VENUS: RECUERDOS ÍNTIMOS DEL PASADO - Canal Hablamos

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15 octubre 2018

VENUS: RECUERDOS ÍNTIMOS DEL PASADO




¿Qué hubiera pasado si…? Alguna vez se habrán formulado esta pregunta de difícil respuesta y, si me lo permiten, de planteamiento absurdo. Lo no dicho o lo no hecho no existe por más que intentemos fustigarnos. Ahora bien, en ocasiones la vida –o nosotros mismos– nos da segundas oportunidades para poder hacer realidad aquello que pudo ser y no fue. Si desean profundizar, evocar y disfrutar sobre el paso del tiempo pueden visitar los Teatros del Canal.

Esta obra nos invita a realizar un viaje a través del encuentro de cinco personajes en una café. En el camino descubriremos momentos del pasado, conversaciones vitales, pensamientos no expresados y deseos exteriorizados con tardanza. Un recorrido desde los años sesenta hasta nuestros días, donde la relación entre los protagonistas irá saliendo a la luz hasta descubrir secretos y sentimientos que permanecían ocultos.

Víctor Conde está, por primera vez en su carrera, al frente del texto y la dirección de la representación y su trabajo es solvente, envolvente y con una gran carga emocional. No soy partidario de adjetivar a los géneros teatrales pero en esta ocasión sí es pertinente hablar de un teatro de sentimientos; o mejor dicho, un teatro donde los sentimientos son los protagonistas y a través de la modulación de los personajes constituyen el hilo conductor de la representación. Conde, director de The Hole 2, Olvida los tambores o Pegados, crea una obra compleja, inteligente, de gran belleza estilística, de componente simbólico y con elementos propios del teatro psicológico como las referencias a lo onírico o los saltos temporales. Por tanto, rompe la fórmula clásica de introducción, nudo y desenlace con buen criterio y pertinencia.

Recomiendo a los espectadores, para un mayor y mejor entendimiento de la obra, no ser precoces a la hora de fabular sobre la relación de los personajes, qué línea temporal seguirán o cómo afrontarán su final; pues la trama, a su debido tiempo, irá despejando estas y otras incógnitas. La dramaturgia de Conde está pensada para disfrutar de la potencia emotiva de los protagonistas y del viaje en el recuerdo a través de su imaginación, rompiendo así, las barreras del espacio y el tiempo. La virtud de este tipo de obra está en la fluidez del texto, en la sucesión continua de escenas y en el ir y venir de sus protagonistas. Ahora bien, puede caer en el error de querer abarcar demasiados sentimientos y abrumar al espectador. En esta ocasión, Conde equilibra dicha balanza aunque, desde mi óptica, en algunos instantes la carga emotiva de las conversaciones se diluye debido a un exceso de ensoñación.


En este tipo de obras, donde lo onírico y sensorial se dan la mano, el ocaso de la representación no coincide con el final del relato. Si hablamos de un teatro psicológico, vanguardista y cuasi existencial es porque el espectador cuando abandona la sala hace una especie de análisis de conciencia e intenta personalizar y dar sentido sobre aquello que ha visto. Como es obvio, cada persona puede extraer algo distinto y personal, en mi caso las reflexiones fueron encaminadas hacia la fugacidad de la vida, la distinta perspectiva con el paso del tiempo y la importancia y necesidad de expresar los sentimientos cuando estos afloran, porque luego puede ser demasiado tarde.

En Venus es imprescindible el modo de interpretación del elenco para materializar los deseos del autor. Como reza un dicho teatral, el director debe pasar de las musas al teatro, es decir, del plano de las ideas al plano de la acción y dar las indicaciones necesarias para el perfecto funcionamiento. Víctor Conde se desdobla de la faceta de dramaturgo y asume la dirección para terminar de dar forma a este genial proyecto. Su trabajo consigue materializar ideas etéreas como el proceso de enamoramiento, y su inversa, o el camino de madurez de sus protagonistas.

La construcción de personalidades e idiosincrasias me recuerda al teatro del dramaturgo noruego Henrik Ibsen y más concretamente a su obra Comedia onírica donde los personajes se multiplican, se evaporan, aparecen y desaparecen, narran sus sentimientos más profundos y van construyendo, sin ellos saberlo, un perfil personal y único. En esta ocasión, vuelve a imperar el componente simbólico de los protagonistas por su relación con la fotografía, la música o la escritura. En el terreno interpretativo, los tres actores y las dos actrices mantienen un nivel alto y, sinceramente, quedé sorprendido de su evolución después de haberlos visto, con anterioridad, en atmósferas teatrales completamente distintas.

Antonio Hortelano interpreta a Jorge, un joven de naturaleza frágil e infantil en forma de espíritu errante y desubicado. La actuación del actor valenciano me recordó al papel de Dustin Hoffman en Rain Main por el realismo imprimido, sus ojos perdidos y su personalidad inocente y cristalina. Detrás de las formas hay frases cargadas de verdad recitadas con solvencia por Hortelano, encargado de comandar el viaje de su vida. Este cúmulo de particularidades propicia algún momento cómico, ideal para rebajar los sentimientos extremos de los demás protagonistas. Ariana Bruguera da vida a Alicia una joven infeliz debido a un sinfín de sentimientos no expresados. Me fascina su proceso de metamorfosis perfectamente interpretado por Bruguera, quien deja el perfil cómico al que nos tenía acostumbrado y brilla en los momentos más dramáticos. No obstante, me hubiera gustado conocer más aspectos de este personaje.


Carlos Serrano- Clark interpreta a Mario, un joven fotógrafo deseoso de triunfar en su profesión. El actor alicantino participante en series televisivas sabe mantener un personaje de apariencia despreocupada e irreflexiva con los demás que deberá quitarse su coraza cuando los sentimientos le desborden. Carlos Gorbe da vida a Miguel, un virtuoso guitarrista amante de la música rock. El perfil beatleniano del actor casa muy bien con la personalidad profunda y reflexiva de su personaje. Gorbe, con más de una veintena de obras a sus espaldas, representa a esa generación de jóvenes soñadores en convertirse algún día en cantante profesional. Él lo consigue y de hecho, así comienza esta representación. A su lado como vocalista le acompaña Paula Muñoz, cuyo nombre coincide con el de su personaje. Esta joven actriz de teatro, cine y televisión aporta dinamismo, frescura y rapidez a la representación, además de algún revulsivo en su papel de preadolescente histérica. Su personaje también nos deja reflexiones profundas acerca de sus inseguridades y miedos. El tándem actor y actriz funciona muy bien en el terreno musical gracias al trabajo conjunto con Marc Álvarez; al igual que el punteo de guitarra de Gorbe como fondo de algunas conversaciones.

La construcción escenográfica, a cargo de Ana Garay, va acorde con el simbolismo y el carácter icónico de la representación. Qué mejor lugar para los encuentros y reencuentros que un bar. Un establecimiento invariable de lámparas circulares, con luz de Juanjo Llorens, de espacios mágicos llenos de recuerdos, como una máquina de discos antigua, un teléfono metálico con soporte de madera o botellines a medio consumir. Los cambios de vestuario indican saltos temporales y ayuda al espectador a terminar de introducirse en esta aventura teatral.

En Venus sentirás la sensación de estar delante de tu libro favorito con la sintonía de tu vida de fondo y con el olor de ese postre tan delicioso mientras disfrutas del buen teatro.

Autor y director: Víctor Conde
Reparto: Ariana Bruguera, Carlos Gorbe, Paula Muñoz, Antonio Hortelano, Carlos Serrano-Clark
Lugar: Teatros del Canal (Calle de Cea Bermúdez, 1, 28003 Madrid)

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