LA VUELTA DE NORA: EL REGRESO INESPERADO CON ROSTRO DE MUJER - Canal Hablamos

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14 mayo 2019

LA VUELTA DE NORA: EL REGRESO INESPERADO CON ROSTRO DE MUJER



Toda acción en esta vida tiene consecuencias. Solemos ser conscientes de ello pero en el momento de tomar una decisión lo obviamos. El paso de los años puede ser una tormenta de arena refugio de sedimentos en forma de flecos no pulidos y que, antes o después, terminan saliendo. Al igual que en el Tango de Gardel, podemos tener “miedo del encuentro, con el pasado que vuelve, a enfrentarse con mi vida”. Si desean poner rostro y voz a esta y otras reflexiones les recomiendo acudir al Teatro Bellas Artes y disfrutar de esta representación.

El título no puede ser más descriptivo ni resumir mejor la acción de la obra. En La vuelta de Nora somos testigos del regreso de una mujer, Nora (Aitana Sánchez-Gijón), la cual quince años atrás abandonó su casa, a su marido Tolvald (Roberto Enrique), a sus tres hijos (Ivar, Bobby y Emmy, Elena Rivera) y a su niñera Anna Marie (María Isabel Díaz Lago); en definitiva, abandonó su anterior vida para buscar su felicidad. Ahora, Nora es una exitosa escritora feminista pero carente de libertad plena al descubrir que su todavía marido no formalizó los papeles del divorcio; y de ahí su regreso. Su vuelta resucitará fantasmas pasados, desempolvará acontecimientos olvidados y provocará una catarsis en la vida de esta familia.

El nombre de Nora es indisociable al de Henrik Ibsen, dramaturgo, creador y máximo exponente del teatro realista moderno. Ahora, el nombre de la protagonista también nos recordará a Lucas Hnath, autor de esta representación quien la devuelve a escena. No creo que haga falta incidir en la complejidad de hacer una continuación al texto del dramaturgo noruego, el cual causó sensación y revuelo a la vez, pero sí poner en valor su osadía y felicitarle por este trabajo. Desde mi óptica, Hnath continúa la senda de Ibsen y nos propone un texto realista y humano, desde el lado del espectador, y donde la estructura interna y externa son una, desde un punto de vista técnico. Por otra parte, la carga dramática ascendente y la profundidad psicología y cuasi sociológica envuelta en una sencillez estilística hace que hablemos de un libreto completo, pese a contar con algún fallo dramatúrgico como centrar el regreso de la protagonista en una petición de divorcio después de quince años.


Vale la pena detenerse en alguno de los temas centrales de la representación, como el matrimonio, el feminismo o la familia. Cada personaje tiene una visión de ellos y estoy convencido que el espectador tomará partido y empatizará con alguna de sus reflexiones, con la tranquilidad de poder ir variando a medida que avanza la acción. Uno de los errores al tratar temas candentes y de imperiosa actualidad, como los mencionados, es intentar –por parte del dramaturgo– esconder alguna moralina, inducir al espectador a una visión preconcebida o presentar un texto maniqueo donde las posturas de los personajes sean extremas y capciosas. Pero nada de esto ocurre en La Vuelta de Nora. Los ejes temáticos están al servicio de la obra, y no al revés, y con independencia de las opiniones particulares resulta bello y constructivo escuchar los argumentos de los protagonistas. Además, a mi juicio, sirve de termómetro para medir el avance de la sociedad y también para darse cuenta de cómo ciertos patrones todavía hoy continúan latentes y parecen reproducirse.

La dirección de La vuelta de Nora recae en Andrés Lima. Este polifacético actor y director –con más de una decena de obras a sus espaldas como Moby-Dick (2018), Sueño (2017) o Las brujas de Salem (2017) – consigue visualizar, personificar y esclarecer los ejes temáticos antes expuestos. Como nos tiene acostumbrados, la dirección de Lima viene acompañada de simbolismo y delicadeza. Los movimientos de los personajes, su rol sobre el escenario, sus entradas y salidas y el juego de alturas tienen un por qué; el cual evidentemente no destriparé e invito a mis lectores a descubrirlo. De su trabajo también destacaría su buen hacer para que el reparto –a pesar de la situaciones límites, trágicas y descarnadas de sus protagonistas– no caiga en la sobreactuación y sea capaz de describir con fidelidad y realismo las vivencias expuestas.

Los encargados de materializar lo anteriormente expuesto son este cuarteto de actores y actrices; todos ellos a un altísimo nivel y defendiendo a personajes profundos, complicados y fuertes defensores de sus posturas. La obra sitúa como protagonista a Nora, a quien da vida Aitana Sánchez-Gijón. Esta archiconocida y prolífica actriz de teatro, cine y televisión es uno de los nombres propios de la escena española y, a mi juicio, una maestra en introducirse en sus papeles. En esta ocasión da vida a una mujer aparentemente libre y de fuertes convicciones. De su personaje me fascina su defensa a ultranza de la independencia plena de la mujer, su visión disruptiva de la sociedad  y su alta capacidad de persuasión, en ocasiones cercana a la manipulación. Todo ello, interpretado por Sánchez-Gijón con gran realismo y fortaleza escénica.


Otro de los implicados directos de la trama es Tovald, todavía marido de Nora, interpretado por Roberto Enrique. Este actor, con amplia trayectoria en teatro (Arte, El pequeño poni), cine (Garantía personal, Gordos) y series televisivas (Gigantes, Vis a Vis), imprime a su personaje y a la obra en su conjunto un aire misterioso. La forma de ser de Tovald, viene marcada por la condescendencia en sentido negativo, por una amabilidad forzada, una actitud enconada y, en definitiva, por una superioridad moral masculina. Todos ellos calificativos y actitudes reprochables, pero gracias al intento de cambio de su personaje, al buen hacer de este actor leonés y a su convicción recitando su papel, quién sabe si el espectador puede llegar a comprenderle.

La visión de los hijos viene de la mano Elena Rivera, en su papel de Emmy; el cual me gusta especialmente al no estar plagado de sentimentalismos ni debilidades emocionales. La madurez, inteligencia y fortaleza vital de este personaje van en consonancia con la de esta actriz. De su actuación me quedo con su gran capacidad comunicativa, su llaneza y su actitud resolutiva. Probablemente asocien su nombre con alguna serie televisiva como Servir y proteger o Cuéntame, aunque después de ver esta obra la recordarán por este papel y seguro, por muchos otros futuros. Cierra el reparto María Isabel Díaz Lago, quien se viste de Anne Marie, la antigua niñera de Nora y, tras la marcha de esta, también de sus tres hijos. Su forma de ser viene gobernada por la aceptación y servidumbre sin cambio de paradigma posible. La claridad y llaneza de esta conocidísima actriz cubana, con más de una veintena de trabajos en teatro, cine y televisión, aporta momentos divertidos e incrementa el realismo de la representación al explicar con sencillez las opciones viables de la protagonista y enfrentarse a ella en varias ocasiones.

La construcción escenográfica, a cargo de Beatriz San Juan, continúa con el simbolismo de la dirección, al mostrar una habitación, cual casa de muñecas, con escasos elementos decorativos, con un juego de perspectivas pertinente y con un interesante marco simbólico. Las entradas y salidas de los personajes son abruptas y consiguen sorprender al espectador pero, salvo la escena donde Elena Rivera está en el tejado, no terminan de convencerme del todo al no encontrarla sentido. Por último, la iluminación, por Valentín Sánchez, y las notas musicales terminan de enmarcar este regreso inesperado.


En La vuelta de Nora asistirán a un complicado retorno cargado de cuestionamientos y reproches mientras disfrutan de una excelente interpretación en un bello marco simbólico


Alberto Sanz Blanco
Periodista


Autor: Lucas Hnath
Director: Andrés Lima
Reparto: Aitana Sánchez-Gijón, Roberto Enríquez, María Isabel Díaz Lago y Elena Rivera
Lugar: Teatro Bellas Artes (Calle del Marqués de Casa Riera, 2)


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