MANTEQUILLA: LA INCOMUNICACIÓN UNTUOSA DE DOS EXTRAÑOS CONOCIDOS - Canal Hablamos

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23 febrero 2019

MANTEQUILLA: LA INCOMUNICACIÓN UNTUOSA DE DOS EXTRAÑOS CONOCIDOS



Miramos pero no vemos. Oímos pero no escuchamos. Convivimos con otros pero no llegamos a conocerlos. Las conversaciones diarias están plagadas de clichés y frases manidas que conducen a la incomunicación o, como mucho, a una comunicación superficial y si no prestamos una mínima atención repetimos como autómatas. Si desean conocer la historia de dos personajes corrientes y sus peculiares inquietudes pueden visitar la sala Mirador.

Carlos Zamarriego, autor de la representación, nos introduce en la vida de dos jóvenes unidos por la desunión y el etiquetado de productos: Andrés (Rodrigo García Olza) y Bea (Roberta Pasquinucci). El abuelo del primero, la afición cinematográfica de la muchacha y las indecisiones de ambos forjan una relación de idas y venidas marcada por el desconocimiento mutuo pese a compartir una vida juntos.

Antes de entrar a valorar esta obra conviene que el espectador tenga claro, o por lo menos conozca, la fuente de inspiración y el origen del texto. Como refleja en la web el autor de la obra, el libreto “nace en una clase de subtexto del maestro José Sanchís Sinisterra”. Cuando hablamos de subtexto nos referimos a aquello que está por debajo del personaje teatral, al significado profundo y que da sentido al papel interpretado; en definitiva, responde al “por qué”. En todo protagonista de cualquier obra podemos encontrar un subtexto, la diferencia estriba en que en esta representación es el motor de acción de la obra. No es tan importante aquello que se dice si no por qué se dice. También resulta pertinente destacar la figura de Sanchís Sinisterra, uno de los grandes maestros y estudiosos del teatro español. La intencionalidad de los dos personajes y la figura de este dramaturgo son clave para entender y disfrutar de Mantequilla.


El artífice del texto es Carlos Zamarriego, autor de obras como 23 movimientos, Inestables o Anoche soñé que soñabas. Como nos tiene acostumbrados, su forma de hacer teatro es indisociable de la psicología humana, del modo del comportamiento del individuo y de todo lo que le rodea. Esto desde el punto de vista académico encaja en la variante del teatro psicológico, con Antón Chéjov a la cabeza, o el absurdo, con Ionesco como uno de sus exponentes. Estos rasgos son perfectamente observables en Mantequilla; en primer lugar por el objetivo central de la obra –investigar sobre cómo establecemos diálogos con los que no están, y compartimos silencios con los que están, a pesar de las posibilidades de la tecnología– y en segundo término, por la estructuración y naturaleza de la misma – diálogos y frases repetitivas, algunas empleadas como hilo musical, una trama con extraña continuidad y dos personajes incomprendidos con una concepción particular de la vida–.

A la vista de lo expuesto, Zamarriego hace un excelente trabajo de recopilación y absorción de géneros teatrales no comerciales y trata de usted al espectador, con una obra inteligente, introspectiva, pensada para la reflexión, cocinada a fuego lento, cargada de simbolismo y centrada en la metacomunicación (comunicación que habla acerca de la comunicación misma) e incomunicación humana. Desde mi óptica, hubiera sido un acierto introducir elementos tecnológicos, como el del teléfono móvil u otros dispositivos, para ahondar en la incomunicación entre los personajes y demostrar que un mundo hiperconectado no es sinónimo de comunicación y entendimiento.

Sin desvelar nada, el título del libreto es de lo más sugerente y permite al espectador establecer enésimas similitudes, analogías y metáforas con la temática de la obra, sus protagonistas y, en definitiva, con las relaciones sociales en general. Mientras visionaba la representación tuve la sensación de no entender del todo algunas de las escenas donde la comunicación entre los protagonistas era vana; sin embargo, y emulando el lema de campaña de Bill Clinton, la solución estaba en el título: “Es la mantequilla, estúpido”.


La dirección viene de la mano de Edgar Costas, actor de más de una veintena de cortometrajes y obras teatrales como Inestables (2018), La venta (2017) o El escritor (2016). En esta ocasión, en la silla de director, continúa con el simbolismo del libreto y resalta, con inteligencia e ingenio, la categoría teatral del subtexto, con ejercicios de interpretación básicos como la repetición de frases con registros distintos, la máscara como elemento de ocultación del rostro, y la representación de escenas paralelas a ambos lados del escenario de caja negra, muy utilizado en el teatro de corte experimental.

En este tipo de obras, los diferentes espacios del escenario adquieren relevancia porque sirven de marco semiótico y ayudan a comprender la actitud de los personajes. En Mantequilla, el elemento central es el cuadrilátero de arena donde los protagonistas no dudan en rebozarse y donde la comunicación entre ellos fluye aunque esta resulte encriptada. Me recordó a la típica estampa del parque donde los niños interaccionan y disfrutan a través del juego sin ser necesarios grandes ejercicios comunicativos. Otra virtud en el trabajo de Costas es otorgar movimiento cinematográfico a la representación, con clásicas voces en off incluidas. Da la sensación de que los dos personajes pasan por los mismos puntos pero a destiempo, como en esas películas románticas donde uno de los  dos amantes llega y el otro ya se ha ido.


La sencillez interpretativa es esencial para rebajar el carácter psicológico y, a su vez, poder extraer de forma pausada y sin agobios todas las características antes expuestas. Este trabajo es resuelto con acierto y pertinencia por Roberta Pasquinucci y Rodrigo García Olza. Ambos protagonizan diálogos ininteligibles pero acompasados, con la dificultad que ello supone, y sostienen a dos personajes que se extrañan para convertirse en extraños. Actor y actriz no olvidan la fuente de inspiración del libreto, el subtexto, al entender a sus respectivos personajes y reflejarlo con una cuidada aunque meridiana comunicación no verbal, con gestos y miradas cómplices.

La actriz italiana, con más de una decena de obras teatrales y participaciones en cine y televisión, da vida a Bea, una joven que decide buscar en la ciudad lo que no encuentra en Andrés, su compañero. Una de tantas mujeres, con inquietudes sociales y políticas, que emigra del pueblo a la ciudad en busca de nuevos proyectos, en su caso el cine. Pasquinucci interpreta con soltura y realismo el carácter histriónico y explosivo de su personaje a pesar de estar escondido bajo una coraza de timidez. Por su parte, García Olza da vida a un joven lastrado por el negocio familiar iniciado por su abuelo y con un agobio existencial al principio oculto, quizá fruto de la monotonía. Una vez liberado de sus ataduras, Andrés, decide buscar a Bea para encontrarse a sí mismo. Esa evolución es genialmente interpretada por este actor, historiador y fotógrafo participante en múltiples proyectos teatrales y galardonados cortometrajes. Su actuación me transmitió paz y tranquilidad, como el reencuentro de su personaje con Bea. Quizá porque ambos habían encontrado un código común de entendimiento (metacomunicación implícita) en la aceptación –por agridulce que esta fuera– probablemente indescifrable para un ajeno pero no a todo el mundo le gusta el sabor de la mantequilla.


En Mantequilla desconocerás a dos extraños con demasiada vida juntos en una obra cargada de simbolismo, inteligencia e incomunicación


Alberto Sanz Blanco
Periodista

Autor: Carlos Zamarriego
Director: Edgar Costas
Reparto: Roberta Pasquinucci, Rodrigo García Olza
Lugar: Sala Mirador (Calle del Dr. Fourquet, 31, 28012)

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