adaptadores: Miguel Delibes, Josefina Molina y José Sámano
Directora: Josefina Molino
Reparto: Lola Herrera
Lugar: Teatro Bellas Artes (Calle del Marqués de Casa Riera, 2, 28014 Madrid)

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