TIZA: UNA FORMA DISTINTA DE VOLVER AL COLE - Canal Hablamos

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19 noviembre 2018

TIZA: UNA FORMA DISTINTA DE VOLVER AL COLE



El objeto que da título a esta obra es, probablemente, uno de los de mayor simbolismo en el mundo de la enseñanza, incluso ahora cuando los encerados parecen transformarse en pizarras táctiles. Si desean coger la tiza y ser testigos de una comedia inteligente sobre la educación en nuestros días deben visitar los Teatros Luchana.

La joven Compañía nos presenta a un matrimonio feliz formado por Candela (Cayetana Oteyza), Juan Carlos (Marcos Orengo) y un hijo pequeño, Roberto Revuelta Romo, apodado cariñosamente como Robertito, que para su pesar tiene problemas en pronunciar la letra “r”. Como los progenitores de cualquier familia estudian diversas opciones para elegir el centro donde el pequeño Roberto, con tres años, comience sus estudios. Un colegio sobresale por encima de los demás y allí ejercen como profesores una experimentada y escéptica maestra, Doña Covadonga (Clara Galán) y un joven idealista recién incorporado al mundo de la docencia, Damián (Álvaro Sotos). Los padres están convencidos de tener un genio en potencia con un prometedor futuro; sin embargo, tras tres años de preescolar y seis de primaria, Candela y Juan Carlos acaban desengañados y con problemas que pueden afectar incluso a su matrimonio.

El tema de la obra me resulta sugestivo y es de imperiosa actualidad. A pesar de ello, no encontramos demasiadas obras con la educación, la enseñanza y demás derivadas educativas como protagonistas. Este motivo, la originalidad, –no del tema pero sí de llevarlo sobre los escenarios– puede ser un primer gancho para que los espectadores se decanten por la obra.


El género predominante en Tiza es, sin lugar a dudas, el de la comedia sostenida por el humor inteligente con pincelas de absurdo. El lema de la obra apunta en esta dirección y es un buen resumen de la misma: “Una comedia que no solo te hará reír”. Lea Vélez, redactora, experta en largometrajes y guiones, y Susana Prieto, novelista y guionista en series de éxito, construyen  un relato complejo ingenioso, perspicaz y tal y como relatan ellas mismas, basado en experiencias reales. Durante los 75 minutos de duración pegan un buen repaso –permítanme la claridad en la expresión– por un lado, al sistema educativo actual basado en la sobreabundancia de actividades con un método arcaico centrado en la memoria, y por otro, al deseo de los padres de convertir a sus hijos en algo que ellos no pudieron lograr. En definitiva, Tiza es una crítica a la sociedad, de la que nosotros formamos parte, por tanto también es una llamada de atención a nosotros mismos.

La gramática textual está plagada de ingeniosos eufemismos, de juegos de palabras, de certeras dicotomías – aprendizaje, enseñanza y habilidades y valores– de realidades y también de prejuicios pero sobre todo de mucho humor. El único inconveniente, a priori, de la modalidad escogida (inteligente y surrealista) está en no provocar una carcajada continúa pero sí una sonrisa permanente. Las escenas cómicas nacen de situaciones complejas con un cierto grado de absurdo y de la forma de resolverlas, normalmente mediante una sucesión de pensamientos lógicos con una conclusión inesperada. Por otra parte, los tiempos de la representación me parecen perfectos y medidos, basados en el esquema clásico de la narración: introducción, nudo y desenlace; e incluso van acorde con su contenido, la ortodoxia exigida en la educación. Sin embargo, las escenas de forma independiente también gozan de sentido y entran en la categoría de sketches.

La labor de dirección escénica recae en Blanca Oteyza, con una extensa y exitosa carrera como actriz de teatro, cine y televisión, y su trabajo es fabuloso. Esta directora, productora y docente continúa en la línea del relato inteligente y apuesta por escenas conjuntas a ambos lados del escenario, movimientos ordenados de los actores y por cuidadas y rítmicas entradas y salidas a escena de los protagonistas con acordes marciales. Estas últimas me recordaron a la disciplina militar en los desfiles. Disciplina, precisamente, otra cualidad de dudosa continuidad en el sistema educativo actual. Por otra parte me resultó fabuloso, fruto del trabajo conjunto de la directora y las libretistas, el comienzo de la representación con la ruptura de la llamada cuarta pared, la interpelación directa al público y la sombra de la duda del carácter metateatral con componente cíclico, que no desvelaré e invito a los asistentes a descubrirlo.


En un primer momento, me sorprendió que un reparto tan joven representase a personas de edad adulta, pero con el paso de las escenas, los actores y actrices fueron asumiendo los roles de sus respectivos personajes y tal diferencia de edad me pasó desapercibida. Además, dichos roles conforman arquetipos de la sociedad, cuyo antagonismo en la obra permite identificarlos de forma meridiana. Los cuatro demuestran que juventud sí va ligada a talento y experiencia, pues además de obras teatrales anteriores, han hecho incursiones en el mundo audiovisual participando en spots publicitarios, cortometrajes y videoclips.

La visión de los profesores es ofrecida por Clara Galán y Álvaro Sotos. La actriz interpreta a Doña Covadonga, una maestra que comenzó ejerciendo por vocación aunque con el paso de los años se ha terminado por convertir en rutina. En definitiva, es de las que piensa que la escuela de ahora ya no es lo que era. De Galán destaco el realismo en las posiciones faciales y corporales propias de personas de mayor edad así como su intento de voz grave. Todo ello, con una naturalidad pasmosa. Desde mi óptica, pone la marca más alta en el nivel interpretativo de la obra. Sotos representa a Damián, un profesor con una ilusión y energía intactas que apuesta por un sistema educativo moderno basado en nuevos sistemas pedagógicos y con visión de futuro. Este puede ser el papel más sencillo, por franja de edad y estilo, pero el actor borda las caras de incertidumbre, aporta energía y optimismo a la representación y va evolucionando a lo largo de la función.

El lado familiar e incluso la obra en su conjunto están centrados en el pequeño Roberto, protagonista omnipresente por su ausencia. Los actores Marcos Orengo y Cayetana Oteyza dan vida a sus padres. Sus respectivos papeles me parecen los más complejos, interpretativamente hablando, y el resultado es óptimo; ambos resultan creíbles sin sobreactuación. No obstante, sí me faltó un mayor realismo, en algunas escenas, entre las emociones de los protagonistas y la interpretación de los actores. Ahora bien, cuando lo consiguen el resultado es sobresaliente, como la reunión de los padres con la profesora. Orengo es Juan Carlos, un dependiente de banca y un padre que intenta hacer lo mejor por su familia, igual no con mucho éxito.  De este actor me fascinó la seguridad sobre el escenario, la bonhomía imprimida en su personaje, y la potencia teatral cómica a la hora de terminar sus frases. Oteyza se viste de Candela, una mujer conciliadora pero de gran genio si la ocasión lo requiere. Este personaje me parece el más complejo y el mejor ejemplo de la carga laboral y familiar depositadas, como inherente, sobre las mujeres –se encarga de la casa, de la educación del niño y de su carrera profesional–. Dicha complejidad en el papel es transformada por Candela en espontaneidad y soltura.

La construcción escenográfica, formada por una mesa de grandes dimensiones y cuatros sillas de ruedas, es simple pero funcional. En la parte trasera, Laura Lázaro sitúa con bastante inteligencia unos paneles que hacen las veces de pizarra. En ellos se van marcando la línea temporal del relato y la evolución y el aprendizaje del pequeño Roberto. Por último, los cambios de luces, por Covadonga Mejía, terminan de situar al espectador en esta tierna y divertida historia y le hace ver que la risa con tiza entra.


Una punzante comedia real, inteligente y divertida donde los roles son trazados con Tiza


Alberto Sanz Blanco
@AlbertoSBlanco

Autoras: Susana Prieto y Lea Vélez
Directora: Blanca oteyza
Reparto: Clara Galán, Álvaro Sotos, Cayetana Oteyza y Marcos Orengo
Lugar: Teatros Luchana (Calle de Luchana, 38, 28010 Madrid)


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