LA FIESTA DEL CHIVO: UN TRISTE RELATO TEATRAL CON VOZ Y MEMORIA - Canal Hablamos

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10 diciembre 2019

LA FIESTA DEL CHIVO: UN TRISTE RELATO TEATRAL CON VOZ Y MEMORIA


La ausencia de libertades individuales y colectivas, la pérdida de identidad de la persona para convertirse en un ser inerte a merced del líder, la sacralización del caudillo por medio del culto a la personalidad o, en un plano más palpable, los genocidios por razón de raza son características de algunos de los regímenes dictatoriales que han asolado países de Latinoamérica. Si desean aproximarse a uno de ellos deben visitar el Teatro Infanta Isabel y hacer suya la frase de "aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla". 
Los amantes de la literatura y del teatro, junto o por separado, están de enhorabuena al poder disfrutar de la adaptación de esta obra escrita por el maestro Mario Vargas Llosa gracias a la dirección de Carlos Saura, a la adaptación de Natalio Grueso y a un reparto sobresaliente. El espectador podrá viajar desde su butaca a la República Dominica de los años de Rafael Leónidas Trujillo (Juan Echanove).  Un pueblo bajo el yugo del pánico de este sátrapa rodeado de su cohorte pretoriana entre los que destacan el jefe del Servicio de Inteligencia Militar, Abbes (Manuel Morón), el embajador Manuel Alfonso (Eduardo Velasco), el senador Cabral (Gabriel Garbisu) y el estadista Balaguer (David Pinilla).  Sus días en el poder, atrocidades y excesos serán narrados desde la mirada de Urania Cabral (Lucía Quintana). Un relato personal y desgarrador en primera persona para conocer aquellos años negros teñidos de sangre, dolor y miedo.
La literatura latinoamericana nos permite acercarnos a pueblos hermanos y conocer su realidad histórica, cultural y social. Por desgracia, algunas de sus etapas están marcadas por las zarpas de dictadores, las cuales también debemos conocer. Este es el ejercicio que nos propone el premio Nobel de Literatura (2010) y el Cervantes (1994) en La fiesta del ChivoVargas Llosa, a mi juicio uno de los mejores escritores de lengua española, con la publicación de esta novela (2000), revolucionó -en sentido artístico- el panorama literario de géneros característicos latinoamericanos y en especial del subgénero de la novela de dictador. Las obras circunscritas a esta categoría examinan la relación entre el poder, la dictadura y la literatura con hechos reales, ficticios o la suma de ambos. Lo novedoso de la obra que nos ocupa es su estilo realista, algo que engarza con esta adaptación teatral. Otra de las esencias de esta novela del intelectual y humanista liberal peruano, que la hace única, es narrar una historia personal dramática (una parte de un todo), para conocer la figura del dictador y la cosmovisión social creada (el todo). El riesgo está en no saber equilibrar ambas realidades y no lograr ninguno de los propósitos, error no aplicable en este caso gracias a la maestría del que considero sucesor literario de García Márquez.



Igual que cada ciencia tiene su propio vocabulario, el encargado de trasponer el lenguaje literario al teatral es el adaptador; en esta representación esa labor recae en Natalio Grueso, experto en gestión cultural y relaciones internacionales y autor de La Soledad (2014), quien realiza un trabajo solvente al simplificar los hilos narrativos, clarificar los saltos temporales sin merma en el interés del respetable, potenciar los monólogos y soliloquios de los personajes y en definitiva, aportar fluidez al relato, pese a un exceso de contexto. Por tanto, quien fuera director del Teatro Español y de las artes escénicas de Madrid es fiel a la novela original, respeta la doble naturaleza del relato con hechos tanto ficticios (familia Cabral para mostrar las dos caras del régimen) como reales en sus dos etapas (el genocidio de haitianos en 1937, lemas: "Trujillo manda en la tierra, Dios manda en el cielo" o la ostentosa y ruinosa Feria de la paz con la ceremonia de coronación de su hija en 1955) y sabe encaminar el texto hacia lo realmente importante, el desgarrador relato de la ya no tan joven protagonista. 
El encargado de poner en valor todo lo mencionado anteriormente y ofrecérselo a los espectadores es Carlos Saura, quien a sus casi 90 años demuestra no haber perdido su mirada profunda y estética y su inteligencia artística. Hace escasos meses dirigió con atino y enorme éxito la adaptación teatral de El coronel no tiene quien le escriba y con este trabajo, donde conserva algunos de los rasgos, demuestra su maestría con la batuta. Saura, fotógrafo y director de cine con casi medio centenar de trabajos, consigue plasmar el objetivo inicial propuesto por el autor -quien ha dado su visto bueno y ha mostrado sentirse "tranquilo y emocionado"- potenciar los elementos simbólicos en la figura del apodado como "padre de la patria" y su tiranía e ir situando la carga dramática en las frases del personaje de Urania
Los tempos de la representación son esenciales al contar un relato desde una mirada retrospectiva y en términos generales son correctos. No obstante, observo de nuevo un exceso de contexto que juega en contra de la reacción del personaje Agustín Cabral, repudiado por el dictador. Con independencia de esto último, resultará emocionante al espectador escuchar los recuerdos narrados en primera persona mientras presencia escenas paralelas donde el tiempo presente y pasado queda fusionado. Un ejercicio muy cinematográfico pero difícil de lograr sobre las tablas, aunque Saura lo haga sencillo. 



El reparto capta la profundidad proyectada en el libreto y logra acomodar su personaje a la representación. Destaco este aspecto porque, en un primer instante, tuve cierto temor de ser excesivas o redundantes sus respectivas personalidades, pero desde una mirada global todas son pertinentes y nutren al conjunto de la obra. Como indica la fotografía central del programa de mano, el relato gira entorno a la figura histórica de los últimos años del dictador de la República Dominicana, Trujillo, representado por Juan Echanove. No entraré en qué supone el ponerse en la figura de un sátrapa, pero sí en la buena actuación de este actor -con casi una veintena de series televisivas y una treintena de películas con los mejores directores- quien destaca por imprimir una humanidad quizá no acorde con un personaje tan despreciable que podría encararse de forma más enérgica y contundente. Sin embargo, es un aspecto positivo de su actuación porque dicho personaje histórico con su sola figura ya exhalaba miedo. Esta emoción es transmitida por Echanove de forma sobresaliente, tanto con su relación con los demás personajes, especialmente el femenino, como por él mismo con una sentenciadora frase: "Esta es mi desgracia: puedo doblegar a todo un país pero no puedo controlar mi vejiga".
La protagonista damnificada del relato, Urania, reposa en la sobresaliente actuación de Lucía Quinta. La prestigiosa abogada regresa a la isla y es la encargada de articular el hilo argumental tras narrar un doloroso y deplorable encuentro con el dictador que termina de dibujar la enfermiza forma de ser y su abominable figura. Esta actriz representa con vehemencia y realismo el desgarrador suceso con la fórmula del monólogo interior, en la que puede ser una de las mejores interpretaciones dramáticas de la temporada, y con energía y actitud combativa las profundas y sanadoras conversaciones con el padre de su personaje, el senador Agustín "Cerebrito" Cabralpostrado en sus últimos años en silla de ruedas. Una metáfora del final de su relación con el dictador. Este complejo papel es interpretado de forma solvente por Gabriel Garbisu, al frente de más de una treintena de montajes y ayudante de dirección de la obra.
Los hombres del régimen (Balaguer, Abbes y Manuel Alfonso) sirven para exacerbar y mantener el culto a la personalidad del benefactor de la patria. El prisma intelectual y retórico corre a cargo del polifacético actor David Pinilla. Al brazo ejecutor del terror le da vida un buen Manuel Morón quien imprime un misticismo muy interesante y, por último, la adulación llevada al extremo y cercana a la mofa, por el prolífico actor de teatro, cine y series televisivas Eduardo Serrano, produce situaciones cómicas. Sobre su personaje también recae la obligación de conducir a la joven ante la casa del dictador, donde muestra su facilidad para papeles dramáticos. 
Resultaría complicado, desde el punto de vista técnico y escenográfico, mostrar la grandiosidad y excelsitud de la tiranía de Trujilo. Por ello, el mismo Saura idea una videoescena donde mostrar sus ilustraciones realistas llenas de color y expresividad para situar al espectador en la cálida República Dominicana. Este mismo elemento fue usado en su anterior trabajo como director, y al igual que en este, demuestra ser práctico y perfecto. La ausencia de utilería en un espacio diáfano permite que lo representado en escena sea el eje central sin pérdidas de atención por parte del espectador. La música, en especial el merengue, cuya canción da nombre a la obra, y la también colorida iluminación de Felipe Ramos terminan de retratar una lección de vida en un régimen obscuro cuyos únicos antídotos son el valor, la dignidad y la memoria.

En La fiesta del chivo serán testigos de las atrocidades del régimen del dictador Trujillo y su cohorte de aduladores, pero también de la voz de una víctima cansada de callar, interpretado por un reparto con enorme realismo y verosimilitud


Alberto Sanz Blanco
Periodista @AlbertoSBlanco

AutorMario Vargas Llosa
DirectorCarlos Saura
Adaptador: Natalio Grueso
RepartoJuan Echanove, Lucía Quintana, Manuel Morón, Eduardo Velasco, Gabriel Garbisu, David Pinilla
LugarTeatro Infanta Isabel (Calle del Barquillo, 24, 28004 Madrid)

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