LA CULPA: UN SENTIMIENTO HECHO OBRA - Canal Hablamos

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02 febrero 2019

LA CULPA: UN SENTIMIENTO HECHO OBRA



Ser culpable y sentirse culpable son escalas diferentes aunque una pueda venir precedida de la otra. Las causas son infinitas pero la presión, los juicios mediáticos y el abuso de poder suelen ser un hilo común ligado a la culpabilidad. Estas tres características son precisamente el eje central de esta obra representada en el Teatro Bellas Artes.

David Mamet, a través de la versión de Bernabé Rico, nos invita a conocer el drama de Charles (Pepón Nieto), un psiquiatra requerido a declarar en favor de un paciente responsable de cometer una masacre. Su ética le lleva a negarse a hacerlo, a pesar de las súplicas de su mujer Kate (Ana Fernández) los consejos de su amigo Richard (Miguel Hermoso), de las exigencias de una abogada (Magüi Mira) y de una fuerte presión social. Esta decisión le lleva al ostracismo profesional desencadenando una espiral de acontecimientos que convulsionará no sólo su vida, sino la de la persona que más quiere.

La sinopsis me impactó antes de visionar la representación. No es frecuente que el centro de una trama teatral nazca a raíz de una negación del protagonista como huida de un conflicto. Estamos, por tanto, ante un doble drama (la masacre cometida por un joven y la decisión del psiquiatra a  negarse a declarar a su favor). Esta ingeniosa construcción de uno de los dramaturgos más influyentes del momento es un buen motivo para acudir a ver la obra. En esta ocasión resulta pertinente remarcar la nacionalidad estadounidense de David  Mamet, autor y adaptador de obras como Muñeca de porcelana, Razas u Oleanna, pues muchas de las problemáticas y derivadas dramáticas son de primer orden en el continente americano. No pretendo establecer escalas morales entre territorios pero desde mi óptica, algunos de los conflictos de la trama (como la contraposición entre el juramento profesional y el código deontológico o las implicaciones personales en la actividad laboral) ya han sido superados y, por tanto, los calificaría de estériles y algo exagerados.


En La culpa casi lo menos importante es el elemento central (negación del psiquiatra a declarar) sino todas las consecuencias y reacciones surgidas por su decisión. Precisamente, una de las técnicas más utilizadas en el teatro existencialista, para expresar diferentes situaciones y sentimientos, dejando, así, a un lado el tema. Si antes tenía dudas sobre el realismo de algunos conflictos, en este punto es justo lo contrario. Tanto Mamet como Rico, polifacético director, productor, adaptador y guionista, saben dibujar el contexto global, los poderes fácticos y la influencia social, causantes, todos ellos, del efecto conocido como bola de nieve.

Por otra parte, resulta lúcida la reflexión de los medios de comunicación, más concretamente del Modelo Liberal, como cuarto poder y maquinaria de propaganda recogida en esta frase: “No se puede luchar contra el poder de los medios de comunicación. No se debe”. De igual manera, la obra describe de forma certera el poder de la presión social, expresado como juicio, y la dificultad de caminar en sentido opuesto de la opinión mayoritaria, aunque esta última haya formado su juicio sin conocer todas las aristas de un problema. En definitiva, lo menos importante es la verdad mientras haya bandos, puerilmente identificados como buenos y malos, protagonistas y antagonistas. Todos estos elementos hacen que estemos ante una obra de gran carga psicológica y de alta tensión dramática contenida en poco más de una hora, donde el final de la representación no termina en la sala sino en las reflexiones posteriores del espectador.

La conexión entre dramaturgo y director es un valor intangible pero sirve de gran ayuda para que este último pueda plasmar sobre las tablas el contenido del texto. Destaco esta concomitancia porque Juan Carlos Rubio ya ha dirigido obras, como Muñeca de Porcelana, escritas por David Mamet, y se nota. Este multipremiado director al frente de más de una decena de obras mide los movimientos de los dos actores y actrices sobre el escenario y, en pocos pasos, consigue que saquen todo su torrente interpretativo. Si el libreto tiene fuerte carga psicológica, Rubio plasma la actuación del reparto como si de una partida de ajedrez se tratara. El rasgo más llamativo es la presencia espiritual de algunos de los actores mientras los otros mantienen una conversación para acto seguido desdibujarles y comenzar nuevos diálogos. Un juego para el espectador y elemento aportador de realismo existencial.


El reparto realiza una magnífica interpretación y, a pesar de representar a personajes con visiones distintas, su actuación viene marcada por una tristeza de espíritu. El mayor exponente de este nihilismo existencial, como si de una obra de Becket se tratara, es Charles, un psiquiatra de fuertes convicciones morales y religiosas, interpretado por Pepón Nieto. Puede sonar tópico pero por la evolución de su carrera y de sus últimos trabajos, este papel lleva tatuado el nombre de Pepón, un todoterreno de las artes escénicas. Este actor de teatro, cine y televisión basa su actuación en un agobio constante e in crescendo ante su negación de exculpar de responsabilidad al que fuera su paciente. Su personaje tiene una respuesta, o justificación, para cada pregunta igual que el actor un movimiento para expresar pesadumbre. A su lado le acompaña Ana Fernández como Kate, su esposa. Una mujer superada por la situación, con un agobio superlativo y con una postura contraria a la de su marido. Fernández, con más de un centenar de trabajos en cine y teatro  representa de forma sensacional, por exigencias del guion, a un personaje histriónico, exagerado y fuera de sí. Recomiendo a los espectadores no juzgar sus acciones porque tienen una explicación humana.

Complementan el relato Miguel Hermoso y Magüi Mira. El primero da vida a Charles, un abogado y amigo del protagonista. Su actitud fría, cínica y corrupta, bajo un caro traje, son plasmadas con maestría por este versátil actor formado en teatro musical y con innumerables papeles en teatro, microteatro, cortometrajes y seriales televisivos. Por último, en orden de aparición, Magüi Mira se viste de abogada defensora del joven criminal. Es una lástima que esta multipremiada  actriz y directora aparezca en el ocaso de la representación porque me hubiera gustado disfrutar más de su fuerza, energía y vitalidad escenénicas.

En este tipo de obra donde convergen lo psicológico y dramático, la ambientación es esencial como elemento potenciador de ambas. La construcción escenográfica a cargo de Curt Allen Wilmer me fascinó desde el inicio. Tanto su idea de emular una caja metálica, cerrada y claustrofóbica con telas blancas, como la de representar el fondo de la librería particular del psiquiatra. Además, de forma oportuna algunos personajes permanecen entre el decorado y el final del escenario creando juegos visuales muy atractivos. La música entre acto y acto, la iluminación, y en ocasiones la ausencia de la misma, por José Manuel Guerra, también son bien implementadas. En definitiva, libreto, dirección y recursos técnicos crean La culpa.


Presión, juicios mediáticos y abuso de poder de la mano de cuatro profesionales generan La Culpa

Alberto Sanz Blanco
Periodista

Autor: David Mamet
Director: Juan Carlos Rubio
Reparto: Pepón Nieto, Ana Fernández, Magüi Mira, Miguel Hermoso
Lugar: Teatro Bellas Artes (Calle del Marqués de Casa Riera, 2, 28014 Madrid)

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