EL PUEBLO DE LOS MELLADOS: LA PALABRA SE HIZO HOMBRE Y SE LLAMÓ FÉLIX ALBO - Canal Hablamos

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02 septiembre 2018

EL PUEBLO DE LOS MELLADOS: LA PALABRA SE HIZO HOMBRE Y SE LLAMÓ FÉLIX ALBO



A lo largo de los siglos la palabra ha sido considerada como el mayor núcleo de significado dentro de una lengua y el mejor método para conocer su cultura. Si desean descubrir un mistérico relato cómico novelado sobre los usos y costumbres de un peculiar pueblo pueden visitar los Teatros Luchana.

El grueso de las obras de la cartelera teatral actual son comedias de enredos o dramáticas y algún musical. Cada espectáculo tiene su particular seña de identidad y un motivo diferente y único para verlo. A veces es necesario alejarse de carteles luminosos y de música  psicodélica y asistir a obras donde su protagonista y el espectador estén en igualdad de condiciones. Las grandes construcciones escenográficas, los ricos ornamentos y decorados lujosos están muy bien, pero en ocasiones solo es necesaria una historia para captar toda nuestra atención, y este es precisamente el eje central del Pueblo de los Mellados.

El multifacético escritor y narrador Félix Albo nos invita a adentrarnos en un pequeño municipio de 23 habitantes. La vida rural suele transcurrir sin grandes sobresaltos, pero en este pueblo se han producido cuatro muertes inexplicables y sin un móvil aparente. Todo parece indicar que se trata de un asesino en serie y por ello, Paco, el Guardia Civil autóctono, junto a un alto rango y dos agentes en prácticas venidos de la capital comienzan una investigación que altera más aún la vida de los lugareños. Sospechosos los hay, tantos como habitantes tiene el pueblo, empezando por Pastor, el dentista, hasta el mismo santo del lugar. También un panadero, un campanero, un pescadero y un enterrador, pero estos son los muertos, no lo sospechosos.


Como pueden observar estamos ante un relato ficcional altamente original y que consigue mantener a los asistentes atónitos durante setenta minutos. Un torrente casi compulsivo de situaciones con un envoltorio surrealista pero con gran carga de verdad en su interior, lo que le hace ser aún más divertido. Antes de comenzar el monólogo, entendido como un discurso de una persona dirigido tanto hacia un solo receptor como hacia varios, Albo –participante en los festivales de narración oral más relevantes tanto a nivel nacional como internacional– propone a los asistentes dos ejercicios de disociación mental para captar su atención y para demostrar, también, la torpeza humana. Como buen valenciano el narrador es entendido en mechas, y parece haber sido encendido por una y hasta que no llega al final de la historia no para de hablar, pero como afirmaba Michael Montaigne “La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha” y el público no deja de hacerlo.

Albo, cuentacuentos itinerante con más de una decena de espectáculos, demuestra una maestría casi innata en el dominio de las palabras y en su significado; por ello deleita a los presentes con términos con doble significado, digresiones y con un amplio abanico de figuras retóricas y literarias como metonimia, metáforas y comparaciones ingeniosas. Por otra parte, demuestra ser un conocedor de la estructura de los relatos, pues si partimos de la primigenia clasificación de introducción, nudo y desenlace, los tiempos de estas tres partes son los correctos para el desarrollo de la acción. En el terreno del humor, el escritor valenciano introduce a la perfección frases cargadas de  ironía y sarcasmo, con chistes elaborados e integrados en la historia, alejados de lo zafio o vulgar.

Su actuación es una muestra de la riqueza léxica del español y de cómo la palabra puede provocar un sinfín de sentimientos y sensaciones. Antes de comenzar el espectáculo, mientras leía la sinopsis en el programa de mano, pensé que el relato –misterioso y cómico en un solo acto y para un solo actor– estaría acompañado de títeres de guantes o guiñoles para abarcar un mayor número de personajes. A medida que fue transcurriendo la representación me di cuenta de que tales recursos no eran necesarios por las exactas y profusas descripciones de personajes y situaciones, acompañadas de una cuidada gestualidad facial y corporal. En algunos instantes daba la sensación de haber más de una persona representando a los personajes.


Los críticos teatrales solemos ceñirnos, por una cuestión de espacio, al espectáculo en sí mismo. En esta ocasión, vale la pena levantar la vista y prestar atención a la ilustración impresa en el programa de mano. Primero porque refleja muy bien a dos de los personajes protagonistas de la historia, pero también porque está diseñada por Emilio Urberuaga, uno de los mejores y más condecorados ilustradores españoles, mundialmente conocido por poner cara a Manolito Gafotas. El diseño minimalista de la recreación del pueblo también está presente en el escenario. Una prueba más de que en el teatro, como en muchas otras artes escénicas, menos es más. Mención especial para la iluminación, a cargo de Marisol López y Ángel Salcedo, por terminar de construir la atmósfera intimista imperante a lo largo de los 70 minutos de actuación.

Volviendo a este relato, cuya secuencia parece estar inspirada en acontecimientos del semanario El Caso, los asistentes podrán conocer el final de esta historia policiaca, y dar sentido al nombre del espectáculo y a los flecos de la narración. Sin embargo, como ocurre en los cuentos o fábulas lo importante es la lección o enseñanza. Una de ellas podría ser amar a la naturaleza y entenderla como una prolongación de nosotros mismos. Otra podría ser mantener las costumbres de los pueblos porque forman parte de las personas que allí viven. Vayan y descubran la suya.


En el Pueblo de los Mellados te adentrarás en una historia cargada de humor e intriga donde la protagonista es la palabra en boca de Félix Albo


Autor y director: Félix Albo
Diseño de luces: Marisol López
Iluminación: Ángel Salcedo
Ilustración del cartel: Emilio Urberuaga
Lugar: Teatros Luchana (Calle de Luchana, 38, 28010 Madrid)

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