EL JARDÍN DE LOS CEREZOS: “UN LUGAR LLAMADO TEATRO” - Canal Hablamos

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05 marzo 2019

EL JARDÍN DE LOS CEREZOS: “UN LUGAR LLAMADO TEATRO”



La vida es un presente continuo con un final incierto. Pero detrás de reflexiones filosóficas la vida no sería tal sin nuestros recuerdos, normalmente de la infancia. Una fragancia, una casa de muñecas, o un pequeño coche de carreras. Estímulos, lugares u objetos para nosotros significativos y que perderlos supondría despojarnos de una parte de nosotros mismos. Aunque la vida también es eso. El paso del tiempo, las distintas formas de afrontarlo o la decadencia física y espiritual son algunos de los temas de esta obra chejoviana representada en el Teatro Valle - Inclán.

Ernesto Caballero, director de la representación, nos invita a adentrarnos en el texto de uno de los santos laicos del relato y viajar a la Rusia de finales del siglo XIX para conocer la historia de una familia aristócrata cercana a la ruina. La mala administración de su riqueza puede llevarles a perder toda su hacienda, incluido el Jardín de los cerezos, el lugar sacrosanto de la infancia de la dueña de la finca, Lyubov Andreyevna, (Carmen Machi) y de su hermano, Gaveb, (Secun de la Rosa). Sin embargo, Lopahim (Nelson Dante), un comerciante venido a más, le propone otra alternativa: convertir su hacienda en un centro vacacional, aunque ello supondría un reacondicionamiento de la finca y la tala del jardín. Esa disyuntiva será el eje basculador de la familia aristócrata, de su servicio doméstico y de los demás personajes que conforman un relato ficticio muy real.

Para los amantes del teatro siempre es un honor visionar los textos de Antón Chéjov, maestro del relato corto y considerado como uno de los más importantes escritores de este género en la historia de la literatura. Pese a su breve vida, murió a los 44 años, este prolífico escritor y dramaturgo ruso nos ha dejado más de dos centenares de cuentos y casi una veintena de obras teatrales. No siempre la cantidad va ligada a la calidad, aunque en el caso de Chéjov, sí son sinónimos. Resulta complicado resumir su extensa herencia literaria en pautas concretas, aunque en todos sus textos enocntramos una variante psicológica del realismo y el naturalismo. En román paladino significa que sus obras están construidas con personajes arquetípicos representantes de una época, fácilmente extrapolable a cualquier otra, y envueltas en un sutil simbolismo.


En el teatro, como en cualquier disciplina, la obra y personalidad del autor siempre están sujeta a interpretaciones. Algunos le han descrito como el cabecilla literario de la revolución rusa, otros como el adalid de la ruptura del antiguo régimen soviético, otros han destacado la labor humanitaria como médico y otros, simplemente, le han visto como un romántico empedernido amante de la naturaleza. No es mi pretensión decantarme por una u otra postura pero sí mostrar la variedad de prismas, algunos contrapuestos, de sus obras. Traducido, todo ello, en la complejidad de llevar dichos textos a los escenarios.

La inteligencia y experiencia de Ernesto Caballero, condecorado dramaturgo y director de escena, le llevan a realizar una contundente declaración de intenciones en el programa de mano, precisamente para advertir a los academicistas teatrales que su visión de Chéjov es la que se muestra en esta propuesta teatral y que es tan lícita y válida como las que anteriormente he expuesto. Antes de entrar a valorar su trabajo, le felicito de antemano por su valentía a la hora de alejar fantasmas y estar prevenido de críticas venidas de nostálgicos clasicistas teatrales.

En la recta final de su periodo como director del Centro Dramático, Caballero concibe El jardín de los cerezos como: “la vida entendida, no como un cuento absurdo lleno de furia y ruido, sino como un sutil juego tragicómico, acaso necesario para hacernos olvidar la ineludible tala a la que estamos abocados”. En esta descripción tenemos el género predominante de la representación, el tragicómico, aunque de nuevo sujeto a interpretaciones, pues en la primera adaptación de la obra, bajo la dirección de Stanislavski, el propio Chéjov afirmó “esto no es Chéjov” al obviar la dimensión cómica del libreto. En la propuesta de Caballero sí aprecio el carácter cómico, entendido en su variante burlesca, cómica, caricaturesca y cuasi vodevil, especialmente en los personajes representantes del declive económico de la aristocracia rusa, ante el rápido crecimiento de la nueva clase burguesa, y en aquellas familias de sirvientes cuyos herederos se habían enriquecido poniendo en jaque la opulenta forma de vida de las clases adineradas tradicionales.


Otra de las virtudes de la dirección de Caballero, director de obras como Doña Perfecta (2012), Montenegro (2013) o La autora de las meninas (2017) es potenciar el simbolismo del libreto. Para ello destaca, desde mi óptica,  las escenas concretas –los protagonistas eligen determinados lugares y objetos de la casa porque significa algo para ellos– el juego de posiciones en las diferentes líneas del escenario, el subtexto –entendido como aquello que está por debajo del personaje teatral, el significado profundo y que da sentido al papel interpretado–  y la comunicación, o en ocasiones incomunicación, no verbal por medio da la gestualidad y de  "conversaciones con el silencio”, como lo denomina el maestro Stanislavski. No me convence tanto la relación entre las escenas y los tempos de la representación. No por su duración, casi dos horas, sino porque cuando los personajes han mostrado todas sus cartas, considero que existe una recreación innecesaria en escenas propias del teatro de variedades para escenificar la incapacidad de los protagonistas de enfrentarse a sus problemas. Otros de los aspectos positivos son la fluidez y frescura de las escenas y el ritmo cinematográfico que estas cogen. Da la sensación, gracias a las entradas y salidas de los personajes, que el espectador también está en esa casa y visualiza el onírico jardín de los cerezos.

Los encargados de materializar el libreto son los cuatro actores y nueve actrices. Todos están a un alto nivel interpretativo y proyectan sus respectivas idiosincrasias. Como antes hice referencia, en este tipo de obras donde la farsa y psicología social se dan la mano es fundamental que el artista interiorice los sucesos de la vida de su personaje para mostrarlo a los presentes. El reparto no solo lo consigue, sino que tiñe a dichos personajes de un cariz humano donde el espectador se ve reflejado.

Por el extenso elenco, resulta difícil dedicar un espacio para tratar a cada uno de los personajes. La historia sitúa como protagonistas a  Lyubov Andreyevna  y a Gaveb. El primero es interpretado por una gran Carmen Machi. Siempre es un placer ver a esta archiconocida actriz de teatro, Cronología de las Bestias, cine, Perdiendo el este, y televisión, Aída, en las tablas por su facilidad para el cambio de registro y por su presencia y fortaleza escénica. En esta ocasión da vida a una dadivosa y despreocupada dueña de la finca, la cual puede perder. Le acompaña Secun de la Rosa, quien encarna al hermano del anterior. Este actor de enorme curriculum, más de una veintena de obras teatrales y una treintena de participaciones en series televisivas, sabe mantener con elegancia, gracia y donaire la actitud ampulosa, deslenguada y pasional de su personaje sin caer en el absurdo. También forman parte de esta familia rusa, la Joven Ania –a quien da vida con soltura y sensibilidad Isabel MadolellVarya, –representada con una mezcla de coraje y tristeza por Miranda Gas– y dos allegados, Tromifov, un eterno y erudito estudiante anarquista genialmente interpretado por Tamar Novas y la misteriosa institutriz Sharlotta, a quien da vida la polifacética actriz de teatro, cine y televisión Carmen Gutiérrez.



Otro de los personajes sobresalientes y generador del conflicto es Lopahim, un comerciante con recursos, cuyos padres fueron sirvientes de la familia. La metamorfosis de su papel va acorde con la actuación de Nelson Dante. Este actor porteño –formado en teatro, música y danza con varias participaciones en obras y series televisivas– comienza la función con un perfil bajo, por exigencias del guion, pero con el paso de los minutos su crecimiento es imparable y actor y personaje terminan dominando la representación. Los sirvientes y encargados del servicio aportan fluidez y tono cómico como el andrógino Firs (Isabel Dimas) –gracias a la perfecta caracterización de Chema Noci- el galante Yasha (Didier Otaola), la histriónica e incorregible Duniasha (Karina Garantivá) el depresivo Yepijódov y el terrateniente bonachón Pischik (Chema Adeva). Todos ejecutan acciones grupales, distributivas y vistosas en el escenario de caja negra.

En un primer momento, la construcción escenográfica, a cargo de Paco Azorín, no fue de mi agrado al esperar una recreación de las estancias de una lujosa Isba; sin embargo, con el paso de las escenas la propuesta diáfana bajo una plataforma móvil de madera me fascinó; al igual que la puerta corrediza ubicada al fondo del escenario. De ese modo, todo el protagonismo es para los movimientos del reparto, a cargo de Carlos Martin, y la pequeña casa de muñecas de alto valor simbólico. Por si no fuera suficiente, esta construcción teatral también guarda secretos de ambientación que producen pequeñas catarsis y el pertinente, tridimensional y envolvente uso de la videoescena, por Pedro CHamice, en los laterales y la parte trasera le dan un valor añadido. Por no hablar de la correcta, sombría y acogedora iluminación de Ion Anibal y los acordes musicales de Luis Miguel Cobo. Todos estos recursos, las pautas correctas del director y la buena ejecución del reparto hacen que El jardín de los cerezos también sea patrimonio del espectador.


El juego de la vida, la mezcla de simbolismo y naturalismo, el paso del tiempo y del dinero, el teatro del maestro Chéjov y esta propuesta teatral conforman El Jardín de los cerezos



Alberto Sanz Blanco
Periodista

Autor: Anton Chéjov
Versión y dirección: Ernesto Caballero
Reparto: Chema Adeva, Nelson Dante, Paco Déniz, Isabel Dimas, Karina Garantivá, Miranda Gas, Carmen Gutiérrez, Carmen Machi, Isabel Madolell, Fer Muratori, Tamar Novas, Didier Otaola y Secun de la Rosa.
Lugar: Teatro Valle-Inclán (Calle de Valencia, 1, 28012 Madrid)

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