EL IDIOTA: UN EJEMPLO DE PUREZA, BONDAD Y LUCIDEZ - Canal Hablamos

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16 marzo 2019

EL IDIOTA: UN EJEMPLO DE PUREZA, BONDAD Y LUCIDEZ



No importa la época ni el lugar, el diferente es castigado. Una mirada de soslayo inadecuada, un farfullo de rechazo, una sonrisa de lástima o una risotada burlona. La gentualla siempre ha existido, existe y existirá pero, ¿a dónde nos situamos nosotros? El Teatro María Guerrero nos permite, con esta obra, contestar a esta pregunta y disfrutar de uno de los clásicos de la literatura rusa y universal.

En el mausoleo de la literatura sobresale la figura de Fiódor Dostoievski, escritor de cabecera de la Rusia zarista, y gracias a esta versión de José Luis Collado y la dirección de Gerardo Vera el espectador podrá aproximarse a esta adaptación teatral y situarse en la Rusia del siglo XIX. Un príncipe huérfano de padre y madre, Mishkin (Fernando Gil) decide viajar a San Petersburgo con el único fin de encontrarse con su prima lejana, la Generala Yepanchina (Yolanda Ulloa). Completan la familia su esposo el General Yepanchín (Ricardo Joven) y una de sus tres hijas Aglaya Ivánovna (Vicky Luengo). Sus ataques de epilepsia, su moral cristalina y su dificultad para expresarse causarán un gran revuelo en la capital rusa, dinamitará triángulos amorosos –Gavrila (Alejandro Chaparro), Rogozhin (Jorge Kent), Nastasia (Marta Poveda) –, matrimonios de conveniencia y, en definitiva, hará sacar lo mejor y lo peor de todos estos personajes.

Definiría esta obra de Dostoievski como un ensayo sobre la lucidez, con algunos pasajes autobiográficos, donde su personaje principal es capaz de desenmascarar a los demás, únicamente con su forma de ser, y así poner de relieve la negrura del ser humano, su odio enfermizo y la contradicción constante, pero también el amor puro y verdadero, la empatía y la generosidad sin media. Todos son versiones de nosotros mismos y es lo que nos configura como humanos. Estas formas de ser y comportarse marcarán el conjunto de tramas y subtramas de una obra que cumple 150 años y cuyo contenido aún permanece latente.
Puede resultar manido destacar la dificultad en versionar y dirigir una novela como esta por su extensión, 800 páginas, profundidad, abundancia de detalles y complejidad en la forma de ser y comportarse de sus protagonistas pero conviene que el espectador lo tenga en cuenta. En este sentido, José Luis Collado realiza un ímprobo trabajo como adaptador. Su experiencia al frente de la Joven Compañía y en la adaptación de otros clásicos como Los hermanos Karamázov le permite limpiar el texto, modernizarlo para clarificarlo y potenciar las características antes mencionadas y, en sus propias palabras, “basarse en una estructura narrativa no convencional de un texto que Dostoievski escribió con muchas dudas”.


En este tipo de obras clásicas es imprescindible la sinergia entre el adaptador y el director para ofrecer un resultado conjunto y con sentido. En el Idiota aprecio dicha concomitancia porque las escenas fluyen con naturalidad, las tramas quedan simplificadas y el deleite teatral es continúo. En este resultado sobresaliente, Gerardo Vera, como director, tiene gran parte de responsabilidad. Este multifacético escenógrafo, figurinista, director artístico y de escena sabe plasmar sobre las tablas el arduo trabajo de Collado. Su principal virtud al frente de la obra, y mi mayor sorpresa, es dotar al libreto de una calidez y modernidad que contrastan con la fría y farragosa percepción de los textos rusos. El ritmo ágil de algunas escenas, con entradas y salidas constantes, me recordó al género vodevil. En otros instantes, la posición del reparto es propia de las operetas y en la mayor parte de los actos, el drama queda rebajado con píldoras cómicas de algunos de los personajes. Esta mezcolanza en la puesta en escena, permite disipar los miedos, en ocasiones infundados, de aquellos espectadores reacios al teatro clásico. En esta línea, otro de los aspectos positivos en la dirección de Vera, Premio Nacional de Teatro 1988, es la cercanía con el espectador tanto en forma –los protagonistas traspasan el proscenio y no dudan en mezclarse con el público– como en contenido –el lenguaje y las reflexiones son claras, actuales y sin perder profundidad–.

Los encargados de materializar este potente libreto son seis actores y tres actrices con un trabajo sensacional. Resulta loable y generosa la mezcla propuesta por Vera sobre el escenario al juntar actores consagrados con otros dos jóvenes talentosos de La Joven Compañía. Ya no solo porque el resultado sea óptimo sino porque de esta y otras compañías depende la continuidad de nuestro teatro. 

El protagonista indiscutible del relato, que da nombre a la representación, es el Príncipe Myshkin al quien da vida Fernando Gil. Probablemente este conocido presentador y actor de televisión, cine y teatro protagonice una de las mejores interpretaciones de la amplia cartelera teatral con un personaje de enorme complejidad. Myshkin representa el prototipo de hombre bueno, puro con bondad y generosidad infinitas. Su síndrome epiléptico y su actitud cristalina le llevan a ser el blanco de las burlas de los demás personajes y lejos de comportarse con rencor o sed de venganza sus respuestas nacen desde la más profunda compasión con gran capacidad para el perdón. Por ello, algunos lo han comparado con la figura de Jesucristo y otros incluso le han dotado de rasgos quijotescos. Gil interpreta con maestría todas estas características, recita su texto con convicción e inocencia, regala una desbordante gestualidad facial y corporal y sabe imprimirle un cariz humano. La grandeza de su personaje no solo reside en sí misma, sino en la iteración con los demás. Sin quererlo, será el eje vertebrador de las tramas, ejercerá de confidente, relator y mensajero e irá desenmascarando la falsa moralidad de los personajes.


El papel de la mujer es otro de los aspectos fundamentales de la obra con personajes como Aglaya y Nastasia. Una es la antítesis de la obra y por ello tienen mucho en común, como su eterna rivalidad para ganarse el corazón del Príncipe. La primera, interpretada por Vicky Luengo, responde al prototipo de mujer casta, pura y respetuosa ahogada por la excesiva influencia y tutelaje de su madre Yepanchina, interpretada por una gran Yolanda Ulloa, y de su padre el general Epantchin, a quien da vida el curtido actor Ricardo Joven. Además, Luengo, actriz de teatro, cine y televisión, sabe reproducir las contradicciones de su personaje y sus fallidos intentos de celos. En el otro extremo se mueve Nastasia quien, desde mi óptica, encarnaría la figura de la Femme fatale, con la salvedad de que su ardiente sexualidad, sus comportamientos frívolos y su actitud chantajista y manipuladora, no nacen de la maldad sino de una herida emocional causada por la anulación de los hombres y el concubinato con su instructor Afanasi, interpretado por Abel Vitón. La idiosincrasia de este personaje tipo viene de la mano de Marta Poveda. Además esta actriz, con amplia trayectoria teatral y destacadas actuaciones televisivas, imprime a su papel y a la obra en su conjunto un tono cómico y constantes revulsivos.

Los encargados de introducir las subtramas y generar triángulos amorosos recaen principalmente en Rogozhin –interpretado por un enorme Jorge Kent, al que había visto en obras anteriores como Cronología de las bestias o Luces de bohemia– y Gavrila –a quien da vida un desafiante, misterioso  y sensacional Alejandro Chaparro, protagonista en montajes como Barro. Este actor y su compañero Fernando Sainz de la Maza, como el correveidile y bondadoso Kolia, son los dos integrantes de la Joven Compañía.

Los recursos técnicos y escenográficos están a la misma altura que la dirección, adaptación y actuación del reparto. El mismo Gerardo Vera permanece al frente de una escenografía funcional (siete sillas, dos sillones tipo chaise longe, mesas y cuadros) y diáfana dando todo el protagonismo a los actores. Como defensor del uso de la videoescena y admirador del trabajo de Álvaro Luna, con magistrales aportaciones en El curioso incidente del perro a medianoche o La strada, la inclusión de este recurso en la obra es sensacional. En la pantalla podemos observar los rostros desfigurados y deshumanizados de los protagonistas. Un peculiar espejo donde ellos mismos pueden verse cómo son y se comportan realmente. La música es definida por Vera como “descomunal”, al mezclar “partiduras desde Prokoiev, Sakamoto, Tom Tykwer a Chopin, Beethoven, Shostakóvich y Dvorák”, un compendio sensorial y emotivo acorde con cada escena. El vestuario por Alejando Ándujar nos recuerda que estamos en la fría, imperial y decante Rusia de mediados del siglo XIX. Por último, un fijo y maestro Juan Gómez Cornejo nos invita, con una iluminación cenital e intimista, a reflexionar sobre todos los aspectos de esta grandiosa obra. Por todo ello, si Fiódor Dostoievski levantara la cabeza estaría orgulloso de esta adaptación.


El idiota sin idiocia es pureza, bondad y lucidez en esta sensacional adaptación con una dirección sobresaliente y una magistral actuación


Alberto Sanz Blanco
Periodista

Autor: Fiódor Dostoievski
Versión: José Luis Collado
Director: Gerardo Vera
Reparto: Alejandro Chaparro, Fernando Gil, Ricardo Joven, Jorge Kent, Vicky Luengo, Marta Poveda, Fernando Sainz de la Maza, Yolanda Ulloa y Abel Vitón
Lugar: Teatro María Guerrero (C/Tamayo y Baus, 4. 28004 Madrid)

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