TRES SOMBREROS DE COPA: EL TRIUNFO TEATRAL DEL MUNDO ONÍRICO - Canal Hablamos

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08 junio 2019

TRES SOMBREROS DE COPA: EL TRIUNFO TEATRAL DEL MUNDO ONÍRICO



¡Qué sería del teatro sin los clásicos! Podemos plantear propuestas disruptivas, escenografías apabullantes o implementar los mejores efectos especiales, pero sin el sustrato teatral primigenio nada tendría sentido. Si desean retrotraerse a la España de los años 50 y disfrutar del texto de uno de los mejores comediógrafos del teatro castizo del siglo XX deben acudir al teatro María Guerrero.

Los espectadores, gracias a la producción del Centro Dramático Nacional, conocerán o recordarán la última noche de Dionisio (Pablo Gómez-Pando) antes de casarse. El joven prometido se hospeda en una habitación de un hotel, regido por el bueno de Don Rosario (Roger Álvarez), donde vivirá las horas más fulgurantes de su vida. Paula (Laia Manzanares), una joven cupletista, Buby (Malcolm T. Sitté), el protector de la anterior, y un sinfín de personajes circenses serán los encargados de mostrarle al timorato de Dionisio un nuevo mundo lejos de las ataduras y las convenciones morales.

Para los amantes del teatro resulta un honor visionar un texto del maestro Miguel Mihura y más concretamente este en cuestión por ser su primera comedia (escrita en 1932 aunque estrenada veinte años después) y reflejar tanto y tan bien en tan poco. Solo desde una mirada cómica y llevada al extremo podemos conocer y reflexionar sobre la forma de ser y de comportarse de estos personajes arquetípicos que, a pesar de parecer arcaicos o desdibujados, no distan mucho de otros personajillos bastantes reales.


La pluma de Miura es alargada y su ingenio desbordante porque sin él saberlo está inaugurando un teatro hasta entonces desconocido, que terminará catalogándose como absurdo. Probablemente el punto de partida sea la comedia del disparate, pero Tres sombreros de copa rompe con la concepción del teatro cómico anterior y va más allá de una mera caricaturización y parodia satírica de la contraposición de clases sociales; el texto, con rasgos autobiográficos, nos presenta formas diferentes de ver y concebir el mundo y nos ofrece nuevos paradigmas vitales, reales o no, envueltos en un enorme simbolismo donde lo real queda sumergido en lo imaginario.

La encargada de plasmar lo anteriormente expuesto es la directora, actriz y dramaturga Natalia Menéndez. No voy a reparar en la dificultad y responsabilidad de trasladar un clásico a los escenarios porque la experiencia y maestría de esta directora es dilatada –al frente de producciones como Mi niña, niña mía, Tartufo, un impostor, La amante inglesa o El invierno bajo la mesa– pero sí vale la pena detenerse en cómo ha sabido adaptar a los tiempos presentes la obra, potenciar las enseñanzas del texto y crear (porque los directores también crean) una obra de corte vodevil con sentido y elegancia.

Menéndez, quien dedica su trabajo a su padre, Juanjo Menéndez el cual la estrenó en el papel protagonista, cumple con la mayor parte de sus objetivos expuestos en el programa de mano: “proponer mundos contrarios, el de la noche y el día; el de las normas, rutinas y costumbres arraigadas en contraposición con el de la magia, el absurdo y el esperpento”. Su propuesta está basada en los contrastes y de ahí, además de las frases y comparaciones ingeniosas, nace el humor sutil e inteligente. En este sentido, su dirección plasma otras de las grandezas del texto: la fusión de la realidad con lo onírico. El protagonista a veces es partícipe de la acción y en otras ocasiones es un observador pasivo e incluso desaparece, como ocurre en los sueños. Esta conjunción –unida a la incorporación de elementos fantásticos percibidos como normales por los personajes–  me recordó al concepto de realismo mágico. No obstante, considero que existe un exceso de ambientación circense para reflejar el surrealismo y las situaciones disparatadas y rocambolescas.


Por otra parte, la puesta en escena viene marcada por la frenética sucesión de entradas y salidas cual vodevil. La imagen visual más acorde es la del camarote de los hermanos Marx en Una noche en la ópera, pero los movimientos, lejos de ser accidentados y torpes, son coordinados, rítmicos y melodiosos. Este último adjetivo, a mi juicio, es fundamental no solo por la música original y de ritmos variados propuesta por Mariano Marín, sino por la forma de recitar el texto de algunas de las actrices y por algún giño a sonatinas clásicas. En definitiva, una adaptación alocada, divertida, simbólica y sobresaliente.

El reparto brilla por su espontaneidad, que no improvisación, agilidad coreográfica (Mónica Runde), alegría y naturalidad. Cualidades a priori sencillas de implementar pero con la dificultad de mantenerlas durante los 95 minutos de duración. Como suele ser habitual en las producciones del Centro Dramático Nacional, el elenco, formado por 18 actores y actrices, es elevado y con perfiles y edades diversas lo que ayuda a ambientar de forma más precisa las situaciones en escena.

La obra sitúa como protagonista a Dionisio, un joven tímido, retraído algo mojigato y bohemio, como llega a describirle otro de los personajes. En pocas horas pasará a institucionalizar su relación con el matrimonio, algo de lo que no está plenamente convencido después de su última noche de soltero. El encargado de darle vida es Pablo Gómez- Pando. Este actor de amplia formación –con obras como El Buscón, La Estrella de Sevilla y Hamlet y con numerosas apariciones televisivas clava la cara de incomprensión ante el cúmulo de situaciones surrealistas en las que se ve envuelto. Sin embargo, su personaje bascula en la ambivalencia (su nombre ya predice la pugna entre su lado apolíneo y dionisíaco) porque en un momento determinado consigue abstraerse de la realidad para formar parte de ese circo. En este punto, Gómez - Pando sabe adaptarse aunque no brille por su vis cómica, estando más cómodo en escenas de menor comicidad. No obstante, el contraste con otros personajes como Don Rosario –genialmente interpretado por el experimentado actor Roger Álvarez en el papel de anciano bonachón, paternalista y servicial– o Sacramento, padre de la prometida –a quien da vida un genial Arturo Querejeta– es perfecto.


A su lado, casi sin despegarse, está  Paula, una joven extrovertida, pasional, astuta e ingenua, a la vez, sumergida en el mundo del espectáculo. La forma con la que Laia Manzanares le da vida es sensacional. Esta actriz, con participaciones en series televisivas, montajes teatrales y con un futuro prometedor, tiñe a su personaje y a la obra en su conjunto de simpatía e inocencia. Además, Manzanares nos regala lindas pataletas y situaciones explosivas donde saca su potencial dramático. Estas son protagonizadas junto a Buby, interpretado por Malcolm T. Sitté, quien a pesar de su brusquedad y actitud agresiva aporta el lado más realista de la vida y es el centro de las burlas por su color de piel.

Resulta complicado, debido al elevado número del reparto, desglosar cada actuación aunque, por justicia teatral, menciono la seducción cómica y caprichosa de María Besant, como Fanny. El potencial cómico de César Camino, como El Cazador Astuto. La robustez de Óscar Alló como El Forzudo Ingenioso. La explosividad y bonhomía de las actrices Tusti de las Heras, Lucía Estévez, Rocío Marín Álvarez, Alba Gutiérrez o Carmen Peña en sus papeles de las Chicas del Music Hall. La agilidad y buen estar de Manuel Moya (El Guapo Muchacho) y por último, el lado burgués, más frío y encorsetado; aunque nos deja situaciones divertidas y comprometidas de la mano del Odioso Señor (Mariano Llorente), el Anciano Militar (Chema Pizarro), el Alegre Explorador (Fernando Sainz de la Maza) y el Romántico Enamorado (Cayetano Fernández).

La construcción escenográfica, a cargo de Alfonso Barajas, hace honor a un escenario de grandes dimensiones. El elemento central, donde ocurre toda la acción, es la habitación del hotel, la cual es magníficamente recreada, ya desde la entrada a la sala, con plataformas abatibles como el baño o el vestidor. Además, me fascinó el juego de perspectivas repartido en diferentes líneas de acción. Soy partidario de la inclusión de elementos videográficos pero dada la excelente ambientación circense, con vestuario de Mireia Llatge, y la exquisita y variada iluminación del maestro Gómez Cornejo no son necesarios dichos recursos. En definitiva, una adaptación sobresaliente para quitarse el sombrero.


En Tres sombreros de copa disfrutarán de una adaptación alocada, divertida y simbólica del maestro comediógrafo Miguel Miura


Alberto Sanz Blanco
Periodista

Autor: Miguel Mihura
Dirección Natalia Menéndez
Reparto: Óscar Alló, Roger Álvarez, María Besant, César Camino, Lucía Estévez, Cayetano Fernández, Pablo Gómez-Pando, Alba Gutiérrez, Tusti de las Heras, Mariano Llorente, Laia Manzanares, Rocío Marín Álvarez, Manuel Moya, Carmen Peña Viciana, Chema Pizarro, Arturo Querejeta, Fernando Sainz de la Maza y Malcolm T. Sitté
Lugar: Teatro María Guerrero (Calle de Tamayo y Baus, 4, 28004)

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