LA FUERZA DEL CARIÑO: UNA PROFUNDA, EMOTIVA Y TEATRAL HISTORIA DE VIDA - Canal Hablamos

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08 octubre 2019

LA FUERZA DEL CARIÑO: UNA PROFUNDA, EMOTIVA Y TEATRAL HISTORIA DE VIDA



Quizá no haya amor más grande que el amor de una madre hacia sus hijos y, sin ser esto una regla universal, el sentimiento de cariño es infinito, profundo, sincero y duradero. Si desean poner voz y rostro a estas y otras emociones, disfrutar de la adaptación de un clásico y ver un reflejo teatral de la vida real pueden visitar el Teatro Infanta Isabel.

Los amantes del cine y prácticamente todos los interesados en la cultura asocian este título a la película estadounidense de comedia dramática, basada en la novela homónima de Larry McMurtry, dirigida, escrita y producida por James L. Brooks,  la cual obtuvo, entre otros muchos galardones, once nominaciones en nueve categorías de los premios Óscar alzándose con cinco estatuillas. El teatro, gracias a la dirección de Magüi Mira, permite recordar la vida de Aurora Greenway (Lolita Flores), una madre viuda de relación estrecha pero controladora con su hija Emma (Marta Guerras). Deseosa de escapar de la casa y de la sobreprotección materna, decide casarse con un joven profesor universitario Flap Horton (Antonio Hortelano) y comenzar una vida juntos. Con el paso del tiempo, y ya con una hija, los problemas económicos y emocionales afloran en el matrimonio aunque provoca un mayor acercamiento y apoyo emocional entre las dos madres. Además, la matriarca comienza un romance con su vecino, el astronauta retirado Garrett (Luis Mottola). Las desgracias continuarán cerniéndose sobre estos personajes pero siempre les quedará La fuerza del cariño.

La duda eterna cuando un espectador decide acudir al teatro es si debe optar por una obra cómica o dramática, quizá la respuesta pueda estar influenciada por su estado de ánimo. No obstante, esa diferenciación entre géneros cada vez es menor y la mejor prueba de ello es la obra melodramática producida por Jesús Cimarro. Al leer la anterior sinopsis, más aún después de haber visionado la obra, es fácil sentirse identificado con algunas de las escenas. Muchas de ellas forman parte de la vida normal de una persona. Aquí tenemos las primeras virtudes de esta representación: ser un espejo de lo cotidiano y común y proyectar valores humanos. Por este motivo, felicito a Magüi Mira, actriz de más de una quincena de obras teatrales y Medalla al Mérito de las Bellas Artes (2016), por embarcarse en este proyecto; pues a mi juicio uno de los fines del teatro, más allá de grandes escenografías y apabullantes efectos sonoros, es ser un reflejo de nuestra existencia, la cual está formada por instantes cómicos y por situaciones dramáticas. Qué bien define esta reflexión la directora en el programa de mano: “Estos cuatro seres, a pesar de sus grandes diferencias, celebran la vida de cada día.”

Una de las mayores dificultades en traducir una obra extranjera es adaptar el libreto a la realidad cultural del país para hacerlo propio. En esta ocasión, dicha trasposición es perfecta y el espectador podrá disfrutar de divertidos juegos de palabras con dobles sentidos, de gags y de diferentes tipos de humor. Mira, al frente de la dirección de obras como Las amazonas (2018), Consentimiento (2018) –por la que recibió el Premio Valle-Inclán de Teatro–o La velocidad del otoño (2017), decide comenzar y encaminar la representación desde un prisma cómico otorgando a la función de un ritmo ágil, ligero, divertido y algo superficial. Como ella misma define, “(los personajes) transitan la vida veloces, con un corazón trepidante que apenas les permite gozar del fondo hermoso y profundo del paisaje”. Esto permite el divertimiento del espectador y, también, una catarsis inesperada cuando el tono cambia.


Poco a poco, y de forma silenciosa, la obra adquiere tintes dramáticos, la representación se ralentiza, “la vida tiembla y el temporal se lleva la ropa y (los personajes) tiritan de frio. El viaje se detiene”. Gracias a esta variación en el género podemos extraer lecciones tanto teatrales como vitales. Estas últimas se las dejo a ustedes. Con respecto a las primeras queda aún más meridiano el elemento central de la representación: la incomunicación entre los personajes, principalmente entre madre e hija y su reflejo en las relaciones entre ellos. Lo trágico y la forma de interrelacionarse otorgan a la obra de un carácter simbólico adquiriendo especial relevancia elementos como el teléfono o la disposición de los dos actores y actrices en escena. La magia del teatro permite trazar una línea vertical imaginaria, traspasable o no, en función del momento por un reparto omnipresente ubicado a ambos lados del escenario. Otro elemento simbólico muy valioso.

La actuación de los cuatro artistas va, como no puede ser de otro modo, en consonancia con la fusión de las dos categorías teatrales antes expuestas. Considero pertinente, dada la carga de humanidad y realismo de la obra, destacar el elemento subtextual, entendido como aquello que está por debajo del personaje teatral, al significado profundo y que da sentido al papel interpretado; en definitiva, responde al “por qué”. Este ingrediente teatral es bien interpretado por el elenco y ayuda a los espectadores a entender las reacciones de sus respectivos personajes; si bien, observé una cierta sobreactuación en los primeros compases de la obra.

Como afirmaba, el peso central recae en las relaciones materno-filiales entre Aurora y Emma. La madre omnipotente, sobreprotectora y aguerrida es interpretada por la gran Lolita Flores, quien puso el listón muy alto en  el papel protagonista de Fedra (2018). En esta ocasión la curtida actriz de teatro, cine y televisión vuelve a regalarnos su fortaleza y arrojo escénico y su buena adaptación en los cambios de registro –más segura en los momentos cómicos– pues los espectadores podrán observar su realismo y emotividad, sin filtros, al recitar su texto en el papel de madre y su histrionismo e hilaridad en los instantes más surrealistas. No pasa desapercibido el vestuario, diseñado por el maestro Lorenzo Caprile, elegido para la mayor de los hermanos Flores: un camisón blanco de lencería atrevida y fina. Quizá para dar una imagen de madre y abuela fuerte y pura.

A su lado, bien por teléfono o bien acurrucada en el nido materno, está Emma a quien da vida Marta Guerras, quien a pesar de su juventud cuanta con gran bagaje en teatro (La Comedia de las Mentiras, 2017), cine (Mi gran noche, 2015) y series televisivas (Bandolera 2010,2012). Precisamente vi a esta actriz en la anterior obra teatral mencionada y me quedé con ganas de más. Objetivo conseguido. Guerras nos ofrece una expresividad bárbara con una marcada y transparente gestualidad facial y corporal en un personaje que pasa de la mayor de las felicidades a la más postrera de las tristezas. Un papel profundo y oportuno para la reflexión de los presentes y para el fuerte aplauso a esta actriz madrileña.


Los papeles masculinos sirven para entender y complementar la vida de estas dos mujeres. Por un lado, Antonio Hortelano se viste de Flap, profesor universitario y marido de la joven protagonista. He visto en numerosas ocasiones a este actor valenciano (Burundanga, 2011 y Venus, 2018) y este es su papel más extraño con tintes grotescos al tener que imprimir un aire bohemio y erudito a un personaje lento, torpe en sentimientos y aparentemente servido en lo personal y profesional. Hortelano, sabe cómo hacerlo y está correcto en este difícil papel. Por su parte, Luis Mottola se viste de Garret un astronauta retirado, soberbio y perdido en el mundo de los humanos. Los últimos trabajos de este polifacético actor y formador argentino han estado muy relacionados, precisamente, con Lolita Flores, tanto en Fedra como en Prefiero que seamos amigos, quizá por eso pueda notarse una gran complicidad en escenas tanto sensuales como cómicas. Su relación en el escenario me recodó al género de la alta comedia contemporánea caracterizado por el flirteo, la conquista y la seducción. Además, Mottola aporta un toque de surrealismo con el personaje en sí mismo, las entradas y salidas y su buena actuación cargada de vis cómica.

Los elementos escenográficos y técnicos van en consonancia con el carácter simbólico de la representación. Los primeros, diseñados por Curt Allen Wilmer, sorprenden por su parquedad y obscurantismo.  Al lado izquierdo preside el escenario una cama de grandes dimensiones (lugar donde todos nacemos y morimos), al derecho una escalera (donde cada peldaño es una nueva fase o nivel de conciencia hasta llegar al cielo) y en el foro del escenario una sucesión de puertas. No hubiera sido desdeñable haber sacado más partido a la parte superior con el uso de la videoescena para, por ejemplo, conocer más información de los protagonistas en sus saltos temporales. En el apartado técnico todo fluye a la perfección, desde el espacio sonoro, por Jorge Muñoz, hasta el diseño de iluminación intimista con juegos de luces y sombras por José Manuel Guerra. Las mismas luces y sombras que tiene esta honda historia de vida llevada al teatro.  


Un canto a la vida en una obra humana, profunda y emotiva donde la comedia, el drama y el buen hacer del reparto confluyen para enseñarnos La fuerza del cariño


Alberto Sanz Blanco
Periodista

Autor: Larry McMurtry
Directora: Magüi Mira
Reparto: Lolita Flores, Luis Mottola, Antonio Hortelano y Marta Guerras
Lugar: Teatro Infanta Isabel (Calle del Barquillo, 24, 28004)

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