ESPERANDO A GODOT: LA TEATRAL PERSISTENCIA ABSURDA DE NUESTRAS VIDAS - Canal Hablamos

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20 diciembre 2019

ESPERANDO A GODOT: LA TEATRAL PERSISTENCIA ABSURDA DE NUESTRAS VIDAS



El tiempo es el instante comprendido entre la realización de una acción y otra. Ese lapso a veces queremos detenerlo, otras adelantarlo e incluso “matarlo”. Si desean emplear bien su tiempo pueden acudir al Teatro Bellas Artes y admirar una obra culmen del teatro del absurdo. No tarden demasiado en decidirse porque quizás el protagonista nunca llegue pero la obra sí dirá adiós el 5 de enero.

Gracias a esta propuesta de Antonio Simón, el público podrá conocer, o recordar, la obra escrita por Samuel Beckett a finales de los años 40 y a sus seis emblemáticos personajes. En un lugar indeterminado, sobre unas vías con un viejo árbol de fondo, Vladimir (Alberto Jiménez) y Estragón (Pepe Viyuela) esperan la llegada de Godot, con quien parecen haber quedado. Entre conversación y conversación aparecen un hombre cruel y dueño de la tierra, Pozzo (Fernando Albizu) y su criado Lucky (Juan Díaz) a quien tiene atado a una cuerda. Tras la salida de ambos, después de haberse entretenido mutuamente, entrará en juego un Joven (Jesús Lavi) con un mensaje de Godot para los dos vagabundos: “Aparentemente, no vendrá hoy, pero vendrá mañana por la tarde”.

Así descrito pueden pensar que nada acontece pese a suceder algo sobre el escenario y, en efecto, ese estatismo está presente. La explicación la encontramos en el género del absurdo. En ocasiones, usamos este adjetivo, absurdo, para referirnos a hechos sin lógica o a acciones opuestas a la razón con un matiz peyorativo, pero en la categoría teatral adquiere un sentido mayor y más profundo. El escritor irlandés Samuel Beckett, uno de los principales cultivadores del género, trató de plasmar en su obra –con texto en francés– el recurrente tema del existencialismo y más concretamente el significado de la vida en una espera constante. Estos asuntos pueden rozar la barrera de lo metafísico-filosófico pero una vez asistan a la representación tomarán conciencia de que algunas de las acciones de los protagonistas son similares a las realizadas por nosotros en nuestro día a día ¿O caso no nos hemos inventado algún juego para pasar el rato? Este proceso de abstracción es la primera de las virtudes del director de la representación.


Antonio Simón, ilustrado director al frente de una treintena de construcciones teatrales, dirige con atino, respeto e inteligencia un texto que a su juicio “es un símbolo universal” y forma parte de “la imaginación colectiva”. En obras de gran calado y de difícil entendimiento, como esta, la labor de dirección debe ir encaminada a clarificar lo más posible la trama sin perder el sentido ilógico con el que fueron concebidas. Esta difícil tarea es resulta con pertinencia y maestría por este director de dilatada formación y supone un nuevo acierto de Pentación y de su productor Jesús Cimarro. Así, el espectador será testigo de diálogos y frases repetitivas –algunas empleadas como hilo musical–, una trama con escasa continuidad y unos personajes incomprendidos con una concepción particular de la vida.

El director es capaz de plasmar a unos protagonistas vacíos, aferrados y atados a su destino y sin rumbo, con edades cercanas a los cincuenta pero con comportamientos infantiloides, reflexiones sin conclusión y digresiones sin sentido aparente. Personas alienadas, aferradas y atadas a su destino sin capacidad para entender aquello que les rodean, sin reconocer el tiempo ni el espacio e incluso sin fuerzas para realizar determinadas acciones simples; en palabras del director: “raudales de humanidad en personajes desamparados, errantes y desacoplados”. Todo ello en el marco de una espera que parece no tener fin. Estos planteamientos, basados en un desasosiego vital, engarzan con lo trágico pero, por difícil que parezca, puede tener un punto cómico. Este es precisamente otro de los pilares de la dirección de Antonio Simón, cuyo resultado es sobresaliente, porque por un lado rebaja el tono psicológico, claustrofóbico y abstracto permitiendo un disfrute más real al espectador de un relato basado en el humor y la amistad y, a su vez, termina de perfilar el género del absurdo. Un humor que ayuda a trivializar las desgracias y da sentido al subtítulo de la representación: Tragicomedia en dos actos.

No teman si no entienden alguna parte porque en este tipo de teatro es más importante el todo. Intenten no sucumbir al hastío por la repetición de escenas o frases (pese al enorme esfuerzo del director por reducirlas) e intenten apreciar en ellas sentidos diferentes. Deléitense con “las conversaciones con el silencio”, como bien exponía Stanislavski, otra de las virtudes de esta adaptación. Hagan un esfuerzo por comprender a los protagonistas, humanicen con ellos y no hagan muecas de incomprensión; muchas de nuestras conversaciones o acciones diarias superan la absurdez de lo llevado a escena. En definitiva, disfruten de “Un espectáculo fundamentado en la humanidad y comicidad de sus sensacionales actores, en la palabra y el espacio, en la poesía y el humor”, como bien resume su director en el programa de mano y, lo más importante: consigue hacerlo realidad.


Este cúmulo de aparentes sinsentidos resulta muy complicado de escenificar, pero los cinco actores en escena –ataviados con el vestuario diseñado por Ana Llena con los característicos bombines incluidos– parecen haber encontrado un motor de acción al interpretar con destreza y excelencia a cada uno de sus personajes. Los ojos de los espectadores están posados en la pareja de lisiados mendigos (personajes recurrentes en el universo beckettiano) unidos por una amistad fraternal, cuyas esperanzas de encontrar al misterioso Godot parecen intactas. En definitiva, una pareja de amigos a expensas de que algo o alguien cambien sus vidas, mientras intentan divertirse con naderías e incluso tontean con el suicido como un juego inocuo a la altura de quien come pipas o hace un crucigrama. 

Al primero, Vladimir, le da vida un excelente Alberto Jiménez, capaz de poner voz a la angustia intelectual, al carácter paternalista y a la elocuencia de su personaje. Este actor de teatro (El ángel exterminador), cine (249, La noche en que una becaria encontró a Emiliano Revilla) y series televisivas (Olmos y robles) guía, con gracia y donaire, la representación, enfoca la acción y es el encargado de introducir las píldoras filosóficas. Por el contrario, Estragón nos sorprende con su carácter pragmático, inestable y sus ausencias de memoria y es interpretado por un sobresaliente Pepe Viyuela. Su dilatada experiencia en teatro, cine y televisión le llevan a brillar sobre el escenario con uno de los papeles más complicados sobre las tablas. Su vis cómica, marcada gestualidad facial y corporal, así como sus inflexiones de voz, ya son un sello propio, pero además imprime a su personaje con voz senil una bondad y naturalidad sobresalientes. En definitiva, el tándem Jiménez- Viyuela brilla por su comicidad a la altura de las grandes parejas como El Gordo y el Flaco y nutren a la representación de enorme comicidad, ternura y fragilidad.



La abrupta aparición de Pozzo y su esclavo Lucky suponen un revulsivo en la representación. Fernando Albizu se mete en la piel de un hombre déspota y explotador y demuestra, con su fortaleza, viveza e ímpetu sobre el escenario, por qué es un todoterreno de las artes escénicas. El personaje más enigmático es interpretado por  Juan Díaz al convertirse en un animal de carga con forma y rostro humanos. Este actor, de conocidas series televisivas con casi una treintena de obras teatrales, pasa más tiempo tumbado por los golpes que de pie y, con elegancia, consigue mantener el tipo para regalarnos uno de los momentos más brillantes, interpretativamente hablando, de la obra, que –por supuesto– no desvelaré. Cuando la función parece marchitarse, sin más cambios, la aparición de Jesús Lavi en la piel de un joven criado, inhala un halo de esperanza a los personajes y también al público. Este actor, integrante en La Joven Compañía con experiencia en dirección, es el aire fresco y aporta –con bondad, inocencia y alegría– el carácter cíclico representativo de este género y de la obra en concreto.

En obras pertenecientes al teatro del absurdo es casi tan importante el qué (libreto) como el cómo (espacio) y en este último, la escenografía es la pieza fundamental. En tal complicada labor, Paco Azorín acierta con la reproducción exacta de las vías férreas entrecortadas y custodiadas por el tradicional árbol beckettiano, centro del tan esperado encuentro. Algunos lo han asociado a la cruz de Jesucristo siguiendo con la interpretación religiosa implícita de la obra, donde God-ot puede ser Dios, pese a ser rechazado por el propio escritor. Donde no hay duda es en el simbolismo expresado y potenciado gracias a la iluminación intimista de tonos obscuros de Pedro Yague, acompañada de sorpresas lunares, y con el espacio sonoro de Lucas Ariel Vallejos con una tenue música de fondo. Un oscurantismo existencial con esperas merecedoras de ser contadas sin perder nunca el humor y la esperanza.  


Un clásico del absurdo llevado a escena con inteligencia, comicidad, ternura y fragilidad gracias a la buena dirección y al sobresaliente reparto donde todos seguimos Esperando a Godot


Alberto Sanz Blanco
Periodista @AlbertoSBlanco

Autor: Samuel Beckett
Director: Antonio Simón
Reparto: Pepe Viyuela, Alberto Jiménez, Juan Díaz, Fernando Albizu, Jesús Lav
Lugar: Teatro Bellas Artes (Calle del Marqués de Casa Riera, 2, 28014)


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