¿QUÉ SE ESCONDE DETRÁS DEL ACEITE DE PALMA? - Canal Hablamos

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10 febrero 2020

¿QUÉ SE ESCONDE DETRÁS DEL ACEITE DE PALMA?


En enero de 2018, muchos medios se hicieron eco de un titular: “la Nutella provoca cáncer”. La noticia surgió después de que la empresa Ferrero (fabricante de Nutella) se pronunciara públicamente a favor de uno de sus ingredientes fundamentales: el aceite de palma. Las declaraciones eran una respuesta a un informe de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) que sugiere que este aceite vegetal contiene algunos compuestos que, procesados a una temperatura mayor de 200º, dan lugar a un compuesto tóxico y cancerígeno: el glycidol. 

Sin esperar a contrastar los datos y poner cordura sobre el tema, la noticia se difundió rápidamente; y, con ello, el aceite de palma -y la Nutella, por transitividad- se sumaron a la lista negra de alimentos contra los que emprender una cruzada dedicada a atacar todo aquello que incluya esos ingredientes.

No es la primera vez que el aceite de palma salta a la palestra como jinete del apocalipsis en el campo de la nutrición por las implicaciones que su consumo tiene sobre la salud. Pero más allá de estas cuestiones, que de alguna manera se nos escapan a los que creemos que serían más propias de ponerlas a debate bajo el conocimiento de un experto -y no de someterlas a los juicios sensacionalistas que circulan por internet-, habría que preguntarnos qué se esconde detrás del negocio de la industria de la palma aceitera, dejando a un lado el juego de en qué posición de la pirámide alimentaria colocar a este cultivo tan polémico. 

ORIGEN Y USOS
El aceite de palma y sus derivados se extraen del fruto de la especie Elaeis guineensis, más conocida como palma aceitera o africana. Tiene su origen en el continente africano, pero a partir de principios del siglo XX se introdujo de forma masiva en el sudeste asiático; si bien también existen importantes plantaciones en algunos países de América del Sur, como Colombia y Brasil. 

El principal uso que se le da es el alimentario. Aproximadamente el 34% del consumo global de aceites vegetales le corresponde al aceite de palma. Se puede encontrar en uno de cada dos productos de los supermercados occidentales, siendo el componente estrella de la gran mayoría de platos ultraprocesados, helados, margarinas, salsas, bollería, cereales, galletas, pizzas, chocolates, aperitivos, etc. Y es uno de los ingredientes más usados por industrias como Unilever, Nestlé, Kelloggs’s, Ferrero, Starbucks, Burger King, McDonalds o Frigo. Además, en algunas culturas se utiliza para realizar las frituras o incluso para aliñar. Aparte de este uso, también es ampliamente requerido en la industria de la cosmética para elaborar cremas, jabones o pasta de dientes, estando presente en los productos de marcas como L’Oreal, Dove, Pantene, Vichy o Lancôme. Por último, también es utilizado para la producción de biodiesel. 

El 85% de la producción global se concentra en Indonesia y Malasia, siendo esencial para la economía de ambos países. El aceite de palma constituye su principal producto agrícola exportado y representa, en términos PIB, el 3,8% para Malasia y el 2,5% para Indonesia según datos de 2017. Además, también es una industria muy importante desde el punto de vista de la generación de empleo: el cómputo total de puestos de trabajo en ambos países se estima en más de 3,5 millones. 

Por sus características, teniendo su cultivo un rendimiento por hectárea mucho mayor que otras plantas productoras de aceite, y siendo, por su textura, un sustitutivo mucho más rentable que otros ingredientes, se ha convertido en un producto altamente económico y versátil. De esta manera, se ha ido incrementando cada vez más la demanda de suministros de esta materia prima. Pero para poder mantener el bajo coste de fabricación y distribución, los productores han recurrido a prácticas que implican deforestación, desplazamiento de poblaciones, explotación laboral, violencia y grandes beneficios solo para unos pocos. Este es el gran negocio del aceite de palma. 

DEFORESTACIÓN Y CONTAMINACIÓN DE LAS AGUAS
La expansión del cultivo de la palma aceitera se ha ido produciendo en detrimento de bosques de elevado valor ecológico, ya que ambos requieren de las mismas condiciones climáticas. Así, el aceite de palma se ha convertido en un agente activo en la deforestación de bosques tropicales. Los casos más llamativos se dan en Indonesia y Malasia, donde cada año se queman cientos de hectáreas de selva para plantar este cultivo. Según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP), aproximadamente el 70% de las plantaciones de palma en Indonesia y el 50% en Malasia están situadas en áreas que anteriormente eran bosque tropical.

Una de las principales consecuencias de este proceso es la pérdida de los ecosistemas, lo que trae consigo la desaparición y amenaza de especies animales. Los orangutanes son la cara más visible de los impactos medioambientales de esta voraz industria. Por poner un ejemplo, según un informe de UNEP, el orangután de Borneo probablemente se extinga antes de 2080 cuando el 80% de su entorno se haya destruido para ser transformado en plantaciones de aceite de palma. El orangután de Sumatra tampoco lo tiene más fácil; al igual que otras especies de esta isla, como el tigre y el elefante, o algunas aves de la Amazonia occidental. 

Pero además, las plantaciones constituyen también una amenaza para el ser humano y su forma de vida. De este modo, derivada de la rápida deforestación, aparecen otros daños relacionados con un aumento de la temperatura, una reducción de la productividad agrícola o inundaciones graves. De hecho, el agua es una de las principales preocupaciones de las familias que viven cerca de las plantaciones: para poder satisfacer la enorme cantidad de agua que necesitan, los cultivos de palma suelen situarse cerca de grandes ríos o lagos. Durante los primeros años de crecimiento de la planta los productores emplean masivamente distintos tipos de agroquímicos y pesticidas que terminan contaminando las superficies de agua, esencial no solo para la vida acuática, sino también la terrestre que crece en las orillas de los ríos. De esta manera, los campesinos han visto reducidas la cantidad de agua que tienen disponible, teniendo que afrontar el nuevo reto diario de desplazarse decenas de kilómetros para poder llevar agua a sus casas o incluso viéndose obligados a abandonar sus viviendas y a tener que buscar nuevos territorios donde vivir. La contaminación de las aguas, además, ha supuesto un incremento de las enfermedades en la piel, renales y digestivas. 

EXPLOTACIÓN LABORAL Y VIOLENCIA
La industria de la palma aceitera es, asimismo, perpetradora de serias violaciones de derechos humanos. Según un informe de Amnistía Internacional de 2016, entre los abusos cometidos en grandes plantaciones se incluyen trabajo forzoso, trabajo infantil, discriminación por género y prácticas peligrosas para la salud de los trabajadores. La investigación, además, apunta a algunas multinacionales como Colgate, Nestlé, Kellogg’s, Procter & Gamble y Unilever como cómplices de esos abusos. 

Una de las principales situaciones de explotación laboral se deriva de la imposición de cuotas de cosecha diarias a los trabajadores. Estos tienen que cumplir con un número mínimo de kilos fijado por las empresas de manera arbitraria y sin tener en cuenta lo que puede recoger un trabajador o la propia capacidad productiva de la plantación. De no cumplir con ello, pueden verse sometidos a reducciones de sus salarios o incluso a despidos forzosos. Por esta razón, muchos niños se ven, de alguna manera, obligados a ayudar a sus padres, llegando algunos a tener que abandonar el colegio. La edad de estos niños se encuentra entre los 8 y los 14 años; y trabajan sin equipos de seguridad en plantaciones donde se utilizan pesticidas tóxicos y transportan bolsas de frutos de palma que pueden pesar de 12 a 25 kilos. 

Junto a los menores, las mujeres son otras de las más afectadas por estas cuotas; y, a menudo, cuando finalizan su jornada tienen que acudir a ayudar a sus maridos a pesar de la gran cantidad de efectos químicos de los pesticidas a los que están expuestas. La remuneración por ese trabajo se la lleva su marido, como parte de su salario mensual. Además, la cadena de producción de la palma aceitera lleva intrínseca otras grandes desigualdades de género: las mujeres reciben salarios más bajos que los hombres, son casi siempre contratadas como jornaleras y se encargan normalmente de las labores de mantenimiento. Derivado de ello, sufren más problemas de salud por la continua manipulación de los productos químicos, algo que se agrava por la carencia de material de seguridad. Asimismo, en la mayoría de los casos no tienen un contrato fijo, al contrario que los hombres. Por último, según un informe del Movimiento Mundial por los Bosques de 2019, las mujeres también están expuestas a riesgo de violaciones y agresiones sexuales por parte del propio personal de las compañías productoras, quienes abusan de su posición de poder. Estas situaciones no son denuncias por miedo a las represalias que pueden tener y, en última instancia, por miedo a perder su trabajo. 

EL AGRONEGOCIO Y LA ALTERACIÓN DE LOS MODELOS DE DESARROLLO
La producción del aceite de palma se ha convertido en una mina de oro para multitud de negocios agrícolas, fondos de inversión y multinacionales alimentarias. Por los beneficios que trae consigo, las buenas perspectivas de crecimiento de la industria y el apoyo tanto de gobiernos locales como de organismos internacionales, esta materia prima se ha convertido en un objeto de deseo en los mercados mundiales. Esto hace que el monocultivo palmero se convierta en un agente de cambio de los modelos de desarrollo de territorios que, si bien permanecían independientes de la economía internacional, ahora se ven inmersos en redes globales de valor. Dichos modelos de desarrollo se ven sustituidos por otro que está copado por unas pocas empresas que acumulan jugosos beneficios; y ello ocurre en detrimento de las economías campesinas de subsistencia que son calificadas de “atrasadas” y poco productivas. Es con esa excusa de “fomentar el desarrollo” de esos territorios con la que se justifica la expansión y penetración en estos territorios de la hoja de palma. 

A este proceso han contribuido la acción directa de instituciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o agencias de desarrollo como la USAID. Con su financiación y programas de ajuste, y amparándose en el argumento del desarrollo, se anima a los países del Sur a invertir en cultivos de mayor valor añadido que permitan maximizar sus ventajas comparativas y acumular divisas. De esa manera, cultivos tradicionales como el arroz o el mijo, destinados mayormente al consumo propio y el mercado local, se ven reducidos en favor de otros que se destinan a la industria y venta en los mercados internacionales, entre los que se encuentra la palma aceitera. 

Asimismo, se establecen “alianzas productivas”, que vinculan a pequeños cultivadores con empresas productoras. Los defensores de estas alianzas apelan a la gran cantidad de puestos de trabajo que se crean con ellas, así como a la inclusión y fomento de terrenos antes abandonados. Pero la realidad que subyace a esto es que los campesinos quedan atrapados en una red de dependencia y pérdida de autonomía. Están sometidos a las decisiones de las grandes empresas, que son las que eligen qué plantar y a qué precio venderlo. Y por medio de un contrato de 20 o 30 años, son obligados a cumplir con las condiciones estipuladas. La lógica que opera se basa en la entrega de créditos, insumos y asistencia técnica por parte de las empresas a los agricultores, pero, a cambio, estos solo pueden producir y vender para ellas. Así, la tierra que antes estaba en manos de los campesinos queda ahora en manos de unos pocos gigantes financieros. Por poner un ejemplo, Wilmar, la multinacional asiática que controla el 45% del negocio global palmero, solo produce por si misma el 5%; el resto lo adquiere de la compra a productores supuestamente independientes. En el caso de que un campesino no quiera participar en esta dinámica, queda aislado, excluido y sin ninguna alternativa de subsistencia, pues el cultivo de hoja de palma ha ocupado la totalidad de su territorio y se ha convertido en la única oportunidad factible de vida.

ALTERNATIVAS
Por todas estas razones, han surgido alternativas que, más allá del boicot a este producto, apuestan por una producción más sostenible del aceite de palma. Con esta premisa nació la Mesa Redonda para el Aceite de Palma Sostenible (RSPO) por impulso del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). Se trata de una plataforma multilateral en la que participan productores, agentes de compraventa, ONGs, gobiernos, instituciones financieras y algunas grandes marcas de consumo con el objetivo de fijar límites a los abusos cometidos durante la producción de este aceite y recompensar a aquellos que cumplan con una serie de buenas prácticas. Hoy cuenta con unos 3000 miembros, produce aproximadamente el 17% del total del aceite de palma y se ha convertido en el sello sostenible más extendido que se ha creado para una materia prima. 

No obstante, las dificultades y los obstáculos siguen siendo amplios, lo que aumenta las críticas hacia esta plataforma: sigue siendo demasiado lenta en la tramitación de denuncias de comunidades locales, encuentra dificultades en el control de todos sus miembros y las represalias hacia algunas empresas son bastante laxas. Además, solo un 47% del total del aceite que produce la RSPO se ha conseguido vender. El sello de sostenibilidad implica que el precio de este aceite sea más elevado que el producido sin ningún tipo de control, y muchos compradores se niegan a pagar la diferencia de precio. Una diferencia que, en definitiva, explica que los grandes productores de aceite de palma sigan teniendo el incentivo de hacerlo bajo principios nada éticos.

Esther Montesinos
Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid

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