LA GOLONDRINA: EL VUELO TEATRAL MÁS HERMOSO, EMOTIVO Y HUMANO - Canal Hablamos

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26 marzo 2019

LA GOLONDRINA: EL VUELO TEATRAL MÁS HERMOSO, EMOTIVO Y HUMANO



En alguna ocasión, probablemente, habremos soñado con dar marcha atrás a nuestro reloj, para modificar algunas de nuestras actitudes o decirle a alguien lo que realmente sentíamos, aunque sepamos que no es posible. Sin embargo, después de ver esta sensacional obra en el Teatro Infanta Isabel ya no sea necesario el lamento porque, al igual que sus protagonistas, hayamos aprendido la lección.

Guillem Clua, autor de la representación, nos invita a conocer la vida de la señora Amelia (Carmen Maura), una estricta profesora particular de canto que recibe a un nuevo alumno, Ramón (Félix Gómez). Este joven está muy interesado en perfeccionar su técnica vocal para cantar en el memorial de su madre recientemente fallecida. La canción elegida, La Golondrina, será el primero de los muchos puntos de unión entre maestra y aprendiz. A pesar de las reticencias iniciales, Amelia accede a ayudarle y en esa tarde ambos descubrirán que su pasado está marcado por un atentado islamista que sufrió la ciudad el año anterior y cuyas heridas no han conseguido cicatrizar. Entre reproches y confesiones sus destinos quedarán unidos para siempre en un canto unánime a la vida.

Cuando leí por primera vez la sinopsis, el argumento no me resultó del todo atrayente y esa sensación me invadió en los primeros compases de la representación. Craso error. Las obras, como los buenos guisos, para triunfar requieren de paciencia y, esta, es una prueba de ello. Guillem Clua, licenciado en Periodismo y autor de obras como Invasión (2012), Smiley (2012) o La revolución no será tuiteada (2013), nos regala un relato hermoso, emotivo y sobre todo humano. Como expone Clua en el programa de mano, nuestra condición “proviene de la capacidad de sentir como propio el dolor de los demás” y puedo confirmar que el espectador sentirá como propia la historia narrada por los dos personajes. La función gira entorno a un drama vital, ocasionado por un atentado terrorista; sin embargo Clua, con ingenio e inteligencia, no cae en el error de basar su texto en un melodrama barato con el fin de justificar el dolor de los protagonistas. De hecho, se aleja de sentimentalismos porque el ritmo narrativo del libreto es tan potente y progresivo, que no lo necesita. Además, paradójicamente, desde el drama es capaz de contar una historia de amor profundo.


El texto de Clua, adaptador de clásicos como La Ilíada (2016) y La Revoltosa (2017), es, desde mi óptica, un referente en la cartelera actual madrileña en el género dialogal y una muestra palpable de la capacidad sanadora y reflexiva del mismo. A través de la conversación entre estos dos personajes nos hace reflexionar, entre otros muchos temas, sobre nuestra identidad y la motivación de nuestros actos, la fragilidad del amor, la forma de afrontar una pérdida y qué camino queremos tomar ante una desgracia: el reproche, la recriminación y el odio o la comprensión, la empatía y el amor. En este sentido, puede parecer que algunas de las escenas están construidas desde el enfrentamiento para ver quién de los dos tiene la razón, pero únicamente es un choque de visiones, de mentalidades y de cómo afrontar el dolor. Resulta inevitable acordarse de la masacre del bar Pulse de Orlando, inspiración directa para el autor, o de las tragedias de la Sala Bataclán de París, del paseo marítimo de Niza, de Las Ramblas de Barcelona y un triste etcétera para tratar de comprender, según Clua, el sinsentido del horror, las consecuencias del odio y las estrategias de evitación y escape para no ser carcomidos por la pena.

La dirección recae en Josep Maria Mestres, prolífico director de escenas con más de sesenta trabajos como El Burlador de Sevilla (2018), El fantasma de Canterville (2018) o Los Gondra (una historia vasca) (2017). Su trabajo materializa y potencia las características del libreto antes mencionadas. Destacaría, gracias al buen hacer de actor y actriz, la ausencia de sobreactuación, aspavientos y movimientos innecesarios para mostrar dolor, rencor o pena. De esta forma, todo el protagonismo es para el contenido de los diálogos y permitir, así, que el espectador vaya conociendo en pequeñas dosis la relación entre los protagonistas y aumente su interés por la obra. Mestres también consigue otro de los objetivos iniciales: lograr que el público sienta como propio las vivencias de los personajes; o dicho de otro modo, sienta empatía por ellos y no los juzgue. Solo había que escuchar el leve silbido nasal, como anticipo al sollozo, fundido entre la sonoridad del aplauso final. La música, a cargo del pianista y arreglista Iñaki Salvador Gil, también ayuda en ese proceso de interiorización de lo plasmado sobre el escenario. Una suma de elementos emotivos y sugestivos difíciles de describir.

Resulta inevitable centrar nuestra mirada en la gran Carmen Maura después de cinco años sin pisar un escenario, lo hizo con Carlota en el teatro María Guerrero. Esta consagrada actriz de teatro cine y televisión da vida a Amelia, una severa profesora de canto. Su papel en los primeros instantes de la obra no reviste de mucha dificultad pero a medida que pasan los minutos sus sentimientos, algunos contradictorios, se agolpan. Esta división del personaje marca, desde mi óptica, la actuación de la chica Almodovar. Queramos o no, sus inflexiones de voz, su forma de caminar, su mirada penetrante y su vis cómica envuelven a la mayor parte de sus personajes y son su sello de identidad. No obstante, algunos de ellos cuestan acomodarlos en un papel de alto calado dramático. Las píldoras de humor, introducidas por Clua, sirven para rebajar ese componente trágico y son genialmente interpretados por la curtida actriz madrileña ganadora de cuatro premios Goya. Actriz y personaje llegan a fusionarse y con pocas palabras y gestos Maura logra comunicar, sugestionar y casi hasta convencerme de la postura materna tomada por Amelia ante la forma de llevar y combatir el horror de una masacre. Pocas actrices son capaces de conseguirlo.


Por su parte, Félix Gómez realiza un magnífico papel como Ramón, un hombre deseoso de perfeccionar su técnica vocal para rendir homenaje a su madre fallecida. Había visto a este actor de teatro y cine en algunas de sus apariciones televisivas, más de una veintena, pero nada comparable con presenciarlo en directo. Gómez va in crescendo a lo largo de la función y nos regala bellos y emotivos momentos interpretados con seguridad pero sobre todo con gran carga de verdad; como el final de la representación donde ambos personajes consiguen entenderse y dejarse llevar por La golondrina. Si no resulta nada fácil sobresalir en otras ocasiones, menos aún lograrlo ante una maestra del teatro.  

Como antes hice referencia es la suma de todos los elementos lo que consigue que sea una obra sobresaliente. Entre ellos se encuentran una escenografía simple pero práctica, a cargo de Alessio Meloni, y una iluminación intimista con sutiles degradados por el maestro Juan Gómez Cornejo. No conviene olvidar que la acción transcurre en una sola tarde pero de alta intensidad. Igual de intensos que los aplausos de los presentes puestos en pie.



La golondrina es el vuelo de tres vidas, representantes de otras muchas, resumida en una melodía e incrustada en una representación hermosa, emotiva y humana


Alberto Sanz Blanco
Periodista


Autor: Guillem Clua
Director: Josep Maria Mestres
Reparto: Carmen Maura y Félix Gómez
Lugar: Teatro Infanta Isabel (Calle del Barquillo, 24, 28004 Madrid)

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