LA STRADA: LA TRISTE CARRETERA DEL ÉXITO FELLINIANO - Canal Hablamos

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15 diciembre 2018

LA STRADA: LA TRISTE CARRETERA DEL ÉXITO FELLINIANO



La sala San Juan de la Cruz del Teatro de la Abadía queda imbuida por el universo felliniano con La Strada, la obra culmen del director de cine y guionista italiano. Si disfrutaron de la película no deben perderse esta adaptación teatral para extraer de forma más profunda el fuerte contenido simbólico y presenciar una soberbia actuación de este trío de artistas.

La versión de Gerard Vázquez, nos lleva a la Italia de la posguerra dibujada por Federico Fellini en su obra. Entre los artistas de un circo ambulante sobresalen tres personajes enfrentados a un destino precario cuyo final parece predestinado. Zampanov (Alfonso Lara), un hombre cruel y bruto, compra a una nueva e ilusa muchacha, Gelsomina (Verónica Echegui), al aprovecharse de la pobreza de la familia de esta y de la muerte de una de sus hermanas, para acompañarle en su odisea como artista callejero. Su relación viene marcada por la sumisión de la joven aunque poco a poco aflore un cariño mutuo. De la nada, aparece El loco (Alberto Iglesias), otro artista del circo cuya presencia y aires oníricos provocarán los celos de Zampanó, el cariño de la joven y un trágico desenlace.  

Como espectador, y crítico, siempre es un placer disfrutar de una adaptación teatral del gran Federico Fellinin–merecedor del Oscar a la mejor película extranjera en 1954– después de haber visto su película y admirado su trabajo. Supongo que este sentimiento también es compartido por Vázquez, responsable de esta versión. En su caso, también podemos añadir el componente de  responsabilidad y exigencia que supone llevar La Strada al teatro. Gerard Vázquez, autor de obras como Cansalada Cancel·lada, El somriure del guanyador o quid pro quo, realiza un magnífico trabajo y sabe extraer los momentos más profundos del film, medir los diálogos, su densidad poética y dramática, ajustar el tiempo de la representación e introducir algunos momentos cómicos. Por otra parte, entiendo y comparto su decisión de situar como ejes centrales a los tres protagonistas; sin embargo, desde mi óptica sí hubiera sido interesante abrir este relato incluyendo más pasajes de la película e, incluso, incorporar algún personaje más para descargar, así, la tensión narrativa posada sobre los principales, como ocurre ligeramente y de forma virtual al final de la representación. En su estreno La Strada fue acusada de “reaccionaria” y demasiado “humanista” y son precisamente ambos calificativos los mejores para acudir a ver la obra.


El libreto pide movimiento y de ello se encarga Mario Gas. En otras ocasiones, la dirección puede estar construida desde la libertad personal al no haber nada predefinido; sin embargo en esta obra no sería aceptable ni acertado apostar por ello y de hecho no ocurre. El trabajo de Gas, al frente de más de 50 obras teatrales, huele a Fellini. El director nicaragüense ha sabido reflejar en dos de sus personajes, características implícitas de la primera etapa neorrealista del maestro italiano, como la pobreza física y de espíritu, la individualidad y tristeza de sus ciudadanos debido a la reciente guerra y la relación entre estos y su entorno. Por otra parte, Gas, con más de treinta papeles en su faceta como actor, no olvida el componente onírico, surrealista y algo excéntrico conocido por todos como, felliniano. Este estilo puede verse reflejado de forma más nítida en el personaje de El Loco o incluso en el curioso recibimiento de los actores, quienes no solo representan su papel antes de comenzar propiamente la obra, sino que –ataviados con narices rojas y vestimenta negra– ayudan a tomar asiento a los espectadores para disfrutar de este peculiar, y metateatral, circo. Esta carta de presentación y acentuar las continuas metáforas de la obra, como si de una fábula se tratara, pueden ser el sello particular de este director, quien consigue su objetivo: “dejar que la escena hable por sí misma”.

Los tres personajes además de la tristeza en el espíritu, más o menos acentuada, les unen la marginación y su incapacidad comunicativa a través de la palabra. La joven dice de Zampanó, que “es un bruto, no piensa”. Este dice de Gelsomina que “está loca” y nadie comprende a El Loco. Sin embargo, sí proyectan sus sentimientos de forma más cómoda a través de sus respetivos instrumentos musicales y pueden darnos una ligera idea de la personalidad de cada uno. Zampanó con su tambor es rudeza, brusquedad estruendo. Gelsomina a manos de su trompeta representa el soplo desafinado de alegría que aún queda en ella y El Loco con su violín pone la nota triste y poética a su personaje y a la obra en su conjunto. Los tres actores encargados de dar vida a estos artistas circenses realizan un ímprobo trabajo, no vacilan en recitar su texto y sobre todo, comunican sus emociones con su marcada gestualidad facial y corporal. De hecho, al principio de la obra solo con su cuidada mímica son capaces de transmitir más que con algunos diálogos.

Alfonso Lara da vida a Zampanó, el arquetipo de bestia inmoral, fría y egoísta con toques esperpénticos. Estos adjetivos son muy bien interpretados por este actor, director y guionista español, aunque su carácter bonachón en ocasiones se lo impidiera. Su personaje va evolucionando a medida que avanza la obra y por ello, al final de la representación es posible que el público mientras aplaude a Lara exonere de culpa a su personaje. En ese cambio influye sobremanera el papel interpretado por Verónica Echegui. De hecho, ella va marcando los compases de la obra cumpliendo así otra característica de la obra de Fellini, la mujer como protagonista principal. Esta actriz, participante en más de una veintena de películas y series televisivas, representa de forma sensacional a Gelsomina, una muchacha resiliente, ingenua y dulce que a pesar de ser maltratada por la vida expela optimismo. Es la parte pura y sin filtros de nosotros mismos pero también es la encargada de ejemplificar el oxímoron de la tristeza del payaso. Gelsomina ejerce de contrapunto de Zampanó y de nexo de unión con El Loco. En la película, el personaje femenino fue interpretado por la mujer de Fellini, la actriz italiana Giulietta Masina, aunque sin lugar a dudas este papel me recordará siempre a Echegui.


Por su parte, Alberto Iglesias se mete en el papel de El Loco, un trapecista a quien Zampanó no soporta debido a rivalidades pasadas. Este personaje se mueve en la línea de lo irónico y surrealista y representa a la parte onírica de nosotros mismos. De hecho, consigue conectar con Gelsomina porque estimula su faceta soñadora, ayudado por la música, y ambos crean una atmósfera romántica. Además, Iglesias, curtido actor de cine y televisión, borda los movimientos errantes de su personaje y desafía al público dando la espalda como si fuera El violinista en el tejado capaz de humanizar y calmar con sus notas la tristeza, el hambre, la miseria y el patetismo humano.

En esta obra importa tanto el qué como el cómo. El trabajo conjunto del equipo técnico recrea con la escenografía, la videoescena, la iluminación y la música el universo felliniano. Juan Sanz, con la ayuda de Rocío de Labra, apuesta por un escenario de fondo negro con una parquedad de ornamentos, decisión pertinente dada la pobreza física y espiritual de los protagonistas. Me gusta la presencia del carro circense y cómo sus movimientos dan paso a la filmación. De igual forma, considero acertado los tres paneles móviles y el perfecto aprovechamiento de los distintos ángulos de dicha estructura.

Contar con Álvaro de Luna y Elvira Ruiz Zurita al frente de la videoescena es sinónimo de éxito, como lo siguen demostrando en El curioso incidente del perro a medianoche. En esta ocasión destaco su inteligencia, acorde con la de Gas, por introducir fondos y efectos reales, como el del mar o paso del tren, y conseguir que los protagonistas interactúen con ellos mismos y con otros actores a través de las tres pantallas, como ocurre con la actriz Gloria Muñoz, la dueña del bar donde se refugia Zampanó y le hace enloquecer. Por su parte, Felipe Ramos apuesta por una iluminación intimista con predominio del contraluz y tonos negros aunque algunas de las escenas vengan marcadas por luz lateral. Por último, el perfecto espacio sonoro, creado por Enrique Mingo, y la magnífica banda sonora de Orestes Gas, nada que envidiar a la usada por Nino Rota en la película, terminan de encumbrar esta representación. Si Fellini estuviera con nosotros estaría orgulloso de esta adaptación.


La Strada es lirismo fílmico, aire neorrealista y sentimentalismo a flor de piel gracias a una soberbia actuación de este trío actoral.


Alberto Sanz Blanco
Periodista


Autor: Federico Fellini
Versión: Gerard Vázquez
Reparto: Alfonso Lara, Verónica Echegui y Alberto Iglesias
Lugar: Calle de Fernández de los Ríos, 42, 28015 Madrid


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