LA VOZ DORMIDA: UN SUSURRO ATRONADOR - Canal Hablamos

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20 diciembre 2018

LA VOZ DORMIDA: UN SUSURRO ATRONADOR



Debe ser duro para un familiar hablar con un ser querido a través del cristal de una celda. Más aún si tiene la seguridad de que esa persona es inocente y ha sido acusada de forma injusta o ilegal. Algo similar y en una época pretérita, donde los derechos brillaban por su ausencia, ocurre en esta obra representada en el Teatro Bellas Artes.

Este título es de sobra conocido para los amantes de la literatura y el cine. Dulce Chacón publicó La voz dormida en 2002, con premios en la prestigiosa Feria del Libro de Madrid, y puso fin a su carrera como escritora. No se me ocurre mejor adiós, literariamente hablando, que con un relato basado en la posguerra española. La protagonista de la historia es Pepita (Laura Toledo) una joven cordobesa de origen rural llegada a la capital para estar cerca de su hermana Hortensia, embarazada y en prisión. En uno de estos viajes, conoce a Paulino (Ángel Gotor), líder de un grupo guerrillero, quien debe huir a Francia. A pesar de la dificultad de su relación, se enamoran apasionadamente. Pero la mayor preocupación de Pepita, incluso más allá de la liberación de Hortensia, es que el futuro hijo de su hermana no sea dado en adopción o internado en un orfanato, y este propósito le mantendrá viva.

Salvador Collado, productor del espectáculo, recuerda en el programa de mano que el deseo de la escritora es dar voz a aquellas mujeres que enarbolaron la bandera de la dignidad y el coraje como única arma posible para enfrentarse a la humillación, la tortura y la muerte. Ellas fueron conscientes de que habían perdido una guerra y las mayores sufridoras del final incierto para ellas y sus familias. Este leitmotiv, el sufrimiento de un conflicto, las injusticas y las voces oprimidas, o dormidas, configura el subgénero de teatro social. En España, esta variante no ha sido lo suficientemente explotada desde el prisma teatral, en comparación con el género novelesco o cinematográfico. Aunque como bien relata Julián Fuentes Reta, director de la representación, la opresión de la mujer, con el agravante de un conflicto civil, pertenece a un tema clásico. En esta ocasión, ese teatro social tiene un trasfondo documental e histórico porque se describe de forma meridiana la penuria de la población en la posguerra y la inquina, acompañada de persecución, a todo lo relacionado con el comunismo.


Antes de visionar la representación tenía en mi mente pasajes del libro y escenas de la película, con nueve nominaciones y ganadora de tres premios Goya.  Lo traigo a colación porque considero importante, para seguir el hilo de la representación, tener claro la trama y sus protagonistas. Cayetana Cabezas, responsable de la adaptación de la novela, apuesta por reducir el gran número de personajes principales y secundarios a prácticamente uno; si, como luego explicaré, entendemos al único actor solo como propiciador de las escenas. Esta decisión la considero arriesgada si el público asistente no conoce bien todos los flecos de la historia, pues al principio de la representación la alusión constate a nombres puede llegar a abrumar. En esta ocasión es importante conocer la motivación de esta adaptación y, en palabra de Cabezas, su objetivo era reconstruir la historia desde el amor. Visto de esta forma cumple dicho propósito porque si tuviera que describir con una palabra los sentimientos de la protagonista, esta sería amor. A pesar de ello, apostar por una sola actriz hace que se pierdan o difuminen elementos sustanciales, como el momento del trágico desenlace de la hermana de la protagonista.

El trabajo de dirección artística recae en Julián Fuentes Reta. Este dramaturgo, actor y pedagogo apuesta por la fórmula del monólogo dramático, como no podía ser de otro modo. Entendido como aquella forma de expresión  capaz de sumergir al lector en una crisis de la que nada sabe y ni siquiera si llegará a saberlo todo. La mayor dificultad, de la que sale airoso, es saber mantener el interés del espectador por la historia. Otra de las esencias de la obra, es la forma de estructuración del relato. Fuentes Reta apuesta por situar como eje central el presente e ir introduciendo saltos temporales mediante recreación de escenas pasadas y flashback narrativos. Desde mi óptica, es la única forma posible de abarcar todas las situaciones relevantes de la obra literaria y rebajar el desconcierto inicial. Por otra parte, tanto el director, la adaptadora como el equipo técnico saben jugar con el elemento visible pero simbólico de la tela de araña, tejida en hilo, suspendida en el escenario.

Los ojos de los espectadores se posan durante más de una hora en Laura Toledo. Esta conocidísima actriz, con innumerables apariciones en teatro, cine y televisión, encarna a Pepita, la protagonista visible de la obra, pues debido a las continuas alusiones tanto su hermana como su sobrina también son parte esencial del relato. Cabe mencionar que este personaje está inspirado en la verdadera Pepita Patiño, una mujer cordobesa, fallecida a los 91 años, y amante de la costura que como tantas otras sufrieron el miedo por la represión franquista pero no se le quitaron las ganas de amar.


Esta actuación permite a la actriz sacar todo su talento interpretativo y brillar sobre el escenario. Toledo se muestra cercana, sencilla y sentimental; deleita a los presentes con cambios continuos de registros (porque a pesar de ser una historia dramática también hay momentos para esbozar una sonrisa) y con frases cargadas de profundidad. Por un lado, de carácter político, donde –de forma lúcida– no entiende la obstinación de quienes obedecen todas las órdenes dadas por el Partido Comunista y, en este sentido, define a la política como “una araña peluda muy negra” donde ella “estaba enredada”. Por otro lado, frases de carácter vital en forma de desahogo emocional y la que mejor resume es: “hablar me sirve para recordar a mis muertos”. Otra de las dificultades de este papel es tener que recrear conversaciones pasadas con personajes no presentes en el escenario y la actriz sevillana además de realizarlo con soltura lo hace creíble.

En un primer momento, la presencia masculina sobre el escenario de Ángel Gotor desconcierta, pero poco a poco con su semblante hierático e imperturbable va instigando de forma indirecta a la protagonista a ejecutar sus acciones. Gotor interpreta a Paulino, el Chaqueta Negra líder de un grupo guerrillero. Su actuación aporta realismo al relato al poder identificar de forma visual a un personaje esencial en el desarrollo de la historia. Además, ayuda a potenciar el amor de la protagonista al poderlo proyectar sobre alguien real.

Por una cuestión puramente formal, suelo situar al final de la crítica el trabajo de los directores escenógrafos y responsables de luces y sonido, aunque si fuera por orden de importancia estos deberían estar en los primeros párrafos. En esta adaptación teatral, la forma es casi tan importante como el contenido y puede materializarse en la tela de araña. Laura Ferrón, responsable del espacio escénico, sitúa como epicentro de la tela una máquina de coser. Absolutamente todo tiene un sentido en la obra y quienes hayan asistido lo han podido comprobar porque todo es una gran metáfora. La música juega un papel importante y las melodías seleccionadas y los ruidos ambientes por Luis Paniagiua sirven para acompañar algunas de las frases de la protagonista y para terminar de situar al espectador en la representación. Por último, Joseph Mercurio, al frente de la iluminación realiza un gran trabajo, porque, por un lado, con los diferentes ángulos lumínicos consigue proyectar sombras sobre la tela negra situada al fondo del escenario y, por otro, clarificar –gracias a los cambios– los lugares por donde transcurre la historia de Pepita, pasado presente, y futuro de tantas mujeres.


La voz dormida se convierte en la voz viva y despierta, gracias a esta adaptación teatral, de todos aquellos que han muerto


Alberto Sanz Blanco
Periodista

Autora: Dulce Chacón
Adaptación: Cayetana Cabezas
Director: Julián Fuentes
Lugar: Teatro Bellas Artes (Calle del Marqués de Casa Riera, 2, 28014 Madrid)

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