EDUARDO II, OJOS DE NIEBLA: EL VERDADERO AMOR DE UN REY DIFERENTE - Canal Hablamos

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29 septiembre 2020

EDUARDO II, OJOS DE NIEBLA: EL VERDADERO AMOR DE UN REY DIFERENTE

 



El teatro es cultura segura y la cultura no es concebible sin un teatro seguro. Más aún si aborda temas de imperiosa actualidad. Asuntos latentes en nuestra sociedad y con apariencia de aceptación, aunque en realidad y en el seno íntimo no lo sean tanto. Cuestiones tan banales como el amor, el dinero, la religión, pero a su vez tan profundas y hasta incognoscibles. El teatro Bellas Artes nos invita a disfrutar y reflexionar sobre estos y otros mundos en un relato histórico de nuestra historia.


El libreto de Alfredo Cernuda bajo la dirección de Jaime Azpilicuta recrea la vida del Rey de Eduardo II (José Luis Gil), un monarca enamorado de Hugo LeDespenser frente al odio y el rechazo de su despechada esposa, la reina Isabel (Ana Ruiz), cuyas ambiciones van más allá de su matrimonio. El poder de la realeza en 1327 va ligado al de la Iglesia, de ahí que el Obispo Orleton (Ricardo Joven) vele por los intereses eclesiásticos y los suyos propios. Nada puede hacerse si no es con dinero; este será el cometido del prestamista Tolomei (Manuel Galiana). Todos tienen intereses pero no todos lograrán alcanzarlos en vida.


Narraciones históricas en general y monarcas en particular son temáticas pintiparadas para el teatro. La novedad no es el género en sí mismo, ni incluso quién sea el protagonista, sino el devenir del relato y cómo sea abordado. El polifacético dramaturgo, director y actor Alfredo Cernuda es el encargado de resucitar al rey Eduardo II, y con él a la pieza teatral de 1592 de Christopher Marlowe, no solo para contarnos su historia sino como percha para poner sobre las tablas los intereses cruzados de los actores (poderes fácticos). A simple vista el espectador puede pensar que estamos ante uno de los muchos dramas históricos, pero como bien señala el propio Cernuda: “se transforma en algo más. Es una historia de amor, de odio, de pasión, de lucha por el poder, en definitiva, es nuestra historia”. Una definición ajustada a lo que el espectador verá en escena. Como ocurre con los buenos dramaturgos, el relato central va ramificándose en conflictos paralelos para luego converger todos ellos en el final de la obra; esto extrapolado a los géneros teatrales nos lleva a hablar de la unión de la comedia y el drama romántico desde la atenta mirada de la tragedia.



No importa tanto el quién sino el cómo, porque el libreto podría abordar las fases del reinado del monarca, sus campañas y batallas o un compendio de todas ellas. Sin dejar de ser esto un acierto, me quedo con la visión dada por este guionista y autor de tres novelas (El Soñador Ajeno, La Amante Imperfecta y La Centésima Puerta). Cernuda parte de un núcleo concreto para contar el todo genérico. La elección sexual del protagonista será el epicentro sobre el que pivote la obra y el primer gran tema de reflexión: la homosexualidad como elemento central y el interés cercenador de libertades de los que con él se encuentran y miran con ojos de niebla. Este aspecto es abordado con valentía, claridad y simpleza por el dramaturgo (con libretos como el aclamado Leonor de Aquitania, La Sonrisa Perdida o Soledad no es un nombre de mujer) sin que contamine a otros ni los monopolice. El poder de la religión es tratado con extrema inteligencia para poner de manifiesto la doble moral judeocristiana y las contradicciones de las religiones en general. Sirva este fragmento de la obra como prueba: “amaos los unos a los otros”; a lo que el rey espeta, “no. Los unos a las otras, porque a mí no me dejáis amar a quien yo quiero”. En este entramado de intereses tampoco podía faltar el concepto de dinero asociado a la usura o la traición por ambición. Temas también incluidos de forma sensacional en la trama de la historia. Todo ello nos lleva a la conclusión de la vigencia de lo representado en escena, la principal esencia de esta representación.


El encargado de pasar de las musas al teatro es el reputado y polifacético Jaime Azpilicueta, autor y director de más de 150 espectáculos de teatro y televisión. Desde los clásicos a los actuales y desde la tragedia al musical. Este dominio en la dirección le lleva a no cometer ningún error de los muchos posibles en un libreto tan bien medido, donde la ironía es mezclada con la sátira y puede desembocar en una estocada final. En definitiva, un trabajo conjunto de coordinación con un resultado sobresaliente. Azpilicueta transmite corrección en los sentimientos de los protagonistas, como volcanes a punto de entrar en erupción, que no necesitan grandes aspavientos para exteriorizar dichas emociones. Su correcta dirección también facilita los cambios de registro del reparto y la exquisita implementación de los géneros antes mencionados. El tempo de la obra es pausado lo que ayuda al espectador a ir desdibujando el rostro de los actores para poner caras presentes a los actos de los personajes, invita a la reflexión constante en la hora y media de duración y en definitiva termina de redondear el lirismo y la filosofía poética de la representación.


Tanto asiduos como advenedizos reconocerán la voz y rostro de este reparto cuya actuación alcanza la excelencia, bajo la producción de “La  Nariz de Cyrano” (fruto de la unión de José Luis Gil, Alberto Castrillo-Ferrer y Ana Ruiz, todos presentes en la obra). Si la suma de los temas latentes y profundos, a la vez que mundanos, funciona en el libreto con la dificultad del equilibrio, también lo hace sobre las tablas, cuyo éxito solo puede ser imputado al elenco.




El archiconocido actor de series televisivas (Aquí no hay quien viva, La que se Avecina) y teatro (en la gran interpretación de Cyrano de Bergerac), José Luís Gil encarna al protagonista de esta historia, el Rey Eduardo II, cuya vida social estuvo marcada por el amor incondicional hacia Piers Gaveston (personaje no representado por nadie, pues quizá puede ser cualquiera de nosotros). No hace falta recalcar la complejidad de dar vida a un personaje incomprendido, atormentado y afligido con sus libertades cercenadas por su orientación sexual, pero sí felicitar a Gil por esta magnífica interpretación. Es difícil destacar un momento concreto porque su actuación está a un altísimo nivel, tanto en los momentos más distendidos o cómicos, donde nos saca una sonrisa con su característico agudo bocal, hasta en los más dramáticos donde se retuerce de dolor con enorme verosimilitud. Si por algo tuviera que destacar a este actor es, precisamente, por su carga de verdad.


El papel femenino recae en Ana Ruiz, como Isabel de Francia conocida como ‘La loba’, cuya lealtad a la corona está por encima de todo lo demás. Había visto a esa actriz de gran trayectoria en series televisivas y numerosos montajes en papales más dóciles pero nunca en un registro tan fuerte y contundente como este, con una ejecución sobresaliente. De esta forma demuestra su versatilidad sobre las tablas y fortaleza escénica. Como aliado en el fin de este personaje, aparece Mortimer, representante de la nobleza y del ideal de caballero interpretado por Carlos Heredia. Este actor de incontables papeles en teatro, cine y series televisivas tiene su mayor peso en los últimos compases de la obra y su actuación es correcta en todos los niveles.


El poder eclesiástico, la moral conservadora y los intereses propios descansan en el Obispo Orleton, a quien da vida Ricardo Joven. Su personaje va más allá de lo religioso y representa la cerrazón, imposición y conservadurismo social de cualquier época. Estas actitudes son interpretadas con solvencia, rotundidad y actitud impertérrita por este actor con casi medio siglo dedicado a la interpretación. Por último, el multipremiado actor y maestro de actores Manuel Galiana se viste de Tolomei, usureo y prestamista judío con la cualidad de estar siempre en el lugar adecuado. Su torpeza en el andar es compatible con su destreza en los negocios donde la banca nunca pierde. Es digno de admirar sobre las tablas a un actor que ha dedicado su vida a la interpretación y sigue dejándonos muestras de su dominio escénico.


Rescato la frase de inicio de que no importa el quién sino el cómo y la aplico a los recursos técnicos de la representación, pues vuelven a suponer un rotundo logro. La construcción escenográfica, a cargo de Juan Manuel Zapata, es sencilla, sobria y sin ornamentos vacuos para no quitar protagonismo a lo representado. Además permite entradas y salidas limpias, algunas desde la parte posterior de la escena, y agiliza la acción de la obra. La implementación de la videoescena por Álvaro de Luna es un valor añadido más a la representación, cuyo uso podría haberse ampliado a más instantes del relato. La iluminación intimista, diseño de Juan Ripoll, va acorde con lo anterior y graduándose en función del devenir de la acción y de los cambios emocionales de los protagonistas, desde tinieblas y claroscuros hasta cenitales. Este mismo acierto trasladado al género musical es lo que ejecuta el maestro Julio Awad. Las transiciones entre algunas de las escenas van acompañadas de hilos musicales diseñados para cada personaje. Este compendio de recursos nos termina de introducir en la corte de Eduardo Pantagenet y acrecienta el carácter reflexivo; pues no es descabellado afirmar que lo vivido en el siglo XIV sea el prolegómeno de nuestra historia actual.

 


En Eduardo II, ojos de Niebla asistirán a una historia de amor envuelta en un drama histórico y actual sobre las libertades cercenadas, escrito, dirigido e interpretado con claridad, solvencia y realismo

 

 Alberto Sanz Blanco

Periodista


Autor: Alfredo Cernuda

Director: Jaime Azpilicueta

Reparto: José Luis Gil, Ana Ruiz, Ricardo Joven, Carlos Heredia, Manuel Galiana

Ayudante de dirección: Maximiliano Lavía

Música original: Julio Awad

Diseño de iluminación: Juan Ripoll

Diseño escenografía: Juan Manuel Zapata

Figurinista: Covadonga Orviz Díaz

Proyecciones: Álvaro Luna

Caracterización y maquillaje: Mauro Gastón

Vestuario: Sastrería Cornejo

Fotografía: Moisés Fernández

Diseño de cartel: Manuel Vicente

Producción ejecutiva: Ana Ruiz Domínguez

Distribución: Pentación Espectáculos

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